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por Aurora Daniels

 

Afortunadamente, mi esposo no es celoso, porque yo andaba detrás de Antonio como un podenco acosando un conejo, y no le quitaba la mirada. Antonio, un español alto con ojos dulces color café y un acento palpable, era el dive master liderando nuestra exploración subacuática por las antiguas y sagradas cavernas mayas subterráneas de Dos Ojos, en la Península Yucatán en México. Estaba asustada, y dependía de él.

"¿Cómo dices? ¿Llevaremos linternas?" Con ojos llenos de temor, le interrumpo a Antonio, mientras nos da los detalles sobre este sitio de buceo. Entonces, poco a poco comprendo, las cavernas serían oscuras por dentro.

Pero ¿cómo es posible? me pregunto, avergonzada ahora de revelar mi susto. Había visto fotos del lugar con espacios totalmente abiertos, grandes y con bastante luz, brindando vistas de las bellas estalactitas y estalagmitas. Claro, las aperturas fueron fotografiadas, pero nosotros, como buceadores, exploraríamos los pasillos y tubos más profundos y más oscuros. Ay, ay, ay. No me sentía segura de poder hacer esto.

Pero ya íbamos de camino por la impecable autopista de cuatro carriles en la Riviera Maya al sur de Cancún y Playa del Carmen, rumbo al cenote – siete buceadores, dos dive masters y un montón de equipaje. Intento consolarme pensando en la belleza de las fotos que había visto, pero Antonio sigue revelando noticias atemorizantes que hacen latir mi corazón rápidamente y secan mi boca.

"Tienen que estar siempre pendientes de su flotabilidad para no agitar el limo del fondo, ni pegar con las estalactitas por encima de la cabeza, manteniendo siempre una posición perfectamente horizontal," nos advirtió.

El dialogo en mi cabeza aumenta en volumen de gritos. ¡¿Qué?! ¡Estalactitas arriba! ¿Los túneles estarán completamente sumergidos?

No puedo controlarme y se me escapa, "¿Quieres decir que no podemos subir a la superficie del agua dentro de las cuevas y encontrar aire?" El parpadeo de sus ojos me deja saber que la idea de bucear conmigo lo hace sentir un poco nervioso, pero mantiene su sobriedad. Me asegura que podemos salir por los canales serpenteados y llegar a una de las áreas abiertas en 60 segundos, si es necesario.

El discurso continúa. Es la preparación más detallada que jamás había escuchado antes de una inmersión, y me hace sentir aún más agitada. El toque final que casi me lleva al punto de huir, es cuando nos dice que tenemos que nadar en filita, uno tras otro, debido a lo estrecho de los pasillos en algunos lugares. Para peores, existía la posibilidad de encontrarnos con otro grupo de buceadores adentro tratando de pasar por el mismo pasillo. Sólo imaginaba el espacio apretado, la inhabilidad de ascender a la superficie y la oscuridad. El pánico me calienta la piel de la cara. Paso el resto del viaje en silencio tratando de controlar mis pensamientos, y concentrándome en la experiencia y en el aspecto de seguridad en sí mismo que demuestra Antonio.

Dos Ojos (nombrado por su forma de doble círculo) es uno de muchos cenotes, o sistemas de ríos subterráneos en El Yucatán, que a través de los siglos se convirtieron en cuevas y cavernas, y formaron una parte esencial de la vida espiritual maya. Algunos son visitados por los buceadores de recreación, y otros son explorados por buceadores especializados. Por definición, una caverna es una formación en la cual puntos de luz - indicando alguna salida - son siempre visibles sin importar su distancia. Una cueva, por contraste, es un túnel profundo donde es necesario amarrar sogas en la entrada y a lo largo del camino donde la oscuridad es absoluta.

Afortunadamente, soy una buceadora con experiencia. No me da miedo sumergirme, sólo me asusta entrar a un espacio pequeño. Antonio me tranquiliza recordándome que la mayoría de gente se siente ansiosa al enfrentar lo desconocido, pero después lo encuentran más fácil de lo esperado. La profundidad es poca, con un máximo de 11 metros, y él estaría nadando adelante de mí.

Confío en él. Enfrento mis temores. Contemplo la gente maya y sus ritos para distraerme. Enfoco mi visión en las paredes de la cueva y su estructura interna. ¡Es asombroso pensar que una estalactita dura cien años en crecer un centímetro! Y Dos Ojos está repleto de ellas, algunas extendiéndose 6 metros del cielorraso al piso. Seguimos la huella de una soga que marca permanentemente la ruta para buceadores. Mi respiración se vuelve más lenta al darme cuenta que la parte interna es realmente espaciosa.

