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por María Victoria Repetto
Aproximarse desde el aire a la ciudad de
Ushuaia--ese lugar mágico donde termina América del
Sur--provoca a los pasajeros aéreos una sensación profunda
de ser insignificante. Ushuaia tiene todas las
características de los lugares lejanos y solitarios, no en
vano está casi cayéndose del mapa. Montañas, glaciares,
lagos, fiordos, islotes, y rocas conspiran para poner a los
seres humanos en nuestro lugar, a dejarnos saber que somos
sólo puntitos dentro del gran universo.
La ciudad más sureña de Argentina nos
recibió ventosa y fría, a pesar de que era febrero, pleno
verano en estas latitudes.
Veníamos cansados después de los
ajetreados días que rodearon nuestro casamiento. Todavía nos
parecían irreales el vestido blanco y las nueve horas de
fiesta que pasaron en un segundo. Siendo de distintas
nacionalidades, habiéndonos conocido viajando, y el hecho de
haber continuado ante la menor oportunidad, significó que a
nadie sorprendió el
destino que elegimos para nuestra luna de miel: el séptimo
continente, el continente blanco, Antártica. Dentro del vasto continente helado, el
destino más accesible es la Península Antártica, que se
extiende acercándose a las costas del sur de
Argentina y Chile.
Ushuaia es el puerto de embarque utilizado
por las compañías que ofrecen cruceros hacia allí. En
cuanto a las embarcaciones, hay cierta diversidad: desde
enormes cruceros con capacidad para unos 600 pasajeros hasta
veleros para pocos integrantes. Nosotros elegimos viajar con
un grupo reducido pero con ciertas comodidades. Después de
todo, era nuestra luna de miel...
El Profesor Molchanov, que sería nuestro
hogar por 12 días, fue construido en Finlandia en 1983 como
buque de investigación científica para regiones polares.
Reforzado para el hielo y con 73 metros de eslora, llevaba
bandera y tripulación rusa, chefs Europeos, guías de
expedición canadienses y australianos y un máximo de 50
pasajeros.
La bienvenida fue cordial y la
tripulación rusa mostró su buena predisposición ya desde un
principio cargando nuestros bolsos y valijas. Luego de una
hora y media para instalarnos -y en nuestro caso dormir-
zarpamos con rumbo oeste por el canal de Beagle hacia el
Atlántico.
Atardecía con poco viento en el canal y
el paisaje tenía cierto aire de nostalgia. Pocos eran los
rastros humanos. Algún buque, una boya. De pronto, uno nos
llamó la atención: el esqueleto semihundido de lo que alguna
vez fue un barco.
"Esa fue la vez anterior que
piloteé una embarcación por el Beagle" bromeó el
práctico argentino encargado de guiarnos hasta el Atlántico.
Después de la cena fuimos varios los que
subimos a curiosear al puente de mando. El práctico, más
dado a la conversación que los tripulantes rusos, nos
explicó las señales que veíamos en el complejo
instrumental. Hasta que a eso de las 23.30 horas transbordó a
la lancha Nativa que lo aguardaba a la salida del Canal de
Beagle. En ella esperaría la entrada de otro buque con rumbo
a Ushuaia para volver a ponerse en acción.
Shane Evoy, un canadiense de constante
buen humor y nuestro líder de la expedición, nos había
advertido que durante la noche nos moveríamos bastante.
Encarábamos hacia el Pasaje de Drake, uno de los mares más
duros de la tierra. Obedientes, tomamos nuestras pastillas
para no marearnos con el doble propósito de que nos harían
dormir bien. Pero a la 1.30 nos despertamos con el sonido de
las perchas golpeándose dentro del placard. El rolido
constante del barco nos hizo saber que el Drake haría honor a
su reputación...
En 1578 el navegante inglés Francis
Drake -en realidad mitad pirata, mitad explorador- llegaría
hasta estas latitudes en su intento por dar la vuelta al
mundo. Su idea era cruzar hacia el Pacífico por el Estrecho
de Magallanes, pero fuertes vientos desviaron sus barcos mucho
más al sur. Con ello demostró Drake que la "Terra
Australis", de existir, no estaba ligada a Tierra del
Fuego como indicaban los mapas de la época. Los 960
kilómetros de aguas abiertas entre Antártica y Tierra del
Fuego fueron luego nombradas en su honor.
