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Esperando en la oscuridad en un camino pedregoso y
solitario, pensamientos inoportunos de la historia de
violencia en Guatemala pasan sigilosamente por mi mente.
Algunos minutos antes mi esposa me había dejado con nuestros
dos hijos pequeños en el jeep para subir la montaña casi
vertical al lado del camino. Ella se había ido sin luz por un
senderito hecho a mano para buscar el hogar del hombre que nos
había ayudado a cambiar un neumático una hora antes, ya
cuando se ponía el sol. Mientras pasan los minutos, se me
ocurre que estoy en una posición muy difícil si hubiese
algún problema. No puedo dejar a los niños para ir a
buscarla (aún pensando que podría ayudar en algo). Y
definitivamente, no sería posible llevar a los niños conmigo
en la búsqueda. Para empeorar la situación nos encontramos
en un lugar tan remoto y aislado que duraría todo un día (o
más ahora que ha llegado la noche) para conseguir una posible
ayuda oficial en Cobán.
Es interesante cómo las cosas parecen más amenazadoras en
la oscuridad. Anduvimos hace solo un rato gozando de las
vistas espectaculares que ofrecen las montañas en el camino
de Cobán a Lanquín. Calculando la distancia como vuela el
quetzal, hay solo 30 kilómetros entre estos dos pueblos, pero
el terreno escarpado del país y el camino primitivo hacen que
sea un viaje de un día entero. Cerca de 2 horas antes de la
puesta del sol, habíamos chocado con algo en el camino que
nos produjo un agujero en el neumático posterior izquierdo.
Mientras yo cambiaba la llanta por la de emergencia,
discutíamos las opciones de continuar adelante hasta Lanquín
o devolvernos para buscar el último pedacito de
civilización, aproximadamente 20 minutos hacia atrás.
En ese momento, un vecino del lugar llegó junto con su
hijo pequeño y me ayudó a cambiar el neumático. También
nos informó que había un taller de reparaciones para
neumáticos, o un pinchazo, en el pueblito que habíamos
pasado hace un ratito, y otro en Lanquín, que quedaba a una
hora adelante. Eso nos decidió. Veinte minutos en una llanta
de emergencia en ese camino era todo lo que quería arriesgar.
Aproximadamente 90 minutos más tarde, ya de noche y con un
parche nuevo en la llanta, íbamos en el camino otra vez.
Cuando conseguimos de nuevo el lugar en donde habíamos parado
anteriormente para cambiar el neumático, mi esposa quería
parar. Ella deseaba agradecer a nuestro benefactor una vez
más y regalarle al chiquito una ropita que ya no les quedaba
a los nuestros.
Mis preocupaciones hicieron que su ausencia parecía de
horas, pero no pudo haber sido más de 20 minutos, cuando mi
mujer volvió contándonos de la hospitalidad de la familia
que ella acababa de conocer. Además ella traía en los brazos
un saco de tamales. El tamal es un plato tradicional de
Navidad en América Central, pero los de Guatemala son
realmente especiales. Llevan el condimento cardamomo, que es
un sabor poco común para esta parte del mundo. Pero resulta
que Guatemala es el exportador más grande del mundo de
cardamomo, y envía la mayor parte a la India y al Oriente
Medio. Por el sabor, el poco que no se utiliza para
exportación se encuentra en los tamales navideños.
Cuando nuestra tragedia del neumático ocurrió,
acercábamos al final de una odisea de tres días que comenzó
en Huehuetenango. Habíamos venido a conocer Semuc Champey,
reconocido como una de las maravillas más espectaculares del
mundo natural, y a explorar las Grutas de Lanquín. Las
atracciones fueron todo lo que esperábamos, pero de muchas
maneras lo verdaderamente maravilloso del viaje fue el
recorrido por las montañas.
Salimos de Huehuetenango un viernes por la mañana, dejando
atrás las calles repletas de gente y diesel de esta última
ciudad de Guatemala de buen tamaño antes de la frontera con
México. Saliendo de la ciudad, un camino de grava sube
empinado hacia el este a la Cordillera de los Cuchumatanes, la
sierra más alta de la América Central.
