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por Gastón Iovine y Silvia Espinach

Puente natural a la Península de Belgrano

 

Con la brújula fijada en dirección sur, habíamos recorrido más de 2200 kilómetros en auto desde Buenos Aires hacia la Cordillera Austral Argentina. Ubicado en el oeste de la provincia de Santa Cruz, nuestro destino el Parque Nacional Perito Moreno es casi inaccesible; protegido por lo vasto de la Patagonia, donde las piedras más chicas por los caminos son del tamaño de un puño.

Hacia el oriente se extiende el inmenso desierto estepario; hacia el occidente, se alza la dominante Cordillera de Los Andes. La sensación de soledad es abrumadora. Al mirar hacia adelante la cinta gris de la Ruta 40 se pierde muy lejos en el horizonte. El camino parece interminable y no nos cruzamos con nadie en toda la mañana.  La civilización más cercana, a tres horas de viaje aproximadamente, es un pueblito llamado Bajo Caracoles, con algo más de 10 construcciones y una población de escasos 40 habitantes.  Sin embargo, este caserío, aparece como un oasis en medio de tanta soledad.

El encargado del surtidor de combustible, resulta ser la misma persona que atiende el hotel, la despensa y la gomería.  Orgulloso nos cuenta de los tantos años que había vivido en este lugar y del frío y el aislamiento que sufren en el invierno.  Amable nos sugiere que nos aprovisionemos bien de alimentos, bebidas y combustible ya que en los 190 kilómetros que nos quedaban por recorrer entre Bajo Caracoles y la entrada del parque, no habría otra oportunidad de adquirir los consuelos de la civilización.  Ni tampoco habría nada a la venta dentro del parque. El aislamiento absoluto de este territorio es tal vez lo que nos atrajo a conocerlo.

A las 7 de la mañana, el sol todavía yacía oculto y en el horizonte asomaban los primeros rayitos que bañaban de luz la cima de los cerros por Bajo Caracoles. Tomamos la Ruta Provincial Nº37, que más que una ruta es una ancha huella que se va transformando en el cauce de un río seco- pedregoso, angosto y cerrado.  Las nubes se acercan rápidamente mientras nos agitamos por el camino rocoso.  Parecen estar casi a nuestro alcance, prácticamente cubriendo todo, pero es inevitable divisar el rosa brillante de los flamencos chapoteando en alguna que otra laguna. No dejamos que el día gris afecte nuestro ánimo, pero cuando vemos la pequeña cabaña del guarda-parque, la alegría nos desborda.  Por fin habíamos llegado.

Mariana, la guarda-parque, nos da la bienvenida mientras hacha leña con un pesado machete. Una joven rubia y con ojos nórdicos, nos explica sobre las características del parque. Perito Moreno es el parque nacional que se encuentra a mayor altura en la Patagonia Austral a 900 metros sobre el nivel del mar.  Debido a la altitud, predominan los arbustos y árboles tales como las lengas, que rara vez superan los 3 metros de altura. La mayor superficie es estepa y los achaparrados bosques crecen formando parches sobre las laderas de los cerros. En la zona hay 8 lagos encadenados y extrañamente solo uno (el Burmeister) desemboca en el Atlántico. El resto lo hace en el Pacífico, hecho muy raro para los lagos de Argentina.  Otro dato interesante es que estos lagos conservan la fauna de peces autóctona, mientras la gran mayoría de las aguas de Patagonia han sido colonizadas por las truchas. Finalmente nos sorprendió la escasa cantidad de visitantes que recorre el parque cada año.  Aunque Perito Moreno es cada vez más popular, ¡su extremo aislamiento hace que no lleguen más de 500 visitantes anualmente!

Luego de tanto desierto nos dirigimos sin dudar a la zona con mayor forestación, el lago Burmeister. El camino es una huella muy profunda que pasa por pequeñas lagunas con todo tipo de aves. Después de 16 kilómetros apareció la tranquera que nos habría las puertas a la indescriptible belleza del bosque.  Los pájaros carpinteros golpetean los árboles tipo ñires, coihues y lengas, y el viento constante agita las copas haciendo que los troncos se quejen roncamente. Batallando contra el viento, llegamos a las aguas turquesas del lago Burmeister, rodeado de montañas tapizadas por pequeños bosques sobre sus laderas y glaciares en sus partes más altas. Nos quedamos unas dos horas contemplando este atardecer, y recién a las 22:00 empezaba a oscurecer.

