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“Avanzar
el bastón, dar un paso; avanzar el bastón dar otro paso,” me repito
incesantemente, pues solo así puedo enfrentar a este vasto océano de
arena, viento y silencio llamado Altar.
Desde chico me gustaba el
desierto. Recuerdo que buscaba en el vídeo club cualquier película en la
que mostraran imágenes de dunas. Esas formaciones de arena me parecían
totalmente intrigantes.
Mi primer encuentro con un
desierto fue cuando escalé junto con otros cuatro amigos El Escudo, la
pared Norte del Picacho del Diablo en México. Desde su cumbre observé el
resto de la Sierra de San Pedro Mártir, El Mar de Cortéz y el gran
Desierto del Altar en Sonora. En la distancia el Altar parecía llamarme. Y
desde allí, en el Picacho, decidí cruzarlo.
El Desierto del Altar es
el México desconocido. En la antigüedad, su región era el hogar de los
hohokam, una sociedad que ya había desaparecido para la llegada de los
españoles. Sin embargo, la cultura de Hohokam sobrevivió en los pápagos,
un exitoso pueblo que subsistía de la caza y recolección. De naturaleza
nómada, los pápagos solían recorrer las arenas del Altar, sobre todo en
invierno. Hoy sobreviven dispersos entre Arizona y México menos de 400 de
sus integrantes. Los pápagos son un pueblo fuertemente unido a la
naturaleza. Ellos creen en “el hermano mayor”, un espíritu que los guía
hacia el buen camino en la vida y que protege la naturaleza.
El Altar es un desierto
tan grande que todavía guarda muchos rincones sin hoyar. En 1540 Francisco
Vázquez Coronado cruzó una parte del desierto. Hacia 1700 el padre Kino
había hecho también algunas incursiones, pero se podría considerar que la
primera travesía completa (por lo menos documentada) fue realizada en 1977
por cuatro alpinistas de la UNAM. Desde entonces ha habido varias
expediciones que han logrado cruzar el Altar desde diversos puntos. Sin
embargo, todas ellas se concentran en la parte oriental y ninguna, al
menos que nosotros encontramos, se había metido de lleno en la zona
occidental de dunas gigantes tipo “erg” (que en árabe significa “mar” de
arena), una de las más grandes y continuas del planeta.
El encuentro con el Altar
es algo sobrecogedor. Con la ayuda de un aventón iniciamos por la
Carretera 2, y bajamos en el medio de la nada, cerca de La Joyita, unos
10 kilómetros al sur de la frontera con Arizona. El viento tormentoso nos
obliga a ponernos los goggles rápidamente. Nos alejamos un poco de
la carretera para sacar el equipo de la mochila- polainas, bastones,
brújula, GPS, mapas. Me pongo a la espalda la mochila y comenzamos
a caminar.
Paso a paso nos acercamos
a la primera duna gigante que, lento y doloroso, se convierte en una
extensión inagotable de colosos de arena. El viento nos comienza a hablar,
gritar, rugir. Nos detenemos un momento a tomar fotos.
“¡Huy! Se está trabando.”
Al parecer se le había metido arena a la cámara.
“¿Quieres descansar?” le
pregunto a Elvia mientras guardo la cámara.
“No, mejor seguimos.”
El plan original era
detenernos al medio día para pasar las peores horas de calor. Nos habíamos
preparado para temperaturas de 30-40°C, pero estaba apenas superando los
20°C. Aún cuando caminamos a buen paso, avanzamos lentamente. El suelo
casi siempre arenoso hace la marcha pesada. Aquí y allá encontramos
algunos claros de suelo duro.
El desierto es un lugar
silencioso, y Elvia y yo hablamos francamente poco. En un principio, mi
diálogo interno es sumamente activo. A mi mente recurren constantemente
las advertencias, consejos y reproches de multitud de personas que antes
de irnos nos decían, “Les falta experiencia, no están preparados, es muy
peligroso, hay narcos, hay muchas víboras, ¿cómo vas a ir con una mujer?”
Volteo a ver a Elvia para ver
si ella tiene las mismas dudas que yo, pero en la sonrisa que me devuelve,
puedo leer claramente: confía en si misma. Poco a poco en el silencio del
Altar, mi mente va quedando en calma,
y una vez dejé de escuchar a todas esas voces, pude escuchar tanto la mía
propia como la del Altar.
El Altar no es un lugar
del todo sin vida. Hasta en la zona de dunas gigantes se encuentran
pequeños arbustos en las hondonadas. Estos arbustos pierden todas sus
hojas y secan sus tallos, manteniendo sólo las raíces vivas, de tal forma
que a la vista parecieran muertos. Sorprendentemente, esta vegetación
puede mantenerse así de una lluvia a la otra (lo cual puede tomar hasta
dos años), pero al caer el agua, reverdece y se llena de hojas y flores,
para volverse a secar y esperar.
Tenemos muchas ganas de
llegar a la zona de dunas gigantes, pero a la vez nos da miedo, pues más
allá está lo desconocido. Es un miedo primitivo que sentimos con todo el
cuerpo. No el miedo a morir sino el miedo a desaparecer. Así de solos
estamos en el Altar.
Un mar de arena detenido
en el tiempo, así parece la zona interior del Altar. Llegamos a ella justo
para apreciar uno de los atardeceres más dulces que jamás he visto. Es
como si el Altar poderoso nos diera la bienvenida. De repente, vimos un
pequeño escarabajo con el que entablamos amistad. Era una miniatura que
dejaba sus diminutas huellas en la fina arena del desierto. ¿Cómo puede
haber vida tan delicada en este mundo extraño?
Todo es un sueño. Me
parece que ya lo hubiera vivido. Y quizás haya sido así, pues antes de
estar realmente en él, debo haberme imaginado caminando por sus arenas un
millón de veces.
La noche cae pronto,
demasiado pronto. Cruzamos la zona de dunas gigantes bajo una luna
brillante de un cielo desértico colmado de estrellas. Si de día el Altar
parece de otro mundo, de noche es indescriptible - el paisaje se
transforma con cada paso como si se fuera creando conforme plantamos el
pie. La percepción se altera por completo. Esto, combinado con el hecho
de que no dormimos, hace mis pensamientos un tanto extraños.
Tengo frío. La noche parece
interminable, todo lo que miro alrededor parece estar vivo, en
movimiento. Comienzo a temer que mientras sigamos caminando el sol nunca
saldrá.
Nos detenemos un poco antes
del amanecer, deseosos de ver un mundo que podamos reconocer. Envueltos en mantas térmicas, calados por el
frío, esperamos al sol.
Minutos después (que
parecen horas), llega la aurora que con su canto nos llena de energía para
reanudar la marcha. Sólo nos faltan unos veinte kilómetros, pero eso nos
toma todo el día y todas las fuerzas.
¡La
carretera! Después de 34 horas casi continuas de caminata, adolorido y
fatigado, me siento como si estuviera en un trance. Afortunadamente, una
pareja que va rumbo a Tijuana nos ofrece un aventón, y cuando llegamos a
San Luís Río Colorado, a la misma habitación de hotel en la que habíamos
estado antes de la cruzada, mi sentimiento de que todo aquello había sido
un sueño se fortalece.
Me
acuesto en la cama y sueño con todo lo que había vivido.
En el Altar me sentí profundamente ligado a todos los espíritus de
la tierra y eso me conmovió. “El hermano
mayor”, el espíritu guía de los pápagos, les habla muchas veces en sueños,
les da las enseñanzas del mundo a través de ellos.
En el Altar yo encontré a
mi “hermano mayor”, y él me habló.
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