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Estoy donde debía estar. En la tierra del sandboarding... y ya un
hombre me ha ofrecido una tabla de alquiler; le digo, “No, Señor,
gracias,” pero él insiste una y otra vez diciendo, “Anímate, es fácil y
divertido”. No le presto atención, y acelero el paso, recordando la
leyenda que narra la tragedia de una doncella invadida de amor, que en su
desesperación se lanzó a las aguas dormidas de Huacachina.
Ella se convirtió en sirena y los iqueños (peruanos de esta región
de Ica) creen que en las noches de luna llena, emerge de las aguas para
cantar su dolor. Le han hecho un monumento, el cual observo detenidamente
antes de decidirme a subir a la duna, atacada por decenas de deportistas
deseosos de arribar a las cúspides de arena.
Comienzo a dar mis primeros pasos en la duna. El ascenso será difícil.
Mis pies se hunden en la arena complicando mi tarea, y el sol arde con
furia, como si quisiera derretir a los deportistas y curiosos.
Subo varios metros. Esquivo a un grupo de niños que se deslizan sobre
trozos de cartón o tablas viejas, a punto de quebrarse. Ellos ríen,
gritan, se zambullen en la arena. “Promesas del sandboard, el
futuro del deporte”, pienso con mentalidad de político en campaña. Mis
pasos se vuelven lentos. ¿Llegaré a la cumbre?
Vine a darle un vistazo a ese oasis llamado Huacachina y a conocer sus
dunas, ideales para la práctica de esa locura de arena conocida como
sandboarding.
Empecé
mi viaje está mañana en Lima, donde muchas cosas han cambiado, menos el
sempiterno cielo gris de la metrópoli ni la perversa costumbre –
convertida en algo semejante a un deporte nacional – de quebrar las normas
y reglamentos, razón que justificó mi espera del ómnibus en plena
carretera y no en un terminal.
Así que cada vez que venía un ómnibus, estiraba el brazo, preguntaba
precios y echaba una miradita al interior, porque cinco horas de viaje no
son pocas y hay que verificar ciertos detalles, indispensables para el
inicio de cualquier aventura por las rutas del Perú.
Primero observé al chofer. ¿Estaba sobrio? ¿Tenía ojeras? Se veía
confiado y no parecía tener inclinación de suicida. Entonces verifiqué
el estado de los asientos (humm, había visto peores, no me iban a quebrar
la columna) y de la televisión (en funcionamiento, imagen clara, como para
ver tranquilamente a Van Dame, Rambo, Jackie Chang y otros gorilas capaces
de golpear a todo lo que se mueve). Para terminar, aprecié el estado de
la terramoza; sonrisa entre la amabilidad y la rutina, buena provisión de
habitas saladas, rosquitas, alfajorcitos y otras ricuras. Todo andaba
bien, no tenía quejas.
Decisión hecha, me subí al ómnibus y mientras el "heroico” Rambo
despachaba a una docena de vietnamitas, yo viajaba imaginándome las
piruetas de los maestros del sandboard: sus quiebres y saltos
espectaculares en su mundo de arena caliente. Sería como descender en la
nieve pero sin nieve; sería como correr olas, aunque sin olas, aunque sin
mar, apenas con una preciosa laguna de telón de fondo.

Pero el viaje terminó rápido, y aún tenía miles de escenas en mi
imaginación cuando descendí en Ica. En el caluroso desierto me esperaban
las dunas que bordean la laguna de la Huacachina, en donde muchos jóvenes
encuentran la diversión extrema en arriesgados descensos sobre una tabla
de madera.
Al subir la duna, el cansancio me vence. Me siento en la arena. Ahora soy
como un pájaro que otea la laguna, sus huarangos (un árbol infaltable en
el paisaje iqueño) y su puñado de casas y hoteles construido alrededor.
Descanso y sueño con un pedacito de sombra, porque ya no soporto que el
sol siga taladrando mi cabeza, robándome las energías, impidiendo que
llegue a la cima donde se sueltan las tablas, donde nace la aventura.
Ya quisiera estar ahí, para ver a los avezados “jinetes de la arena” y su
lucha por mantener el equilibrio y dominar la velocidad. Todo ocurre tan
rápido, que hasta un error insignificante, puede terminar en un porrazo
terrible. Dominar a la duna no es fácil, requiere valor y hasta una dosis
de locura. Hay que saber caer.
El sandboarding es un deporte relativamente joven a escala
mundial. A partir de 1960, la actividad comenzó a ganar popularidad,
primero entre los surfers y skateboarders, quienes se dieron
cuenta que deslizarse en arena era divertido, requería de técnica y
habilidad, además de proveer una importante dosis de adrenalina.
Las
dunas de Florianópolis en Brasil fue uno de los primeros escenarios donde
se practicó el deporte. El entusiasmo era lo que primaba en estos tiempos,
tanto así que cualquier objeto servía para deslizarse: trozos de cartón,
pedazos de autos, tablas de surf y hasta esquís acuáticos, eran
bienvenidos.
El deporte se fue extendiendo y un buen día llegó al Perú; entonces, los
flamantes deportistas de aventura, le echaron el ojo a las dunas de Ica.
Eran perfectas, ejemplares, un verdadero paraíso de arena; por fin el
desierto serviría para algo.
