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by Thomas Handy Loon

 

Parecía vieja y gastada, pero la canoa había sido tallada solamente tres años antes. Me sorprendí con la explicación de Coyote, nuestro guía y narrador indígena rama, cuya voz apenas se escuchaba sobre el gran ruido que producía el motor externo que nos desplazaba de forma inestable por el Río Indio-Maíz, entrando a la selva de la Costa Mosquito de Nicaragua.

 Había oído de Coyote por otro viajero unos meses antes. Llegando a Nicaragua, encontré, como en casi todas partes, un rastro turístico definido por señas narrativas en las guías viajeras. Aunque Nicaragua no es un lugar de multitudes, yo buscaba una experiencia algo salvaje y poco organizada. También quería deleitarme con las agudas melodías del solitario Mono Congo, o mono aullador.

 Entonces tomé una lancha sobre el Río San Juan, desde el lago Nicaragua hasta la costa del Caribe y San Juan del Norte, una aldea amenamente anacrónica, con sendas para peatones en vez de calles, conversaciones en vez de computadores, y carretillas en vez de carros. Es la capital de la Reserva Biológica Indio-Maíz, una región de miles de kilómetros cuadrados en el corazón del bosque tropical más largo de la tierra baja al norte del Amazonas.

Viajaba con Michael, un amigo alemán. Llegamos a San Juan del Norte después de la medianoche, y seguimos con la linterna a otros pasajeros hasta un hotel (el generador eléctrico de la ciudad cierra a las 10:00 P.M.). A la mañana siguiente encontramos fácilmente a Coyote, a pesar de saber únicamente su apodo. “¡Él es el hombre que está construyendo una ciudad!” me dijo un niño, llevándome a su casa de la mano, una pequeña vivienda de madera elevada, como muchas otras en esta área propensa a los huracanes.  Conocedor de inglés, criollo y español, Coyote nos guió por la selva, y explicó el viaje y sus costos - $25 dólares americanos diarios cada uno.  Dos horas más tarde viajábamos río arriba.

¿Ves el pájaro?”  Coyote señaló hacia el este. “Kwan Kwis Kwis en lengua rama, o águila pescadora.” Momentos más tarde gritó, “¡Iguana! ¡Una grande!” Con agilidad el saurio  buscó cubrirse, corriendo como esos pequeños y voraces dinosaurios de la película “Jurassic Park”.

La canoa se había convertido en un asunto de familia. La esposa de Coyote, su madre, sus 4 jóvenes hijos, su hermano y su tío, iban todos a bordo. El motor “Yamaha” de 25 caballos de potencia (alquilado de un pescador local) se estremeció lo suficiente para dejarnos saber que no era tan cómodo impulsar una canoa de media tonelada diseñada por recursivos talladores de madera, en vez de computadores.  Era estable, ¡aunque con 8 metros de largo, no era una canoa fácilmente maniobrable!

El río se estrechaba mientras penetrábamos en la selva.  La flora y la fauna proliferaban.  El estrecho canal era traicionero, y el hermano y el tío de Coyote frecuentemente entraban en acción, dirigiéndonos ágilmente alrededor o por encima de los árboles caídos y las barras de arena. Paramos al mediodía por un receso, y las mujeres prepararon ivo (en la lengua rama) o almendra (en español), un elixir refrescante de semillas machacadas y agua. Es una bebida tradicional, más común aquí que las gaseosas extranjeras, y sabe como el rocío fresco del ala de una mariposa en la mañana después de una tempestad de cocos.

 Llegamos al campo en la oscuridad. Las mujeres cocinaron cangrejos del río mientras nos mostraban a Michael y a mí la “casa de huéspedes” recién construida.  Al ver las 5 camas de madera sin colchones bajo un techito de palmera, yo opté por una hamaca, que parecía más cómoda. Después de una rica cena de cangrejo con agua de un manantial cercano, nos retiramos a nuestras “habitaciones” al aire libre.

 La mañana trajo aire fresco y lluvias.  Pero cesaron, el sol salió, y nos fuimos a pescar.  Atrapamos el desayuno, utilizando “carretes” manuales de madera, sin barras.  Emiliano, el tío de Coyote, llevó gusanos del río como carnada.  Conseguimos cerca de veinte pescados de por lo menos 8 especies diferentes, luego los limpiamos y los cocinamos para el desayuno, justo a la hora del almuerzo.  Arroz con fríjoles (importados de la ciudad), y un poquito de yuca del borde del río, completaron nuestra envidiable mesa, seguidos por un postre de…¿una siesta? ¡Eh! ¡No viajé hasta la selva para dormir durante el día, cuando debería estar explorando! Entonces le pedimos a Coyote que sacrificara su siesta y nos mostrara el bosque.