Un "Good morning ladies and
gentlemen!"--que pronto empezaríamos a odiar--nos
despertaría cada mañana por el altavoz. Es que este no era
un crucero de lujo sino una expedición educativa y tanto
desayunos, como almuerzos y cenas se hacían a horarios
determinados.
Luego nos acostumbraríamos, pero esa
mañana las escenas fueron bastante cómicas. La gente
caminaba aferrada a los pasamanos e incluso vimos a alguien
gatear. En las mesas, vasos, platos y cuchillos se deslizaban
al compás del rolido de nuestro mundo flotante, lo cual nos
obligaba a concentrarnos no solamente en comer. Así fue el
comienzo de nuestra vida de cruce que consistía en dormir,
asistir a una conferencia, dormir, comer, y volver a dormir...
y eso si uno tenía la suerte de poder levantarse de la
cama... De hecho, ni la mitad de los pasajeros estaban en
condiciones... El movimiento no era abrupto ni temible.
Tuvimos un cruce normal, ni bravo ni calmo, pero la sensación
era la de haber perdido todo punto de referencia.
¡Fue emocionante avistar tierra después
de 48 horas! Todavía no Antártica continental sino las islas
Shetland del Sur, un archipiélago rocoso y escarpado de
increíble belleza, nombrado como sus homónimas del norte por
localizarse en la misma latitud que aquellas.
Si hay dos dimensiones en la mirada,
color y forma, Antártica parece carecer totalmente de una
para centrarse por completo en la otra. Los tonos varían
sólo entre el blanco y el negro ayudados por cielos
habitualmente cubiertos que dejan pasar poca luz. Las formas
son únicas e irrepetibles. Cada islote con su peculiaridad.
Nuestro primer desembarco fue en Eitcho,
una isla habitada por pingüinos, petreles gigantes, lobos y
elefantes marinos. Contra nuestras expectativas la encontramos
bastante verde, cubierta de musgo y muy poco hielo. Vimos
tanto pingüinos tipo Chinstrap como Gentoos, en su mayoría
jóvenes y adultos durante la mutación de su plumaje. La
cantidad de esqueletos de pingüinos y de huesos de ballenas
nos recordó que la supervivencia allí no es fácil.
Algunas escenas en la playa parecían
sacadas de una comedia. Un petrel gigante persigue a un grupo
de pingüinos Chinstrap a los saltos y desplegando sus enormes
alas. Los pingüinos huyen haciendo gran alboroto. Durante un
rato el ave parece divertirse a costa de los torpes Chinstrap.
Según Nick, nuestro ornitólogo, no tenía intenciones
hostiles puesto que las aves no son depredadoras de los
pingüinos adultos sino sólo de sus huevos. La gran carcajada
vino al darse vuelta los tantos y es que un pingüino se
hartó y empezó él a su vez a perseguir al petrel que
retrocedió atónito ante semejante osadía.
Con nosotros los bichos se mostraron
sobre todo curiosos. Lo más habitual fue que al agacharnos y
quedarnos quietos fueran ellos los que se acercaran
parloteando.
El segundo día en las Shetland estuvo
signado por un comienzo movido: el constante cabeceo del barco
a la madrugada que despertó a medio pasaje. Un oleaje intenso
saboteó los planes de desembarcar en Hannah Point pero el
plan B nos llevó a intentarlo en la isla Half Moon. ¡Fue uno
de los desembarcos memorables del viaje! Con una mañana
soleada, la forma de media luna de la isla con los glaciares
de la isla Livingston de fondo, se mostraba en todo su
esplendor. Un viejo refugio argentino pintado de naranja nos
atrajo de inmediato. Cerca de allí, en una colina, un
monumento a seis marinos muertos al caer el avión en el que
intentaban socorrer a otro grupo, demuestra que no siempre es
fácil llegar a tierra.
Detrás, en la playa, grandes piedras
negras se entremezclaban con bloques de hielo varados en la
costa. Nunca habíamos visto algo semejante, ni en las
postales más exóticas. Así que aprovechamos para sacarnos
fotos representativas de nuestra luna de miel sobre uno de
esos pedazotes de hielo.
