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Parecía vieja y gastada, pero la
canoa había sido tallada solamente tres años antes. Me sorprendí con la
explicación de Coyote, nuestro guía y narrador indígena rama, cuya voz
apenas se escuchaba sobre el gran ruido que producía el motor externo que
nos desplazaba de forma inestable por el Río Indio-Maíz, entrando a la
selva de la Costa Mosquito de Nicaragua.
Había oído de Coyote por otro
viajero unos meses antes. Llegando a Nicaragua, encontré, como en casi
todas partes, un rastro turístico definido por señas narrativas en las
guías viajeras. Aunque Nicaragua no es un lugar de multitudes, yo buscaba
una experiencia algo salvaje y poco organizada.
También quería deleitarme con las agudas melodías del solitario Mono
Congo, o mono aullador.
Entonces tomé una lancha sobre el
Río San Juan, desde el lago Nicaragua
hasta la costa del Caribe y San Juan del Norte, una aldea amenamente
anacrónica, con sendas para
peatones en vez de calles, conversaciones en vez de computadores, y
carretillas en vez de carros.
Es la capital de la Reserva Biológica Indio-Maíz, una región de miles de
kilómetros cuadra dos
en el corazón del bosque tropical más largo de la tierra baja al norte del
Amazonas.
Viajaba con Michael, un amigo alemán. Llegamos a San
Juan del Norte después de la medianoche, y seguimos con la linterna a
otros pasajeros hasta un hotel (el generador eléctrico de la ciudad cierra
a las 10:00 P.M.). A la mañana siguiente encontramos fácilmente a Coyote,
a pesar de saber únicamente su apodo. “¡Él es el hombre que está
construyendo una ciudad!” me dijo un niño, llevándome a su casa de la
mano, una pequeña vivienda de madera elevada, como muchas otras en esta
área propensa a los huracanes. Conocedor de inglés, criollo y español,
Coyote nos guió por la selva, y explicó el viaje y sus costos - $25
dólares americanos diarios cada uno. Dos horas más tarde viajábamos río
arriba.
“¿Ves el pájaro?” Coyote
señaló hacia el este. “Kwan Kwis Kwis en lengua rama, o águila pescadora.”
Momentos más tarde gritó, “¡Iguana! ¡Una grande!” Con agilidad el saurio
buscó cubrirse, corriendo como esos pequeños y voraces dinosaurios de la
película “Jurassic Park”.
La canoa se había convertido en un asunto de familia.
La esposa de Coyote, su madre, sus 4 jóvenes hijos, su hermano y su tío,
iban todos a bordo. El motor “Yamaha” de 25 caballos de potencia (alquilado
de un pescador local) se estremeció lo suficiente para dejarnos saber que
no era tan cómodo impulsar una canoa de media tonelada diseñada por
recursivos talladores de madera, en vez de computadores. Era estable,
¡aunque con 8 metros de largo, no era una canoa fácilmente maniobrable!
El
río se estrechaba mientras penetrábamos en la selva. La flora y la fauna
proliferaban. El estrecho canal era traicionero, y el hermano y el tío de
Coyote frecuentemente entraban en acción, dirigiéndonos ágilmente
alrededor o por encima de los árboles caídos y las barras de arena.
Paramos al mediodía por un receso, y las mujeres prepararon ivo (en
la lengua rama) o almendra (en español), un elixir refrescante de semillas
machacadas y agua. Es una bebida tradicional, más común aquí que las
gaseosas extranjeras, y sabe como el rocío fresco del ala de una mariposa
en la mañana después de una tempestad de cocos.
Llegamos al campo en la oscuridad.
Las mujeres cocinaron cangrejos del río mientras nos mostraban a Michael y
a mí la “casa de huéspedes” recién construida. Al ver las 5 camas de
madera sin colchones bajo un techito de palmera, yo opté por una hamaca,
que parecía más cómoda. Después de una rica cena de cangrejo con agua de
un manantial cercano, nos retiramos a nuestras “habitaciones” al aire
libre.
La mañana trajo aire fresco y
lluvias. Pero cesaron, el sol salió, y nos fuimos a pescar. Atrapamos el
desayuno, utilizando “carretes” manuales de madera, sin barras. Emiliano,
el tío de Coyote, llevó gusanos del río como carnada. Conseguimos cerca
de veinte pescados de por lo menos 8 especies diferentes, luego los
limpiamos y los cocinamos para el desayuno, justo a la hora del almuerzo.