Conducir en este camino puede causar fatiga nerviosa. Hay
una cantidad sorprendente de circulación, a pesar de que el
camino es estrecho, y las curvas son extremadamente apretadas.
Los camiones que llevan pollo o madera de construcción
requieren casi el camino entero para sí mismos, y en más de
una vuelta apretada tuvimos que echar el jeep para atrás
hasta llegar a un punto lo suficiente ancho para dejar pasar a
otro vehículo.
Después de que casi todo un día de manejar, llegamos a
Sacapulas, un lugar agradable y amable situado en lo profundo
del valle de Río Negro aproximadamente 60 kilómetros al este
de Huehue. Al llegar, hicimos una caminata para estirar los
músculos tensos después de largas horas en el 4x4. La
caminata resultó de casi dos horas ya que el pueblo es grande
considerando lo aislado que es. Caminando por la calle cerca
del Hotel Río Negro donde estábamos hospedados vimos un
puñado de mujeres lavando ropa en el río. Pocos minutos
después, solo una media vuelta rápida nos salvó de
interrumpir a varios hombres y niños en el proceso de
bañarse en el mismo río. En los altos sobre de la plaza
central, nos encontramos con un señor pelando habas. Los
niños estuvieron fascinados, y pasamos una media hora
hablando con él mientras que los chiquitos sacaron los
frijoles negros de sus pequeñas chaquetas.
El Río Negro es probablemente el mejor alojamiento que
ofrece este pueblo, pero es muy sencillo. El comedor estaba
nebuloso con el humo que echaban los hornos de madera en la
cocina. La cena fue de arroz y habas con pollo dorado,
acompañado con Gallo, la cerveza nacional. Más tarde,
después de cerrar nuestra puerta de hierro con candado, nos
bañamos con repelente para mosquitos, nos acostamos en las
sábanas desgastadas sobre gruesos colchones de espuma, y
apagamos la bombilla descubierta.
Poco después del coro de gallos al día siguiente
estábamos de nuevo en el jeep, haciendo la inclinada subida
para salir del valle y dirigiéndonos hacia Cobán. Casi todas
las curvas traían otra vista impresionante u otro susto con
un vehículo de carga.
De Sacapulas viajando hacia el este a través de terreno
increíblemente rugoso y hermoso se gasta un día completo
para llegar a Cobán. El camino no está bien marcado, y las
paradas frecuentes para pedir información hacen una aventura
en sí, especialmente porque no es tan fácil de encontrar
personas que hablan el español fluido. Es probable que lo
alejado que es este rincón de Guatemala ha contribuido a que
la cultura maya haya sobrevivido.
El encontrar caminos pavimentados en Santa Cruz Verapaz
(aproximadamente 20 kilómetros fuera de Cobán) nos pareció
como una victoria. Pero media hora más tarde, ya en Cobán,
nos encontrábamos caminando por las calles transitadas de
esta ciudad que queda a solamente 4 horas de la capital vía
la Carretera del Atlántico, codo a codo con otros extranjeros
pagando de nuevo precios de turistas para alojamiento. Nuestra
estancia fue corta.
El día siguiente nos encontró rebotando sobre otro camino
de tierra hacia Lanquín, con sus famosas grutas y el
espectáculo aterrorizante e inspirante de Semuc Champey.
En el lenguaje nativo de kekchí maya, Semuc Champey
significa el lugar donde el río desaparece en la tierra. En
esta configuración magnífica, rodeada por las montañas
rugosas y las nubes, la gran mayoría del agua en el Río
Cahabon se hunde debajo de un puente natural de piedra caliza
con un largo de 300 metros y un ancho de 60 metros. Un
chorrito serpentea a través de la parte alta por las raíces
de bosque tropical y por las repisas de roca de solo
centímetros (que parecen ser raíces de bosque tropical), que
eventualmente forma una serie de cascadas pequeñas. Entre
ellas el agua se recolecta en piscinas cristalinas que son
perfectas para nadar antes de caer finalmente en una cascada
poderosa, uniéndola con el resto del río en la profundidad.