“Es fabuloso, tienes que venir”, me había invitado Matías Grados, uno de
los entusiastas promotores del sandboard en Perú, quien asegura que
las dunas de la Huacachina son una las mejores del planeta. Eso es lo que
comentan los turistas extranjeros y hasta el mismísimo campeón del mundo,
el brasileño Digiacomo Dias.
La práctica de la “tabla de arena” se ha incrementado considerablemente
en Ica. Las dunas de las Huacachina se están volviendo famosas, porque
logran seducir e inspirar a los deportistas con sus 250 metros verticales
de adrenalina pura.
Razón suficiente para ir a esa “joroba del desierto” y alquilar una tabla
y probar suerte como lo hacen decenas de jóvenes, peruanos o extranjeros,
principiantes que van derechito a un piscinazo de arena, o expertos
capaces de driblear hasta la última bandera del slalom o de hacer giros
mágicos en la rampa de saltos.
Después de cuarenta minutos de caminata logro llegar a la cima de la
duna. Parezco un estropajo, una mezcla extraña de sudor y arena que piensa
en la locura de esos muchachos que se tragan toda la pendiente con su
tabla bajo el brazo y luego, cuando lo logran, se la atan a los pies y
bajan en cuestión de segundos todo lo que subieron.

“¿No es esto un círculo vicio, casi un absurdo?” pregunto en voz alta,
para ver si alguno de ellos se digna a responder. Nadie lo hace. Continúan
en lo suyo, no quieren perder tiempo dando explicaciones, total, cada cual
sabe lo que hace y por qué lo hace.
En la cima hay movimiento. A cada instante un deportista se lanza; a
veces un grito liberador acompaña su bizarro intento por llegar a la
naciente de la duna y sus huarangos traicioneros, que el verano pasado le
quebraron la pierna a Sandro García, uno conocido deportista del medio.
Los riesgos son una parte de este deporte. “Nadie está libre”, sentencia
Rudy Olivo, un deportista de Chimbote, en el norte de Perú. Rudy tiene
ganas de hablar. Me cuenta que siempre se da una vuelta por la Huacachina
para divertirse, mas no con la intención de participar en los campeonatos
nacionales e internacionales que allí se organizan.
“No me gusta hacerlo”, dice en el tono de un alumno de escuela, que le
explica al profesor que no cumplió con sus deberes porque estaban
demasiado fáciles.
Desde lo alto se ve en todo su esplendor la laguna de la Huacachina es un
magnífico oasis entre dunas y medanos, con palmeras, eucaliptos,
tamarindos y huarangos. Un milagro en el desierto. Una laguna esmeralda
y romántica. Con botes a pedales y novios enamoradísimos que hacen
promesas a la eternidad.
El tiempo se desliza por la arena. Se avecina la noche y presumiblemente
una luna pletórica y cargada de luz. Tiempo del big air o gran
salto por el aire, el broche de oro de una jornada repleta de emociones.
El big air, es la mejor muestra de que algo anda mal en la mente
de los tablistas de arena. Lo digo con respeto y hasta con admiración,
porque eso de venir a toda velocidad hasta una rampa, impulsarse en ella y
aprovechar los segundos en el aire para hacer piruetas es un atentado
contra la gravedad.
Saltos y saltos. Un gran espectáculo. Aplausos, vivas, “ohhhhhhh”
prolongados de admiración, hasta que llega el momento esperado, el turno
de Digiacomo Dias, el gran Digi, el campeón del mundo.
Y
Digi está en la rampa y Digi está volando y Digi da una vuelta completa en
el aire y cae paradito y desciende de lo más campante lo que queda de la
duna. “Bravo, qué grande este muchacho, ¡qué lo repita, qué lo repita!”
rugen los otros deportistas. “ El brasileño se pasó,” me codea un
tablista de arena venido desde Cerro de Pasco, la capital minera del Perú.
Los vítores convencen a Digi. Ahí va de nuevo. Otra vez la rampa, el
vértigo, la vuelta completita y la caída... “Eh, ¿qué paso?”, “Ay, pobre
tipo, calculó mal.” “Qué tal golpe en la espalda.” “¿Estará bien?”
“Ayúdenlo, caramba.” El público reacciona, corre a auxiliarlo. Sólo un
susto. Un golpe. Gajes del deporte. Nadie está libre, ni siquiera el gran
Digi. La frase es contundente y certera.
Fin de la jornada. Ya es de noche. Ahora sólo me queda observar la luna
llena y tratar de escuchar el canto de la sirena. No oigo nada. La
Huacachina duerme; hoy no llora su pena eterna.
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A sociación de Sandboarding de Ica
Matías Grados:
matiasgm2002@yahoo.com
C ontacto Sandboarding - Fernando Mayo en el Resataurante Mayo
H oteles en Ica
Hotel Las Dunas
http://lasdunashotel.com
Hotel Hacienda Ocucaje
www.ocucaje.com
H otel en Huacachina
Hostería Suiza
www.hosteriasuiza.5u.com
R estaurante Sazón Iqueña Calle Ayacucho n° 418
C lima
Promedio de 27°C de diciembre a marzo y 18 °C de
junio a setiembre
A tracciones turísticas
Museo Regional Maria Reiche, Pueblo
de Cachiche (brujos y medicinas ancestrales), La Achirana del Inca
(canal antiguo), y las bodegas de vino de Ocucaje y Tacama |
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