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por Rolly Valdivia Chávez

 

Estoy donde debía estar. En la tierra del sandboarding... y ya un hombre me ha ofrecido una tabla de alquiler; le digo, “No, Señor, gracias,” pero él insiste una y otra vez diciendo, “Anímate, es fácil y divertido”.  No le presto atención, y acelero el paso, recordando la leyenda que narra la tragedia de una doncella invadida de amor, que en su desesperación se lanzó a las aguas dormidas de Huacachina.

 Ella se convirtió en sirena y los iqueños (peruanos de esta región de Ica) creen que en las noches de luna llena, emerge de las aguas para cantar su dolor.  Le han hecho un monumento, el cual observo detenidamente antes de decidirme a subir a la duna, atacada por decenas de deportistas deseosos de arribar a las cúspides de arena.

 Comienzo a dar mis primeros pasos en la duna. El ascenso será difícil.  Mis pies se hunden en la arena complicando mi tarea, y el sol arde con furia, como si quisiera derretir a los deportistas y curiosos.

 Subo varios metros. Esquivo a un grupo de niños que se deslizan sobre trozos de cartón o tablas viejas, a punto de quebrarse. Ellos ríen, gritan, se zambullen en la arena. “Promesas del sandboard, el futuro del deporte”, pienso con mentalidad de político en campaña. Mis pasos se vuelven lentos. ¿Llegaré a la cumbre?

Vine a darle un vistazo a ese oasis llamado Huacachina y a conocer sus dunas, ideales para la práctica de esa locura de arena conocida como sandboarding.

 Empecé mi viaje está mañana en Lima, donde muchas cosas han cambiado, menos el sempiterno cielo gris de la metrópoli ni la perversa costumbre – convertida en algo semejante a un deporte nacional – de quebrar las normas y reglamentos, razón que justificó mi espera del ómnibus en plena carretera y no en un terminal.

 Así que cada vez que venía un ómnibus, estiraba el brazo, preguntaba precios y echaba una miradita al interior, porque cinco horas de viaje no son pocas y hay que verificar ciertos detalles, indispensables para el inicio de cualquier aventura por las rutas del Perú.

 Primero observé al chofer. ¿Estaba sobrio? ¿Tenía ojeras?  Se veía confiado y no parecía tener inclinación de suicida.  Entonces verifiqué el estado de los asientos (humm, había visto peores, no me iban a quebrar la columna) y de la televisión (en funcionamiento, imagen clara, como para ver tranquilamente a Van Dame, Rambo, Jackie Chang y otros gorilas capaces de golpear a todo lo que se mueve).  Para terminar, aprecié el estado de la terramoza; sonrisa entre la amabilidad y la rutina, buena provisión de habitas saladas, rosquitas, alfajorcitos y otras ricuras. Todo andaba bien, no tenía quejas.

 Decisión hecha, me subí al ómnibus y mientras el "heroico” Rambo despachaba a una docena de vietnamitas, yo viajaba imaginándome las piruetas de los maestros del sandboard: sus quiebres y saltos espectaculares en su mundo de arena caliente. Sería como descender en la nieve pero sin nieve; sería como correr olas, aunque sin olas, aunque sin mar, apenas con una preciosa laguna de telón de fondo.

 Pero el viaje terminó rápido, y aún tenía miles de escenas en mi imaginación cuando descendí en Ica.   En el caluroso desierto me esperaban las dunas que bordean la laguna de la Huacachina, en donde muchos jóvenes encuentran la diversión extrema en arriesgados descensos sobre una tabla de madera.

 Al subir la duna, el cansancio me vence. Me siento en la arena. Ahora soy como un pájaro que otea la laguna, sus huarangos (un árbol infaltable en el paisaje iqueño) y su puñado de casas y hoteles construido alrededor. Descanso y sueño con un pedacito de sombra, porque ya no soporto que el sol siga taladrando mi cabeza, robándome las energías, impidiendo que llegue a la cima donde se sueltan las tablas, donde nace la aventura.

 Ya quisiera estar ahí, para ver a los avezados “jinetes de la arena” y su lucha por mantener el equilibrio y dominar la velocidad. Todo ocurre tan rápido, que hasta un error insignificante, puede terminar en un porrazo terrible. Dominar a la duna no es fácil, requiere valor y hasta una dosis de locura. Hay que saber caer.

 El sandboarding es un deporte relativamente joven a escala mundial. A partir de 1960, la actividad comenzó a ganar popularidad, primero entre los surfers y skateboarders, quienes se dieron cuenta que deslizarse en arena era divertido, requería de técnica y habilidad, además de proveer una importante dosis de adrenalina.

 Las dunas de Florianópolis en Brasil fue uno de los primeros escenarios donde se practicó el deporte. El entusiasmo era lo que primaba en estos tiempos, tanto así que cualquier objeto servía para deslizarse: trozos de cartón, pedazos de autos, tablas de surf y hasta esquís acuáticos, eran bienvenidos.