Arroz con fríjoles (importados de la ciudad), y un poquito de yuca del
borde del río, completaron nuestra envidiable mesa, seguidos por un postre
de…¿una
siesta? ¡Eh! ¡No viajé hasta la selva para dormir durante el día, cuando
debería estar explorando! Entonces le pedimos a Coyote que sacrificara su
siesta y nos mostrara el bosque.
En la primera de muchas
incursiones, seguimos los vagos rastros que fueron posibles recorrer
gracias al ágil machete de Coyote. Él nos mostró varios insectos, arañas
y plantas, mientras nos aconsejaba cuáles no se tocaban. “Esta hormiga
tiene una mordida dolorosa,” acertó, señalando un espécimen grueso en un
árbol. La advertencia era una simple abstracción hasta que, más tarde, una
cayó de un árbol sobre mi pelo y me mordió en el dedo cuando la sacudí.
“Esto es lo que hacemos para eso,” dijo, y después de raspar el veneno de
mi piel con su machete, frotó los jugos curativos de una planta medicinal
cercana sobre la mordedura, la cual mejoró en pocos minutos.
En
lo qué se convirtió en una banda de diferentes sonidos, continuamente
escuchamos la curiosa canción “gobl gobl traga” (es la única forma de
explicarla) del pájaro de cola amarilla, cuyos nidos tejidos cuelgan de
árboles como los del Baltimore oriole.
Coyote
nos mostró los caminos y rutas de cerdos y pavos salvajes, y de lo que él
llamaba “vacas salvajes”. Una vez se detuvo, puso un dedo en sus
labios, y escuchamos el llanto de un jaguar en lo profundo del bosque.
“Ella está llamando un compañero. Esta sola,” dijo. Este hombre
tranquilo y frecuentemente pensativo, sabía como entender el bosque.
Tenía experiencia en mucho más que sus pacíficos ritmos. Luchó en la
revolución de 1980, apartando tenazmente la muerte aquí y en otros lados
del salvaje este de Nicaragua.
Cuando llegamos a un espacio
abierto en la selva, me di cuenta con emoción que las colinas de piedra
cubiertas de vegetación provenían de manos humanas. Del piso de la selva
se levantaban varias estructuras, así como un cementerio. Todos estaban
sin excavar, con muros parcialmente expuestos. El más grande se levantaba
quizás unos 10 metros - nada como los templos mayas - y estaba construido
de piedras de cinco caras, simétricamente diseñadas para interconectarse.
Coyote dijo que su abuelo le había hablado de este lugar cuando era joven,
pero que no pudo encontrarlo durante muchos años. Lamentó saber poco de
su importancia para la gente rama, diciendo sólo que este lugar fue dejado
por su gente cuando huía de los conquistadores españoles siglos atrás. Le
pregunté cómo se sentiría si los extranjeros quisieran estudiar y excavar
el sitio, y el se detuvo reflexivo antes de contestar. “Me gustaría saber
más,” dijo, “pero no sé si sería una buena idea.”
Los
ramas están entre la gente indígena menos conocida de la Costa
Mosquito,
contando cerca de mil. Su lengua está casi extinta. Mientras Coyote
hablaba, energizado por la obvia conexión que sentía con este lugar,
describió su sueño de construir una escuela cerca, después una aldea y una
comunidad, preparando a los ancianos ramas para enseñar a una nueva
generación cómo reclamar su herencia y su patria. Él decía que los ramas
de la región estaban emocionados por la mudanza aquí, pero habló escéptico
de las promesas del gobierno de proteger sus derechos aborígenes a la
tierra debido a las presiones de la industria maderera y del mismo
desarrollo.
Más tarde, casi dormido en mi
hamaca, fui sorprendido por el sonido que había estado esperando; un grupo
de monos aulladores moviéndose en la oscuridad. Un eco torpe y siniestro,
como el de un monstruo proveniente del interior del bosque, y recordé mi
primer encuentro con los monos aulladores, años antes en un remoto sitio
de la provincia de Petén, en Guatemala. Nunca antes los había escuchado,
pero reconocí el sonido inmediatamente. Los monos aulladores hablan con
una ronca resonancia evocadora que, una vez se escucha, nunca se olvida.
Es poderosa y chillona, y aún así, sonríes porque sabes que, al
enfrentarte con tal variedad salvaje, realmente no hay punto de
referencia. Te quedas sintiendo desamparado y conscientemente civilizado
en un mundo de simios, donde el indomado, puede aún provocar las sombras
de tu primitiva imaginación, mientras te das cuenta con certeza que nunca
como ellos volverás a colgar de los árboles.
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