
El transporte cubano tiene fama
|
 |
por Michelle Kehm
Son las 5:45 de la mañana en Cuba, lo
que significa que todavía reina el silencio de la noche donde
yo vivo. Me encuentro en el aeropuerto nacional de La Habana,
cargando la mochila, y haciendo todo lo posible para entender
porqué mi avión con destino a La Isla de la Juventud, una
isla cubana a 96 km. hacía el sur de la isla principal, ha
salido 15 minutos antes de lo debido, dejándome atrás a mí.
El hombre detrás del contador de Cubana Air está intentando
de explicar, pero él solo habla español; y aunque estudié
español durante todos los años en la universidad, él está
hablando como una ametralladora y además con un acento
cubano, que tengo entendido es difícil para cualquiera. Por
sus gestos puedo captar que él no puede físicamente sacar el
avión del aire con sus manos y traerlo al aeropuerto para yo
subirme. Él está riendo de su chiste, pero yo no le veo la
gracia - ¡debo de estar buceando esta misma tarde!¡Necesito
llegar a La Isla de la Juventud, el paraíso cubano del buceo!
Bienvenidos a Cuba, chicos. Tierra de los
cabarets coloridos, daiquiris bien fríos, viejos coches
cromados; y la rumba, el mambo, la salsa y el cha cha cha. La
capital, la Habana, es un centro cultural de primera clase con
más museos, galerías e iglesias que puedes contar, y
también está Fidel, talvez el político menos entendido y
peor representado que jamás se atrevió a enfrentarse con el
imperialismo. Pero tengo que admitir, la razón por la cual
fui a Cuba no era para disfrutar de la vida de noche, ni para
conocer la historia, ni los lugares de Hemingway, sino por el
buceo que es de clase mundial.
Pero mi primer día en Cuba no lo pasé
explorando las aguas azules del Caribe, sino durmiendo fuera
del aeropuerto debajo de una palmera, esperando para saber si
podía encontrar un campo en el avión de la tarde a La Isla.
Y aunque tuve la suerte de conseguir un asiento, casi lo
abandoné cuando vi el avión. Fue uno de Cubana Air AN-24,
hecho en Rusia, con algunas piezas adicionales que parecían
ser robadas de una motocicleta aquí, un tractor allá. El
avión era grande y sólido pero yo tenía mis dudas; y los
cuentos que había escuchado sobre la aerolínea no me
ayudaron a sentirme más segura - como el que dice que
utilizan hielo seco bajo el piso en vez de aire acondicionado,
que por cierto me servía como buena explicación cuando vi
que salía humo del piso mientras despegábamos.
A eso de las 6:00 de la tarde, llegué
finalmente al Hotel Colony, un hotel frecuentado sobre todo
por los buceadores en el Isla de La Juventud. Puesto que
había faltado a la excursión de buceo de la tarde, tuve
tiempo para charlar con Tonya, la representante de publicidad
del hotel. Ella me explicó que estaría buceando a lo largo
de Punta Francés, o la Costa del Pirata, donde hay 56 sitios
de buceo que ofrecen desde túneles subacuáticos y valles
hasta barcos hundidos. Dicen que esta isla fue la inspiración
para la famosa novela Isla del Tesoro porque las naves siempre
se naufragaban en los arrecifes poco profundos. Tonya pidió
mi licencia de buceo, o sea mi tarjeta de certificación, y le
conté que no había buceado por 6 años y me sentía un poco
nerviosa. Ella me dijo que me pondría con un grupo de otros
buceadores que acababan de llegar, y que nuestro divemaster
nos asesoraría el primer día, y entonces proseguiría
basándose en nuestro nivel de capacidad como grupo. Me
pareció más o menos seguro, pero aún tenía nervios.
