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El sol amaneciendo sobre el mar caribeño.

Dos canoas de pesca descansan debajo una palmera al
lado del Golfo de Honduras, en el pueblito de Punta Gorda, en el extremo
sur de Belice.

Las ramas extendidas del sagrado árbol ceiba que
simbolizan los cielos en la cultura maya.

La entrada cerrada con portón de la cueva
Chechem Ha, cerca de Benque Viejo del Carmen, aproximadamente 16 km. de San
José Succotz en el distrito Cayo, al lado oeste de Belice.

El guía y arqueólogo, Gonzalo Pleitez
en la entrada de Chechem Ha.
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por Nate McMahon
Diez metros bajo la selva de Belice, en
una antigua cueva maya, me encontraba suspendido de solo los
brazos, agarrado a un peldaño de una escalera quebrada. Mis
pies colgaban en el espacio mientras arriba brillaban trocitos
de cerámica en una saliente de piedra. Mi guía me agarró de
los tobillos, asustado, y yo me preguntaba, ¿está la cueva
por reclamar otro sacrificio?
Había salido de mi casa cerca de
Portland, Oregon, en un día frío y mojado de febrero, el
pavimento de la calle reflejaba las linternas de los coches
en la oscuridad del amanecer. Siete horas después estaba
desembarcando del avión al borde del Caribe, en las afueras
de la ciudad de Belice. El aire caliente y húmedo, me
envolvió como una bendición.
Este cambio fuerte hizo que mi escape del
tráfico y del sonido de teléfonos fuera más enfático. Pero
un cambio agudo siempre trae consigo la preocupación, y la
señora a mi lado en el avión no era de ayuda en absoluto. De
una edad mediana y con el pelo teñido rubio, ella estaba
viajando desde las cuestas de esquí de Colorado hasta su
condominio en Ambergris Caye (pronunciado qui), un sitio
popularísimo en Belice para buceadores. Ella tenía una
abundancia de historias sobre robos y la violencia en el
interior. Al explorar el país, sin embargo, me di cuenta que
los belicenses son amables y sociables. La única vez que me
sentí incómodo fue cuando me dijeron, que las tortillas de
maíz iban bien con el "quash"…es decir, con carne
de coatí (familia del mapache).
Belice es un popurrí de razas y culturas
en la península de Yucatán que mide unos 23 mil kilómetros
cuadrados. Sus confines son México al norte, Guatemala al
oeste y al sur, y el Caribe al este. El lenguaje cotidiano es
criollo (derivado del inglés), pero casi todos hablan el
inglés estándar y lo suficiente de español para conversar.
A menudo saben un poquito de Kekchi o de Mopan, idiomas mayas
también. Alrededor de un cuarto de millón de personas vive
allí.
Los mayas dominaron lo que hoy es Belice,
Guatemala, Honduras, El Salvador y México meridional
comenzando alrededor de 250 A.D. Llegando en el decimosexto
siglo, los españoles no infiltraron Belice tanto como en otras
áreas del Nuevo Mundo, pero los nativos que vivían
allí tenían otro problema: los bucaneros británicos. Estos
británicos recibieron el apodo de los baymen, porque
utilizaban la costa de 380 kilómetros, abrigada por arrecifes,
como escondite y lugar para descansar. Los españoles todavía
reclamaban el territorio como suyo hasta que los baymen
ganaron los derechos de gobernar a Belice en la batalla de St.
George's Caye en 1798.
Las relaciones entre británicos y
belicenses siempre eran difíciles y eventualmente el sistema
colonial fracasó. En el año 1964 Belice empezó a gobernarse
a sí mismo, y en 1973 el lugar cambió su nombre de Honduras
Británico a Belice. Finalmente se independizó por completo
en 1981.
La mayoría de los residentes son
mestizos, una mezcla de maya y europeo que por lo general son
de habla hispana. Hasta hace poco tiempo, los criollos (como
en Jamaica, mon) constituían el grupo más grande, pero
refugiados de Guatemala y un éxodo de criollos hacia los
EE.UU. cambiaron el equilibrio. Uno de los grupos que más se
destaca se llama los garifuna. Por un lado su gente es
descendiente de africanos echados o escapados durante el
decimoctavo siglo de las colonias del este del Caribe. Y por
otro lado contribuyeron con su sangre los indios caribe, que son
reconocidos como personas ferozmente independientes. Otras
culturas visibles incluyen la maya, la latina, la europea, y
la asiática.