La vista que hay desde del puente del hueco donde el río se
sumerge en la tierra es emocionantísima
Un pequeño rótulo
colgado en un cable fino de metal advierte del peligro del
río y marca la entrada. Realmente parece un poco cómico. No
es adecuado para transmitir la gravedad del peligro, pero el
mismo río difunde su propia advertencia con un rugido que da
escalofríos. Los guías locales cuentan que si alguien se
cayera a la profundidad duraría 40 días para que el cuerpo
saliera al otro lado.
Es una sensación singular; flotar en una de las charcas
tranquilas de Semuc Champey, el agua justamente a la
temperatura del cuerpo, cara arriba a un cielo encerrado por
todos lados de las montañas majestuosas del bosque nuboso.
Tal esplendor natural es difícil de acceder. Semuc Champey se
encuentra a 10 kilómetros de Lanquín al final de un camino
intransitable por todos los vehículos menos los de marcha
doble. Por supuesto es posible llegar a pie desde Lanquín.
Asegúrese de pedir direcciones con frecuencia durante la
caminata de tres horas ya que la ruta no está bien señalada.
Más cercanas a Lanquín son las grutas. Según los guías
en la cueva, la tradición maya dice que Lanquín es una
salida para una carretera subterránea. Se cree que el otro
extremo de esa carretera sale por Quetzaltenango, casi 200
kilómetros al suroeste. Un guía nos dijo que un equipo
francés en los años 1940 pasó cuatro semanas explorando
dentro de las cuevas sin encontrar otra salida. Nuestra
expedición no fue tan extensiva, pero teníamos la impresión
de estar usando algo del mismo equipaje. Las cuevas
normalmente están alumbradas durante algunos centenares de
metros, pero el día en que fuimos nosotros el generador no
funcionaba. Entonces nos ofrecieron linternas de gas para
llevar adentro.
La atmósfera era misteriosa, con las linternas lanzando
sombras extrañas sobre las formaciones de roca nombradas
tales como el águila, el mono y las ovejas. Cuevas en general
tienden a ser bastante frescas, pero en las Grutas de Lanquín
sudábamos. Probablemente el calor de las linternas
contribuía pero los guías dijeron que el calor se debe a la
actividad volcánica en la vecindad. Pudimos penetrar quizás
un medio kilómetro antes de que nos pidieron que nos
devolviéramos. Más de una vez me fijé en la linterna para
cerciorarme de que tenía suficiente combustible. De regreso,
subiendo una escalera con los peldaños resbaladizos de
condensación y de guano, nos detuvimos a una altura de unos
10 metros para ver un altar de sacrificio. El guía nos dijo
que todavía era visitada en un pasado no muy lejano por gente
que traía ofrendas de pollo, maíz y otros objetos de valor.
La piedra arriba del altar estaba negra con la mancha de humo.
Abajo, una araña de cueva inmensa, reposaba sobre el
altar. Debía tener casi un metro de diámetro de pata a pata,
y correspondía con el color de la roca casi perfectamente.
Cuando estábamos por salir de las cuevas, el guía señaló
arriba, donde dormían cantidades de murciélagos durante el
día. Al parecer estas criaturas forman una vista
impresionante cuando salen todas en masa al anochecer.
Desafortunadamente, no tuvimos suerte cuando fuimos a ver el
espectáculo. En el momento en que decidieron salir realmente
estaba demasiado oscuro para verlos bien y ya era hora para
volver al albergue. Hotel El Recreo es un lugar relajante con
zonas verdes amplias y cabinas privadas. En el restaurante los
mismos meseros doblan de músicos y tocan canciones alegres en
la marimba.
El consejo ubicuo para viajeros en América Central es de
no viajar por la noche. Una gran parte de la razón de este
consejo es benigna: en la oscuridad es mucho más difícil de
ver cualquier animal o persona que quede en lo que son caminos
muy transitados durante el día. En Guatemala, sin embargo, el
consejo de no viajar por la noche parece llevar un mensaje
más siniestro, con los recuerdos del violento pasado reciente
de este país. Esta misma historia trágica es responsable por
el hecho de que los turistas en Guatemala no pasan de los
lugares más conocidos y no se atreven a descubrir los demás
caminos. Lo que antes era territorio intransitable ahora es
accesible y aún no ha sido descubierto por turistas
extranjeros.
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