Al otro día a las 8:00 de la mañana,
los otros cinco buceadores y yo nos encontrábamos abordo un
crucero de 9 metros, deslizando sobre las vidriosas y
turquesas aguas cubanas. El grupo consistió de una pareja
holandesa ya algo mayor (quiénes buceaban con una cuerda
atada alrededor de sus muñecas, ¡qué lindos!), y tres
jóvenes venezolanos. Todos eran buceadores ávidos con el
equipo más moderno, indicadores electrónicos, botitas suaves
de moda y máscaras con visión periférica; mientras yo
andaba con equipo alquilado, cubano, y de segunda mano.
El divemaster que nos asignaron era un
hermoso tipo cubano llamado Henri (pronunciado en-ri.) No
hablaba casi nada de inglés, y aunque hice el intento de
explicarle en español que no había buceado en 6 años y que
me sentía un poco insegura en cuanto a armar y alistar al
equipaje, realmente no sabía cuánto me entendía él. Basta
decir que la situación me hizo sentir un poco incómoda.
Nuestro barco se detuvo por encima del
primer sitio de buceo, un arrecife de poca profundidad y lleno
de vida acuática. Todos comenzaron a alistar su equipaje;
pero yo no recordaba cómo instalar todo, así que me puse el
traje de neopreno y me aparté para no molestar a nadie. Henri
me vio allí parada y llegó a ayudarme. Él unió mi
respirador, el octopus y la indicadora análoga a un tanque
lleno de aire. Él revisó mi manómetro y me mostró que el
tanque contenía 3000 libras por pulgada cuadrada de aire.
Entonces unió el tanque con todas las mangueras sobre mi
chaleco compensador de flotación, y estaba todo listo. Bien.
¿Ahora qué hago? Agarré una faja con lastre que parecía
tener unos 14 kilos de pesos y la até a mi cintura. Henri me
ayudó con ponerme el chaleco. Pero, ¡por Dios, me había
olvidado que tan pesado era todo este equipaje! Allí estaba,
con el montón de kilos extras en la cintura, otros 25 kilos
en la espalda, mangueras colgando de mi chaleco, ¿y todavía
tenía que doblarme, agarrar mis aletas, ponérmelas de alguna
manera, y caminar al borde del barco resbaloso sin caerme y
chocar con alguien? ¡Caramba!
Ambulando cuidadosamente llegué al borde
del barco y miré hacía abajo. Podía ver el arrecife, a solo
7 metros por debajo del agua transluciente. Estaba nerviosa.
No me sentía muy segura de lo que debía hacer una vez
mojada, pero el peso y la incomodidad del equipaje superaron a
mis miedos y dudas. Salté. Pies primero.
¡Ah, agua tibia, estoy flotando...qué!
¿Qué suena? ¡Oía al aire saliendo de mi tanque! Las
burbujas silbaban por todas partes y yo tratando de agarrar
mis indicadores y mangueras; pero con todo ese equipaje, era
tan ágil como una tortuga panza arriba. Me di cuenta que el
aire se escapaba de mi octopus, lo que no es nada bueno porque
se necesita ese aire, pero no lo podía sacar ya que estaba
metido profundamente dentro de una bolsa de mi chaleco.
Mientras yo seguía buscándolo desesperadamente y azotando
por todos lados, todos los demás miraron a Henri saltar al
agua, agarrarme del chaleco, darme vuelta, sacar a mi octo y
darle palmadas hasta que finalmente se quedó callado.
Con la situación bajo control, Henri
alzó la manguera de su chaleco sobre su cabeza, señalando
que todos debíamos de comenzar a desinflar y descender. Aquí
voy, pensé, y sentí el descenso. Fui bajando lentamente. Al
principio sentía ansiedad sólo con la idea de respirar por
una manguera en la boca, estando 7 metros debajo del agua.
Pero entonces me relajé, mi respiración se tranquilizó,
seguía desinflando y sacando la presión dolorosa de mis
oídos; y sin darme cuenta, de repente, coral, peces y la
translúcida agua de mar azul me rodeaban. Que maravilla. Me
había olvidado de lo increíble que es el buceo. Manipulé el
nivel de aire en mi chaleco y sentí el placer de la
ingravidez pura, como flotar en el espacio.