Hay pasillos donde nos estrechamos en medio de las formaciones de piedra, pero el espacio y el volumen de agua alrededor es abundante, aún en la oscuridad relativa. Miro la entrada hacia atrás, la cual se desvanece con la distancia. Parece misteriosa con su borde rocoso que rodea la luz turquesa de afuera. Es aquí donde se tomaron las fotos que yo había visto, las que asumí fueron tomadas en las profundidades de la caverna.

Es fácil comprender porque nos advirtieron sobre el suelo. Incluso con el más ligero roce, las partículas finas susurran como pequeños remolinos reduciendo la visibilidad. Nos cuidamos de mantener la flotabilidad perfecta, utilizando un solo dedo para desplazarnos hacia adelante cuando es necesario, en vez de patear. Nos habían pedido no aletear nunca de la forma normal, sino utilizar el pateo de rana o el dedo ocasional en una piedra como apoyo.

Hace frío. Tengo puesto un traje completo de neopreno y uno más corto encima, pero al reducirse el calor de mi ansiedad, me doy cuenta de la helada temperatura del agua de 24 grados centígrados. Seguimos el pasillo interno por el canto del primer círculo subterráneo en forma de ojo. Una de las reglas con este sitio de buceo, es que todos los participantes tienen que empezar a salir de la caverna cuando llegan a 2000psi (libras por pulgada cuadrada) de aire en el tanque, calculando 1000 libras para la entrada, 1000 para la salida y 1000 de reserva en un tanque de 3000psi. Como es posible recorrer todo un circulo, es importante bucear acompañado de un guía que conozca bien el lugar y pueda juzgar si la mitad del camino se ha logrado cuando la primera persona queda con sólo 2000psi, o si el grupo tendrá que dar la vuelta, regresando por la misma ruta hacia la entrada.

Después de medio camino, aproximadamente a unos 25 o 30 minutos, subimos a la superficie dentro de un lugar grande y abierto para apreciar la belleza que nos provee la luz natural, reflejando las paredes de la caverna y el agua dulce que nos rodea. Antonio nos informa que llegaremos a la salida del primer ojo en unos 12 minutos, y nos aconseja observar con cuidado para encontrar antiguos huesos y fósiles en las paredes. Mientras procedemos, él nos muestra algunos pedacitos de hueso en el suelo, alumbrándolos con su linterna.

Cuando llegamos a la apertura de Dos Ojos, cambiamos los tanques de aire con prisa y entramos con un gran salto, anticipando lo que debe ser una ruta un poco más corta, pero todavía más impresionante que la primera. Ahora estoy completamente tranquila y disfrutando mucho más. Me siento orgullosa por haber conquistado los temores arraigados en mi mente, y asombrada por ser capaz de realizar este buceo. ¡Triunfo!

La promesa de esplendor se hizo realidad mientras ondulamos con elegancia hacia arriba, por encima, alrededor, y en medio de las estructuras de piedra que una vez vivían y crecían, pero que desde hace un tiempo habían quedado inundadas por las aguas dulces del manantial que brinda sus aguas al antiguo río. A la mitad del buceo, esta vez, salimos a la superficie dentro de La Cueva de Murciélagos, una caverna relativamente oscura con murcielaguitos colgando de todas partes del cielorraso. Ahora todos estamos tiritando con el agua fría, y el buceador de habla alemana se queja de sentir más frío aquí que en las aguas heladas cercanas a su patria.

Durante la última parte del trayecto, vemos dos camarones de agua dulce caminando por el suelo limoso. Aparte de estos camaroncitos y uno que otro pececito, no vemos nada de fauna. Por contraste al buceo de mar, lo estimulante aquí es observar el lugar en sí y sus formaciones, y por supuesto, realizar algo extraordinario.

Cuando salimos a calentarnos con el sol y comernos un emparedado, yo lucía con orgullo y satisfacción. Todos íbamos dormidos en la camioneta de regreso, finalmente tranquilos. Y a la hora de despedirme de Antonio, lo hice con sincera gratitud. Difícilmente olvidaré la confianza en sus dulces ojos marrones.

Playa del Carmen Buceo                                          

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Información general de la Riviera Maya www.ocucaje.com

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