En el momento que salí del aeropuerto
tomé un taxi para la ciudad de Belice. Lo que hay de crimen y
contaminación en Belice se ve con más frecuencia en la
Ciudad de Belice, que era la capital y es aún la ciudad más
grande. Yo había pensado, quizás injustamente, en usarlo como
una parada de autobús y nada más. El taxi me dejó en una de
las ubicuas compañías de autobús que tiene la ciudad y en
el plazo de 20 minutos estaba en camino hacia San Ignacio, la
ciudad más grande del Distrito Cayo en el occidente de
Belice. El viajar en bus es uno de las mejores gangas de
Belice, y es una gran manera de relacionarse con la tierra y
su gente. Van con horarios regulares y confiables hasta el
último rincón del país. El viaje de 112 kilómetros, que se
hizo en dos horas de la ciudad de Belice a San Ignacio, costó
$5 BZ ($2,50 los E.E.U.U.). Por otro lado, era incómodo,
apretado, y me dejó cubierto con una capa fina de polvo, como
una pierna de pollo empanizado.
Llegué a San Ignacio de noche. Es una
ciudad bulliciosa de laderas escarpadas cerca del Río Macal.
En San Ignacio uno se siente como parte del Lejano Oeste, pero
en la selva, y sin pistoleros. Las calles son estrechas, a
menudo sin pavimentar. Edificios de dos y tres pisos flanquean
la calle principal, ensambladas con madera y el estuco, con
balcones que se inclinan, pórticos que ceden.
No duré mucho en encontrar el mejor bar
de Cayo - Eva's. Eva's tiene aspecto de pueblo soñoliento.
Sus puertas de tela metálica igual que las ventanas están
siempre abiertas, manteles a cuadros cubren las mesas, y las
tazas de cerveza son gruesas con la condensación. El bar
sirve como un conducto a los guías del área, y ofrece
alimento y bebidas locales, un ordenador enganchado al
Internet, y un montón de información sobre actividades en
Cayo.
Pedí un guisado sabroso de mole negro,
hecho con la mitad de un pollo y un huevo hervido. El plato
vino acompañado con una media docena de tortillas frescas de
maíz. Dentro de una hora había hecho amistad con Bob el
camarero, un veterano con tatuajes del servicio británico, y
con algunos tipos locales y turistas. Hay algo especial en
Eva's - y, por gran fortuna, también en todos los bares de
Belice - una excelente cerveza elaborada localmente. Llamada
Belikin, es disponible en cerveza dorada o cerveza malteada.
Las botellas llevan imágenes de un templo maya, y si usted
bebe muchos Belikin, de veras verá templos mayas.
Gonzalo, un guía de mucho mundo, mitad
latino, mitad maya, y mitad borracho, era uno de mis nuevos
amigos. Él trabajaba como arqueólogo y guía en la cueva de
Chechem Ha, unos 25 kilómetros al sur de San Ignacio. La
cueva serpentea por kilómetros bajo una colina cubierta de un
bosque denso. Por más de 1.000 años los maya dejaron ollas
de maíz y otras ofrendas dentro de las cuevas, que
consideraban entradas sagradas al mundo de los muertos,
Xibalbá (zhi-bal-BA). Otras ofrendas eran más sanguinarias.
Los mayas creyeron que los dioses les
habían dado la responsabilidad de mantener el mundo en orden,
y a la vez, un instrumento para cumplir con este mandato. La
sangre, tanto de donantes voluntarios como de víctimas
sacrificados, era una parte integra de la vida maya. La
sangre fue ofrecida para mantener en balance el mundo maya. El
árbol de la vida, la Ceiba maya, simboliza este equilibrio.
La Ceiba tiene un tronco recto con una corteza lisa de color
gris. Sus ramas se confinan a las partes más altas del
árbol, donde se estiran para recibir los rayos del sol. Las
extensas ramas de Ceiba simbolizan los cielos por encima. Su
tronco representa el mundo medio, donde viven los seres
humanos. Y sus raíces profundas simbolizan el mundo de los
muertos. Cada tarde cuando el sol se oculta, desaparece en
Xibalbá. Allí, Jaguar lo escolta del oeste al este por las
nueve capas del mundo debajo de la tierra para que pueda
levantarse con seguridad por la mañana.
Para llegar a Chechem Ha, alquilé una
bicicleta pequeña y estropeada, y emprendí un paseo de 18
kilómetros. La bici, de ninguna forma era adecuada para mi
estatura de I.92 metros y además el asiento estaba flojo. El
sol caliente me sacó la fuerza. El camino de tierra por donde
me dirigía siempre iba cuesta arriba y nunca abajo, una
violación newtoniana que consideraba inaceptable.
