|
página
2
de
3
Se
acaba
la
carretera.
Concluye
la
charla
informativa.
Hay
que
caminar
para
conocer
Sipia.
Uno,
dos,
tres
pasos.
Un
arriero
musita
un
saludo.
Corazón
acelerado,
garganta
seca.
Abunda
el
polvo
y
también
hay
abejas
que
zumban
pero
no
pican.
Cruzamos
dos
puentes
colgantes
que
se
mecen
con
el
viento
y
sufren
con
el
peso
de
los
viajeros.
El
paisaje
es
espectacular:
un
rosario
de
cerros
inmensos,
el
cauce
del
río
que
se
retuerce
entre
taludes
y
orillas
de
piedra.
"¿Qué
más
se
puede
pedir?"
pienso.
"Hum,
¿tal
vez
un
cóndor
buscando
su
alimento?"
Y
cuando
alzo
la
cabeza
observo
el
planeo
del
ave
carroñera
de
mayor
tamaño
del
planeta.
¿Coincidencia?.
Ah,
un
poquitín
de
suerte
en
la
ruta.
El
cóndor
desaparece
después
de
obsequiarnos
un
fenomenal
planeo.
Se
acaba
la
contemplación,
reiniciamos
el
andar,
porque
he
sido
rebasado
por
un
grupo
de
caminantes,
entre
los
que
se
encuentran
los
muchachos
que,
armados
de
cuerdas
y
arneses,
desafiarán
a
la
violenta
catarata
de
Sipia.
Ahora
acompaño
al
trío
de
escaladores
de
roca.
Ellos
conversan,
bromean,
se
infartan
de
la
risa
al
recordar
al
hombre
con
aire
de
fabulador,
que
les
comentó
-
calladito
para
que
nadie
más
se
entere
-
que
él
había
descendido
de
noche,
sin
ayuda,
sin
linterna,
sin
arneses
ni
cuerdas
especiales,
hasta
el
mismísimo
fondo
de
la
catarata
de
Sipia.
"Debería
ser
nuestro
instructor",
ironizan
mientras
redoblan
el
paso,
porque
están
ansiosos
y
desean
enfrentar
a
las
paredes
que
encañonan
al
cauce.
Subidas,
bajadas,
senderos
de
piedra.
Camino
cambiante,
caprichoso,
inusitado.
El
sol
aguijonea
con
sus
rayos
calurosos,
porque
no
hay
árboles
que
nos
regocijen
con
su
sombra.
Un
breve
descanso.
Me
seco
el
sudor
que
perla
mi
frente
y
bajo
la
mirada,
entonces,
descubro
la
delgada
huella
de
una
llanta
de
bicicleta.
Un
par
de
preguntas
me
pasean
por
la
mente:
¿por
dónde
andarán
los
ciclistas?,
¿ya
habrán
llegado?.
Sigo
la
marca
temblorosa
en
el
terreno
del
Cañón.
Mis
preguntas
hallarían
respuestas
varios
minutos
después,
cuando
los
encontré
en
pleno
descanso
al
borde
de
la
catarata.
Ellos
conversan
mientras
sienten
el
roce
frío
de
las
gotas
de
agua
que
se
escapan
del
chorro
lacerante.
Sipia
impresiona.
Su
caída
es
impetuosa:
150
metros
de
furia
natural,
de
broncos
bramidos.
Tras
poco,
se
sueltan
las
cuerdas.
Los
escaladores
no
se
intimidan
por
los
estridentes
rugidos
de
una
catarata.
Descienden.
Las
paredes
de
piedra
son
resbalosas
y
traicioneras.
Movimientos
en
cámara
lenta,
riesgo
controlado.
Experiencia
inenarrable.
Retornamos
por
el
mismo
camino,
cruzando
una
vez
más
ese
puente
colgante
que
funge
de
límite
entre
la
carretera
sin
asfalto
y
el
sendero
de
herradura.
Recuperamos
fuerzas...
¿a
dónde
vamos?...
¿los
baños
de
Luicho?...
¿aguas
termales?.
Tibias
caricias
en
los
músculos
cansados.
Relajo
y
solaz
después
de
más
de
dos
horas
de
agitadísimo
andar
(ida
y
vuelta).
Se
vislumbran
y
elaboran
nuevos
planes:
un
hombre
volará
desde
el
cerro
Huyñao,
y,
en
la
tarde,
se
tomará
el
río
Cotahuasi,
con
remos
y
botes
alimentados
por
la
fuerza
de
un
inflador.
A
una
hora
de
la
Casa
de
la
Profundidad,
en
la
cúspide
del
cerro
Huyñao,
vuelvo
a
escribir
en
la
libreta
de
notas,
para
garabatear
pensamientos
y
plasmar
sensaciones,
aprovechando
la
demora
de
un
parapentista
que
busca
afanosamente
al
viento.
Anoto:
Cotahuasi:
un
corte
profundo
en
la
piel
del
planeta,
una
herida
que
no
cicatriza
por
la
milenaria
terquedad
de
las
aguas.
Oquedad,
cauces
de
serpiente,
cerros
pelados
o
tamizados
de
vegetación.
Tierra
de
aventura,
de
emoción
y
aterrizajes
forzosos,
como
le
ocurrió
a
aquel
pobre
muchacho
que
se
vino
abajo
igual
que
un
pajarillo
herido
por
una
honda.
"Qué
trancazo
se
llevó
el
joven",
recuerda
un
campesino
que
abandonó
su
chacrita
para
mirar
lo
que
ocurría
en
la
cima
del
cerro
Huyñao,
en
la
mañana
de
viento
exiguo
y
titubeante
en
la
que
un
hombre
pretendía
volar.
Continua
Ant
1
2
3
Sig |