 El deporte se fue extendiendo y un buen día llegó al Perú; entonces, los flamantes deportistas de aventura, le echaron el ojo a las dunas de Ica. Eran perfectas, ejemplares, un verdadero paraíso de arena; por fin el desierto serviría para algo.

 “Es fabuloso, tienes que venir”, me había invitado Matías Grados, uno de los entusiastas promotores del sandboard en Perú, quien asegura que las dunas de la Huacachina son una las mejores del planeta.  Eso es lo que comentan los turistas extranjeros y hasta el mismísimo campeón del mundo, el brasileño Digiacomo Dias.

 La práctica de la “tabla de arena” se ha incrementado considerablemente en Ica. Las dunas de las Huacachina se están volviendo famosas, porque logran seducir e inspirar a los deportistas con sus 250 metros verticales de adrenalina pura.

 Razón suficiente para ir a esa “joroba del desierto” y alquilar una tabla y probar suerte como lo hacen decenas de jóvenes, peruanos o extranjeros, principiantes que van derechito a un piscinazo de arena, o expertos capaces de driblear hasta la última bandera del slalom o de hacer giros mágicos en la rampa de saltos.

 Después de cuarenta minutos de caminata logro llegar a la cima de la duna. Parezco un estropajo, una mezcla extraña de sudor y arena que piensa en la locura de esos muchachos que se tragan toda la pendiente con su tabla bajo el brazo y luego, cuando lo logran, se la atan a los pies y bajan en cuestión de segundos todo lo que subieron.

 “¿No es esto un círculo vicio, casi un absurdo?” pregunto en voz alta, para ver si alguno de ellos se digna a responder. Nadie lo hace. Continúan en lo suyo, no quieren perder tiempo dando explicaciones, total, cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace.

 En la cima hay movimiento. A cada instante un deportista se lanza; a veces un grito liberador acompaña su bizarro intento por llegar a la naciente de la duna y sus huarangos traicioneros, que el verano pasado le quebraron la pierna a Sandro García, uno conocido deportista del medio.

 Los riesgos son una parte de este deporte. “Nadie está libre”, sentencia Rudy Olivo, un deportista de Chimbote, en el norte de Perú.  Rudy tiene ganas de hablar. Me cuenta que siempre se da una vuelta por la Huacachina para divertirse, mas no con la intención de participar en los campeonatos nacionales e internacionales que allí se organizan.

 “No me gusta hacerlo”, dice en el tono de un alumno de escuela, que le explica al profesor que no cumplió con sus deberes porque estaban demasiado fáciles.

 Desde lo alto se ve en todo su esplendor la laguna de la Huacachina es un magnífico oasis entre dunas y medanos, con palmeras, eucaliptos, tamarindos y huarangos.   Un milagro en el desierto.  Una laguna esmeralda y romántica. Con botes a pedales y novios enamoradísimos que hacen promesas a la eternidad.   

 El tiempo se desliza por la arena. Se avecina la noche y presumiblemente una luna pletórica y cargada de luz. Tiempo del big air o gran salto por el aire, el broche de oro de una jornada repleta de emociones.

 El big air, es la mejor muestra de que algo anda mal en la mente de los tablistas de arena. Lo digo con respeto y hasta con admiración, porque eso de venir a toda velocidad hasta una rampa, impulsarse en ella y aprovechar los segundos en el aire para hacer piruetas es un atentado contra la gravedad.

 Saltos y saltos. Un gran espectáculo. Aplausos, vivas, “ohhhhhhh” prolongados de admiración, hasta que llega el momento esperado, el turno de Digiacomo Dias, el gran Digi, el campeón del mundo.

 Y Digi está en la rampa y Digi está volando y Digi da una vuelta completa en el aire y cae paradito y desciende de lo más campante lo que queda de la duna. “Bravo, qué grande este muchacho, ¡qué lo repita, qué lo repita!” rugen los otros deportistas.  “ El brasileño se pasó,” me codea un tablista de arena venido desde Cerro de Pasco, la capital minera del Perú.

 Los vítores convencen a Digi. Ahí va de nuevo. Otra vez la rampa, el vértigo, la vuelta completita y la caída... “Eh, ¿qué paso?”, “Ay, pobre tipo, calculó mal.”  “Qué tal golpe en la espalda.” “¿Estará bien?” “Ayúdenlo, caramba.”  El público reacciona, corre a auxiliarlo. Sólo un susto. Un golpe. Gajes del deporte. Nadie está libre, ni siquiera el gran Digi. La frase es contundente y certera.

 Fin de la jornada. Ya es de noche. Ahora sólo me queda observar la luna llena y tratar de escuchar el canto de la sirena. No oigo nada. La Huacachina duerme; hoy no llora su pena eterna.

 

Asociación de Sandboarding de Ica                                                               

Matías Grados: matiasgm2002@yahoo.com

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