Deslicé sobre arrecifes repletos de
coralinos suaves, abanicos púrpuras del mar, esponjas
amarillas de tubo, esponjas rojas de en forma de florero, y
otros invertebrados marinos que nunca había visto antes.
Bancos de pargos, de spadefish y de lubinitas hicieron una
danza a mi lado izquierdo, mientras algunas langostas se
asomaban desde sus escondites a mi derecha. Con un ojo
apreciaba el jardín espectacular del Caribe que atravesaba, y
con el otro ojo miraba a Henri, quien nos hacía la gran
señal de "OK" con la mano más o menos cada 10
minutos, y si todo andaba bien, los niveles de oxígeno, los
nervios y los oídos, nosotros le devolvíamos la señal de
"OK".. Estuvimos debajo por aproximadamente 30
minutos en ese primer buceo y todo salió de maravilla.
Entonces fuimos a la superficie para almorzar, y ¡con ver a
todas esas langostas me había dado hambre!
Hicimos dos buceos por día durante el
curso de tres días, y todo fue absolutamente asombroso.
Exploré las grietas y los arrecifes vibrantes. Vi a una raya,
a un pequeño banco de barracudas, y a mi favorito, una medusa
cargando sus misteriosas luces opalescentes. Nadé con muchos,
muchos bancos de peses tropicales, admiré las estrellas de
mar, y me asombré de los numerosos colores y tipos de
esponjas de mar. ¡Un buceador incluso sacó su respirador y
sopló enormes anillos de oxígeno hasta la superficie! ¡Yo
no sabía que eso se podía hacer!
Al final de cada día caluroso, húmedo y
salado, regresaba junto con mi pandilla de buceadores al Hotel
Colony para quitarme la sal, y después caminaba hasta la
punta del largo muelle privado al pequeño bar estilo cabaña
que estaba perfectamente situado en la extremidad, dando vista
al mar. Allí, tomábamos mojitos helados mirando al sol
desaparecer en el mar, y desde luego, planeábamos las
aventuras de buceo para el día siguiente. Estuvimos todos
entusiasmados, y cuando terminamos de discutir sobre todos los
barcos hundidos que queríamos encontrar y los buceos de noche
que deseábamos probar, también nos encontrábamos algo
borrachos.
Una vez acabada toda la diversión, la
realidad se impuso y me encontraba de nuevo esperando que el
avión se llenara lo suficiente para hacer el vuelo de regreso
a la isla principal. Esta vez, el avión fue uno antiguo de la
fuerza militar rusa, el tipo que normalmente se usa para
paracaidistas, así que no había asientos en el centro, ¡y
los pasajeros se sentaban con las espaldas pegadas a las
paredes, mirándose cara a cara! Mientras la azafata caminaba
por los intestinos vacíos del avión, ofreciendo a los
pasajeros su opción de tres confites añejos, yo tomé una
pausa para observar las caras de cada uno de los otros nueve
pasajeros, y entonces me di cuenta que mi situación no estaba
tan mal. Mientras ellos (toda gente local) se aferraban a sus
seres amados y rezaban aún antes de salir el avión, yo, la
única turista, ya había hecho este vuelo. Me encontraba
tranquila, hasta feliz. Pasé reflejando sobre la semana
maravillosa de buceo, las cosas que vi, y las personas que
había conocido. Incluso le pregunté a la azafata si me
podía pasar al asiento solitario más atrás por la puerta,
la puerta del salto, trabada solamente con un solo cierre
delgado de metal que temblaba durante el vuelo. Le pedí
permiso, y ella me dejó. Los demás pensarían que estaba
loca, pero yo llevaba una sonrisa puesta hasta la Habana. I
love you, Cuba.
|