 En la primera de muchas incursiones, seguimos los vagos rastros que fueron posibles recorrer gracias al ágil machete de Coyote.  Él nos mostró varios insectos, arañas y plantas, mientras nos aconsejaba cuáles no se tocaban.  “Esta hormiga tiene una mordida dolorosa,” acertó, señalando un espécimen grueso en un árbol. La advertencia era una simple abstracción hasta que, más tarde, una cayó de un árbol sobre mi pelo y me mordió en el dedo cuando la sacudí.  “Esto es lo que hacemos para eso,” dijo, y después de raspar el veneno de mi piel con su machete, frotó los jugos curativos de una planta medicinal cercana sobre la mordedura, la cual mejoró en pocos minutos.

 En lo qué se convirtió en una banda de diferentes sonidos, continuamente escuchamos la curiosa canción “gobl gobl traga” (es la única forma de explicarla) del pájaro de cola amarilla, cuyos nidos tejidos cuelgan de árboles como los del Baltimore oriole.

 Coyote nos mostró los caminos y rutas de cerdos y pavos salvajes, y de lo que él llamaba “vacas salvajes”.  Una vez se detuvo, puso un dedo en sus labios, y escuchamos el llanto de un jaguar en lo profundo del bosque. “Ella está llamando un compañero.  Esta sola,” dijo. Este hombre tranquilo y frecuentemente pensativo, sabía como entender el bosque.  Tenía experiencia en mucho más que sus pacíficos ritmos. Luchó en la revolución de 1980, apartando tenazmente la muerte aquí y en otros lados del salvaje este de Nicaragua.

 Cuando llegamos a un espacio abierto en la selva, me di cuenta con emoción que las colinas de piedra cubiertas de vegetación provenían de manos humanas. Del piso de la selva se levantaban varias estructuras, así como un cementerio. Todos estaban sin excavar, con muros parcialmente expuestos.  El más grande se levantaba quizás unos 10 metros - nada como los templos mayas - y estaba construido de piedras de cinco caras, simétricamente diseñadas para interconectarse.  Coyote dijo que su abuelo le había hablado de este lugar cuando era joven, pero que no pudo encontrarlo durante muchos años.  Lamentó saber poco de su importancia para la gente rama, diciendo sólo que este lugar fue dejado por su gente cuando huía de los conquistadores españoles siglos atrás.  Le pregunté cómo se sentiría si los extranjeros quisieran estudiar y excavar el sitio, y el se detuvo reflexivo antes de contestar.  “Me gustaría saber más,” dijo,  “pero no sé si sería una buena idea.”

 Los ramas están entre la gente indígena menos conocida de la Costa Mosquito, contando cerca de mil. Su lengua está casi extinta. Mientras Coyote hablaba, energizado por la obvia conexión que sentía con este lugar, describió su sueño de construir una escuela cerca, después una aldea y una comunidad, preparando a los ancianos ramas para enseñar a una nueva generación cómo reclamar su herencia y su patria. Él decía que los ramas de la región estaban emocionados por la mudanza aquí, pero habló escéptico de las promesas del gobierno de proteger sus derechos aborígenes a la tierra debido a las presiones de la industria maderera y del mismo desarrollo.

 Más tarde, casi dormido en mi hamaca, fui sorprendido por el sonido que había estado esperando; un grupo de monos aulladores moviéndose en la oscuridad. Un eco torpe y siniestro, como el de un monstruo proveniente del interior del bosque, y recordé mi primer encuentro con los monos aulladores, años antes en un remoto sitio de la provincia de Petén, en Guatemala. Nunca antes los había escuchado, pero reconocí el sonido inmediatamente. Los monos aulladores hablan con una ronca resonancia evocadora que, una vez se escucha, nunca se olvida.  Es poderosa y chillona, y aún así, sonríes porque sabes que, al enfrentarte con tal variedad salvaje, realmente no hay punto de referencia.  Te quedas sintiendo desamparado y conscientemente civilizado en un mundo de simios, donde el indomado, puede aún provocar las sombras de tu primitiva imaginación, mientras te das cuenta con certeza que nunca como ellos volverás a colgar de los árboles.

 
 

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