Al día siguiente, ya frescos y renovados, comenzamos la primera travesía a pié- subir el Cerro Mie por la ladera sur. No había ningún tipo de sendero, pero nuestra idea era llegar hasta una avalancha de rocas que se encontraba a mitad de camino de la cumbre. Caminamos unos 30 minutos en pendiente muy abrupta por un tupido bosque, hasta llegar a la zona más distal de la avalancha, donde bruscamente desaparecía la vegetación para darle lugar al caótico depósito de rocas. Era sorprendente como los árboles habían frenado algunas rocas que superaban los 10 metros de diámetro. Por entre las rocas corrían pequeños hilos de agua que transformaban a nuestro camino en una verdadera pista de patinaje. Trepamos entre los bloques unos 300 metros más hasta una escarpa que evidentemente fue la detonante de la avalancha y nos impedía continuar el ascenso.

Desde este risco la vista es espléndida. Se observa el ancho valle, ocupado en parte por las aguas del lago, también el bosque y nuestro campamento base. Las morrenas frontales del glaciar que labró este valle permanecen aún visibles, testigos inmóviles de la última glaciación (13000 años atrás). Sobre esta misma ladera pero unos mil metros más al oeste observamos nidos de cóndores, fácilmente distinguibles por sus típicas chorreaduras de color blanco. Tratamos de acercarnos pero el relieve del terreno era demasiado empinado, y tuvimos que contentarnos con admirar las aves desde lejos.

Al otro día conducimos unos 32 km a la Península Belgrano, que algunos llaman la vedette del parque. La península está rodeada por el Lago Belgrano al fin de un istmo angosto que sólo se puede cruzar a pie.  Dejamos el auto y nos equipamos con una mochila, agua y abundante comida. La península presenta un relieve bastante ondulado, por lo cual seleccionamos un punto de referencia lejano y alto para no perdernos en la travesía. Luego de caminar por pequeños valles y lomadas llegamos al punto más alto, desde donde observamos grupos de guanacos y choikes (como avestruces pero más pequeñas) corriendo libremente.

Tenemos una vista panorámica de una serie de peñascos e islotes emergiendo de las aguas azuladas del lago. Es notable la diferencia de color de este lago con el de Burmeister debido a que las aguas de uno provienen del deshielo glaciar y el otro del deshielo nival. Seguimos caminando hasta el lado más occidental de la península, donde encontramos una pequeña playa ideal para acampar. En un principio tuvimos la idea de pasar la noche allí, pero durante la caminata visualizamos varias pisadas de pumas, con lo cual decidimos retornar al auto y pasar la noche atrincherados en él. Desde que conocimos a Mariana en la entrada del parque no hemos visto a nadie.  La única manera de comunicarse con alguien en esta zona es por radio y nosotros no teníamos.

Temprano en la mañana partimos hacia El Rincón, sector más septentrional del parque y tal vez el más frecuentado. Aquí vive Jorge, el baqueano de la zona, quien nos mostró el lugar de acampe. Éste contaba con baños y una canilla para sacar agua lo que era demasiado civilizado para nosotros.  Extrañando nuestra soledad, abandonamos el lugar raudamente dirigiéndonos al Lago Volcán, la senda que conduce al lago se encuentra alrededor de 5 kilómetros del Rincón. Dejamos el auto donde comienza la picada. Caminamos bordeando el Río Volcán durante tres horas, en un valle relativamente llano cubierto de pequeños arbustos. Nuevamente encontramos pequeños grupos de choikes, incluyendo a algunas con sus crías.  Se asustan por nuestra presencia, igual que un grupo de guanacos quienes nos permiten acercar hasta escasos metros de ellos antes de huir por la pradera.

En la orilla del lago, el cielo está totalmente despejado y el sol resplandece sobre el agua transformándola en un espejo de plata brillante. Nos quedamos contemplando el paisaje, con sus montañas nevadas de fondo, hasta que nos sorprende el gruñido de un animal. No nos quedamos ni siquiera para distinguir que era, y emprendimos la retirada. Regresamos al bosque de lengas en el Lago Burmeister.  Cuando la noche finalmente se cerraba, cerca de las 23:00 horas, millones de estrellas empezaron a iluminar el cielo y el silencio ensordecedor fue interrumpido solamente por el ocasional batir del agua sobre la costa.

 

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