El viaje habría sido agradable si no
fuera por el temblar adolorido de mis cuadriceps y el
frotamiento entre mis piernas. La única cosa que embotaba mi
dolor era la belleza loca a mí alrededor. Grupos de
mariposas, chispeando en el sol, revolotearon como diademas
incrustadas de joyas. Flores desgarradoras saltaron audazmente
de la selva, desafiando la superioridad del follaje dibujado.
Los loros graznaron por encima como trompetas desafinadas.
Encontré el cruce para Chechem Ha y
esquivé vacas a lo largo de un sendero ancho hasta que
llegué a la granja de los Morales. Guillermo Morales
descubrió la cueva hace aproximadamente 10 años en el
terreno de sus padres, y el gobierno dio a la familia el
derecho de manejar el sitio. Han construido un restaurante
pequeño y algunas cabañas a lo largo de un arroyo que
murmura feliz bajo las maderas duras de la selva. Como 100
metros del restaurante el riachuelo se lanza por una cuesta
abrupta para caer en una hermosa cascada de unos 15 metros.
Gonzalo me encontró en el restaurante.
Después de saludarnos, él me condujo más allá de un mono
araña domesticado y nos adentramos en la selva. Él me guió
alrededor de dos kilómetros a través de la selva secundaria,
entre las palmas cohune y el monte enredado, hasta la entrada
de la cueva. Un hoyo rectangular a la altura de mi cintura se
asomaba de la colina, asegurado con una rejilla de metal con
candado contra los saqueadores.
Gonzalo abrió la puerta con un ademán
elegante y entramos gateando, las linternas listas. La cueva
se abrió hasta que podíamos ponernos de pie cómodamente y
de inmediato notamos trozos de cerámica color ocre por
nuestros pies. La cueva se tuerce y se enrosca, dobla para
atrás, sube y baja. Algunas partes de la cueva se pueden
alcanzar solamente con el uso de cuerdas, y hay escaleras
hechas de ramas aserradas que conducen a repisas escondidas.
En las repisas, en los rincones, bajo
salientes, entre las arañas blancas y gordas y debajo de
racimos de murciélagos, se encuentran las riquezas de la
cueva. Hay más de 1.000 años de ollas, muchas todavía bien
formadas y completamente intactas, algunas con el polvo de las
ofrendas originales de maíz adentro. En la cámara central
fueron construidos un stele junto con un pequeño altar Esto
indica sacrificio, según Gonzalo, y significa que los nobles
maya visitaban la cueva.
La cueva también contiene platos
pintados en forma de trípode, diseñados para recoger la
sangre durante los rituales. Una olla fue pintada con la
figura de un hombre con los brazos extendidos y la cabeza
suspendida sobre su torso. Gonzalo dijo que la cabeza flotante
simbolizaba un sacrificio.
Lo cuál nos trae de nuevo a mi lío. De
una repisa donde había ollas, yo estaba bajando en una de dos
escaleras de madera que estaban una al lado de la otra. Me
faltaba algo más de 3 metros para tocar el suelo cuando dos
de los peldaños se rompieron bajo mis pies. Me quedé
colgando de un peldaño intacto, pero no duré más de algunos
segundos para encontrar donde apoyar mi peso en la escalera.
Gonzalo me ayudó, y cuando llegué abajo dijo, "Yo le
iba a decir que la escalera que usó es para personas más
pequeñas. La otra es para gente más grande."
"Jamás he visto a nadie romper una
escalera," agregó.
Cuando me volvieron las ganas de entrar
en dialogo con Gonzalo, él me habló de la maravilla y de las
posibilidades inherentes en la cueva. Él y sus colegas
arqueólogos no han pasado mucho tiempo adentro de la cueva y
todavía hay tesoros ocultos en sus grietas. Cada año la
temporada de lluvia impide el acceso a la cueva, retrasando la
exploración. Cuando los arqueólogos terminan de investigar
en la superficie planean excavar, lo que podría revelar más
capas de reliquias. Pasarán muchos años de descubrimientos
antes de que se conozca a fondo la cueva.
Esta es la situación en muchos de los
sitios antiguos del país. Las condiciones ambientales y la
carencia de financiamiento atrasan la exploración. Mientras
que esto frustra a los que intentan exponer la historia de la
región, para los visitantes significa que siempre hay algo
nuevo para descubrir en Belice.
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