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Cañonazos de Aventura en Cotahuasi


Los escaladores no se intimidan por los rugidos de la catarata

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Se acaba la carretera. Concluye la charla informativa. Hay que caminar para conocer Sipia. Uno, dos, tres pasos. Un arriero musita un saludo. Corazón acelerado, garganta seca. Abunda el polvo y también hay abejas que zumban pero no pican. Cruzamos dos puentes colgantes que se mecen con el viento y sufren con el peso de los viajeros.

El paisaje es espectacular: un rosario de cerros inmensos, el cauce del río que se retuerce entre taludes y orillas de piedra. "¿Qué más se puede pedir?" pienso. "Hum, ¿tal vez un cóndor buscando su alimento?" Y cuando alzo la cabeza observo el planeo del ave carroñera de mayor tamaño del planeta. ¿Coincidencia?. Ah, un poquitín de suerte en la ruta.

El cóndor desaparece después de obsequiarnos un fenomenal planeo. Se acaba la contemplación, reiniciamos el andar, porque he sido rebasado por un grupo de caminantes, entre los que se encuentran los muchachos que, armados de cuerdas y arneses, desafiarán a la violenta catarata de Sipia.

Ahora acompaño al trío de escaladores de roca. Ellos conversan, bromean, se infartan de la risa al recordar al hombre con aire de fabulador, que les comentó - calladito para que nadie más se entere - que él había descendido de noche, sin ayuda, sin linterna, sin arneses ni cuerdas especiales, hasta el mismísimo fondo de la catarata de Sipia.

"Debería ser nuestro instructor", ironizan mientras redoblan el paso, porque están ansiosos y desean enfrentar a las paredes que encañonan al cauce.

Subidas, bajadas, senderos de piedra. Camino cambiante, caprichoso, inusitado. El sol aguijonea con sus rayos calurosos, porque no hay árboles que nos regocijen con su sombra. Un breve descanso. Me seco el sudor que perla mi frente y bajo la mirada, entonces, descubro la delgada huella de una llanta de bicicleta.

Un par de preguntas me pasean por la mente: ¿por dónde andarán los ciclistas?, ¿ya habrán llegado?. Sigo la marca temblorosa en el terreno del Cañón.

Mis preguntas hallarían respuestas varios minutos después, cuando los encontré en pleno descanso al borde de la catarata. Ellos conversan mientras sienten el roce frío de las gotas de agua que se escapan del chorro lacerante. Sipia impresiona. Su caída es impetuosa: 150 metros de furia natural, de broncos bramidos.

Tras poco, se sueltan las cuerdas. Los escaladores no se intimidan por los estridentes rugidos de una catarata. Descienden. Las paredes de piedra son resbalosas y traicioneras. Movimientos en cámara lenta, riesgo controlado. Experiencia inenarrable.

Retornamos por el mismo camino, cruzando una vez más ese puente colgante que funge de límite entre la carretera sin asfalto y el sendero de herradura. Recuperamos fuerzas... ¿a dónde vamos?... ¿los baños de Luicho?... ¿aguas termales?. Tibias caricias en los músculos cansados.

Relajo y solaz después de más de dos horas de agitadísimo andar (ida y vuelta). Se vislumbran y elaboran nuevos planes: un hombre volará desde el cerro Huyñao, y, en la tarde, se tomará el río Cotahuasi, con remos y botes alimentados por la fuerza de un inflador.

A una hora de la Casa de la Profundidad, en la cúspide del cerro Huyñao, vuelvo a escribir en la libreta de notas, para garabatear pensamientos y plasmar sensaciones, aprovechando la demora de un parapentista que busca afanosamente al viento. Anoto:

Cotahuasi: un corte profundo en la piel del planeta, una herida que no cicatriza por la milenaria terquedad de las aguas. Oquedad, cauces de serpiente, cerros pelados o tamizados de vegetación. Tierra de aventura, de emoción y aterrizajes forzosos, como le ocurrió a aquel pobre muchacho que se vino abajo igual que un pajarillo herido por una honda. "Qué trancazo se llevó el joven", recuerda un campesino que abandonó su chacrita para mirar lo que ocurría en la cima del cerro Huyñao, en la mañana de viento exiguo y titubeante en la que un hombre pretendía volar.

Continua

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Las paredes de piedra son resbalosas y traicioneras

El parapentista vuela desde la cúspide del cerro Huyñao
 

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