Lástima que, como es frecuente allí, el
tiempo desmejoró y con un cielo gris lluvioso entramos en la
extraña isla Decepción. Extraña por su forma y origen, no
por su nombre que resulta bastante adecuado.
Decepción es un volcán cuya gran
caldera -de 8km de diámetro y 180 m de profundidad- fue
invadida por el mar al derrumbarse una de sus paredes luego de
una erupción. Justamente esa estrecha abertura, llamada
Neptunes Bellows, da acceso a su interior. Con arena negra,
sus playas presentan pocos atractivos, salvo por la historia
humana que contienen. Es que desde fines del siglo pasado y
hasta 1931 funcionó allí, en Whalers Bay, una ballenera
noruega. De ella hablan la gran cantidad de chatarra y los
enormes tanques oxidados, que hacen recordar la película Mad
Max.. Más tarde, durante la Segunda Guerra, los ingleses
instalaron allí su Base B que funcionó hasta 1969, año en
que el volcán desató su furia provocando la huida del
personal y arrasando con parte de las instalaciones. Por allí
anduvimos entrando a las destartaladas casas de madera.
Hay respecto de esto una controversia. Es
porque el Tratado Antártico autoriza a los países a instalar
bases científicas en el territorio pero también establece
que cuando esas bases cesen en su funcionamiento deben ser
removidas por completo, devolviendo al paisaje su aspecto
original. Esto no se hizo en Decepción porque los ingleses
alegan que los materiales presentes allí son "basura
histórica". Un argumento cuestionable si se considera
que la mayor parte tiene poco más de 30 años... Hay hasta un
avión desarmado, sin alas ni motor. Lo cierto es que el lugar
ha sido señalizado con carteles explicativos, tipo museo, por
la armada chilena.
Esa tarde, algunos tendrían oportunidad
de demostrar su valentía. Resulta que las guías turísticas
sobre Antártica hacen referencia a una fuente de aguas
calientes en Pendulum Cove, dentro de la caldera de
Decepción. Hacia allí fuimos y unos 15 corajudos comprobaron
que "caliente" no siempre tiene el mismo
significado. La temperatura del agua ascendía a 1 o 2 grados
centígrados.
Por la noche recorrimos las 120 millas
que nos separaban de la Península Antártica para desembarcar
temprano en la isla de Cuverville, adonde veríamos una gran
colonia de Gentoos.
Yo estaba fascinada. Mi cámara no paraba
de registrar escenas familiares: una mamá -o papá- con
mellizos, otra con un polluelo hambriento y un huevo que
probablemente nunca nacería. Nick, nuestro ornitólogo
oriundo de Tasmania, una suerte de Cocodrilo Dundee del polo,
nos contó que los pingüinos construyen sus nidos sobre las
piedras y por lo tanto no ponen huevos hasta tanto el hielo no
se haya derretido, algo que evidentemente ocurrió muy tarde
esta temporada porque los polluelos eran todavía muy
chiquitos. En muy poco tiempo los pequeños deben ganar peso y
cambiar su plumaje para regresar al mar antes de que vuelvan
los hielos. En esta colonia muchos no lo lograrían y sus
padres se verían obligados a abandonarlos. Su instinto les
ordena sobrevivir.
Esa tarde pusimos por fin los pies en el
continente. Fue en Neko Harbour, una bahía preciosa con
glaciar incluido. Allí caminamos cuesta arriba por la nieve
que nos llegaba a las rodillas, hasta quedar rendidos. Otros,
simplemente se sentaron a escuchar los rugidos permanentes del
glaciar. Otra gran colonia de Gentoos había cavado en la
nieve su propia vía de acceso hasta las rocas colina arriba.
Nuestro tercer desembarco del día sería
en la base chilena "González Videla" pero de camino
nos entretuvimos y deslumbramos mirando saltar a una ballena
Humpback que nos ofreció todo un espectáculo. Incluso Shane,
que desde hace siete años pasa los veranos en Antártica,
dijo que era sólo la segunda vez que vivía semejante
exhibición.
Eran las nueve de la noche, o mejor dicho
del día -ya que nunca oscureció antes de las 23.30- y Bahía
Paraíso sí que hacía honor a su nombre, con sus picos
apareciendo entre las nubes, sus glaciares cayendo al mar, la
luz reflejando en hielos de un millón de años y un símbolo
de la persistencia humana -un refugio anaranjado- en su
intento por habitar lo inhabitable. Todo estaba
increíblemente quieto, como si nada nunca fuera a cambiar
allí. Uno de los paisajes más poéticos que jamás haya
visto. Esa noche habíamos tenido una barbacoa afuera, en la
popa del barco. La fiesta fue muy animada mientras duró.
Incluso la tripulación rusa puso música y muchos se animaron
a bailar. Espontáneamente surgió un nuevo paso de baile
imitando los saltitos de los pingüinos y doblando los brazos
hacia atrás.
El tiempo no había ayudado esa mañana,
pero cuando paró de nevar, por la tarde, nos embarcamos
nuevamente en los zodiacs para explorar los icebergs en Bahía
Paraíso. Los hay de todas las formas imaginables y siempre
reflejan tonos azules de distinta intensidad. Vimos cuevas,
catedrales y lo que parecieron ser dientes gigantes. También
nos metimos en un mar de hielo adonde juntamos suficiente
munición para comenzar una batalla naval de bolas de nieve
contra otro zodiac. La aventura terminó poco antes de la
barbacoa, cuando nuestras víctimas, que habían vuelto al
barco antes que nosotros, nos devolvieron la atención
bombardeándonos mientras subíamos por la pasarela.
Al día siguiente postergamos el desayuno
para disfrutar de la navegación por el estrecho de Lemaire.
Estaba gris y brumoso, lo que daba a los imponentes picos que
caen directamente al mar un aire de misterio.
Seguimos rumbo al sur hacia la isla
Peterman, atravesando cada vez más bloques de hielo joven -de
sólo uno o dos años- que nuestro casco reforzado para el
hielo embestía y quebraba con ímpetu. Lo curioso fueron las
cantidades de focas Crabeater tiradas panza arriba
sobre los hielos, como tomando sol. "Debe haber mucho
alimento en la zona porque nunca hemos visto tantas focas sin
hacer otra cosa que la digestión," concluyeron nuestros
expertos.
Imposibilitado el desembarco en Peterman
por las grandes extensiones de hielo, volvimos a los zodiacs
para fotografiar icebergs y tuvimos la suerte de descubrir un
grupo de holgazanes elefantes marinos. También pudimos
acercarnos a una especie única y rara: una foca Leopardo,
depredadora tanto de pingüinos como de cachorros de Crabeater
o de focas de Weddel.
Por un mar de hielo plagado de focas,
volvimos hacia Port Lockroy -una vieja base inglesa convertida
en museo- para desembarcar en Damoy Point. Luego de una ardua
caminada cuesta arriba por el glaciar sacamos fotos grupales,
con Port Lockroy de fondo. Para mí, amante de la navegación
a vela, uno de los momentos más emocionantes fue ver, desde
allá arriba, la llegada de un velero alemán a Port Lockroy.
Sus seis tripulantes respondieron, entusiastas, a mis saludos.
Y esa fue nuestra despedida de las
tierras heladas. Teníamos planeado a la mañana siguiente un
último desembarco pero vientos de más de 35 nudos lo
hicieron imposible, y pusimos rumbo al famoso Cabo de Hornos.
Esta vez el Drake nos llevó tres días y
dos noches al no hacer escala en las Shetland del Sur. Ya más
amarinados nos mareamos menos y recomenzamos nuestro programa
de dormir mucho y asistir a las conferencias.
Al llegar nuevamente a aguas argentinas,
compartimos un cóctel en el bar con el capitán ruso luciendo
su impecable uniforme. A la mañana siguiente llegaríamos a
Ushuaia y nuestra luna de miel entre mareos, icebergs y olor a
pingüino sería historia.
Nevaba en Ushuaia a pesar de ser febrero
y pleno verano. Muchos se quedaron un par de días a conocer
la ciudad más austral del mundo. Otros tantos partimos hacia
el aeropuerto, ya empezando a recordar los momentos especiales
cuando nos acercamos a especies únicas como la foca Leopardo
o las majestuosas ballenas, y nos divertimos con torpes
pingüinos. Nunca olvidaremos aquellos días entre imponentes
icebergs azules, aquellos días en que nos sentíamos meros
puntitos en el universo.
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