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por
Sergi
Reboredo
Primero
escuché
hablar
del
delta
fabuloso
sentado
en
la
terraza
de
un
céntrico
bar
intentando
mitigar
el
sofocante
calor
del
verano
en
Barcelona.
Yo
andaba
solo
y
estaba
inmerso
en
la
lectura
de
un
libro
fotográfico
de
tribus
africanas.
Desde
una
mesa
cercana,
otro
huésped
solitario
observó
mi
libro
e
inició
una
conversación
que
luego
se
prolongaría
por
varias
horas.
La
afición
de
Carlos,
igual
que
la
mía,
eran
los
viajes.
Me
contó
que
había
nacido
en
Venezuela,
pero
desde
hacía
dos
años
se
encontraba
en
Barcelona
estudiando
antropología.
Comenzamos
a
hablar
de
los
lugares
que
habíamos
visitado
y
fue
entonces
cuando
surgió
el
Delta
del
Orinoco.
Hablaba
de
una
tierra
indígena,
con
muchas
tradiciones
ancestrales,
y
sobre
todo
de
una
gente
amable,
hospitalaria,
que
se
entregaba
sin
pedir
nada
a
cambio.
Carlos
había
nacido
en
Maturín,
un
pequeño
pueblo
campesino
a
unos
500
kilómetros
al
Oeste
de
Caracas,
pero
su
espíritu
aventurero
le
había
llevado
en
numerosas
ocasiones
al
Delta
del
Orinoco.
Fueron
tantas
las
maravillas
relatadas
en
tan
solo
una
tarde
sobre
ese
estado
venezolano
que
al
regresar
a
casa
sólo
me
rondaba
una
cosa
por
la
cabeza,
viajar
hasta
allí.
*
*
*
Después
de
estar
once
horas
encerrado
en
un
autobús
con
el
aire
acondicionado
estropeado
y
un
sol
de
justicia,
un
zumo
natural
y
bien
fresquito
de
guayaba
hace
que
te
sientas
en
el
paraíso.
Recuerdo
que
aquello
fue
lo
primero
que
hice
después
de
dejar
la
mochila
a
buen
recaudo.
Además
de
ser
la
capital
del
estado
Delta
Amacuro
y
el
único
núcleo
poblado
de
importancia,
Tucupita
es
el
punto
de
partida
para
acceder
al
Delta
del
Orinoco.
Aquí
acaba
la
sociedad
tal
y
como
la
conocemos
y
empieza
un
nuevo
mundo
donde
el
capitalismo
no
tiene
razón
de
ser.
Siempre
me
han
fascinado
los
viajes
en
barco,
creo
que
es
la
forma
más
romántica
que
existe
de
visitar
un
país.
En
algunas
ocasiones
he
tenido
la
opción
de
elegir
entre
varios
medios
de
transporte
para
internarme
en
los
lugares
más
recónditos
de
un
país,
pero
en
esta
ocasión
no
había
elección.
Estaba
contento
simplemente
porque
sabía
que
había
dejado
atrás
el
destartalado
autobús,
y
a
partir
de
ese
momento
todas
las
carreteras
pasarían
a
ser
acuáticas.
La
embarcación
partía
a
las
doce
del
mediodía
rumbo
a
mi
sueño,
así
que
sólo
tenía
el
tiempo
justo
para
saborear
el
que
sería
mi
último
desayuno
conocido
en
varios
días.
El
motor
se
puso
en
marcha
y
el
barco
empezó
a
moverse.
En
apenas
una
hora
ya
habíamos
dejado
atrás
La
Horqueta,
un
puesto
militar
donde
controlan
todas
las
embarcaciones
que
entran
y
salen
a
fin
de
evitar
el
tráfico
de
cocaína
que
invade
las
cercanas
islas
caribeñas.
Al
principio
el
río
es
ancho,
pero
poco
a
poco
el
agua
se
va
diversificando
en
pequeños
caños
cada
vez
más
angostos.
Estos
caños
se
cubren,
como
un
manto,
de
plantas
fluviales
que
navegan
al
son
de
la
corriente,
haciendo
que
sea
imposible
imaginar
que
nos
desplazamos
por
el
agua
de
un
río.
Incluso
puede
dar
la
sensación
de
que
estás
navegando
en
una
enorme
nube
de
un
color
verde
intenso.
La
embarcación
va
partiendo
esta
alfombra
vegetal
en
dos
mitades,
de
modo
que
al
girar
la
vista
a
popa
vemos
como
se
abre
un
sendero
acuático
de
un
tono
cobrizo
que
contrasta
fuertemente
con
el
verdor
de
la
jungla.
El
paisaje
era
tan
evocador
que
no
nos
habíamos
dado
cuenta
que
era
la
hora
de
comer.
“Waranoko
está
a
unos
quinientos
metros
río
abajo,
pararemos
allí
para
llenar
nuestras
tripas,”
dijo
el
piloto
Nicolás,
mientras
señalaba
la
proa
de
la
embarcación.
Es
un
pueblo
pequeño,
de
no
más
de
100
habitantes
donde
todo
gira
alrededor
del
río.
Los
palafitos
están
construidos
siempre
en
las
orillas
del
río,
de
forma
que
los
caños
sirven
de
vías
de
comunicación
entre
las
distintas
comunidades
y
las
“curiaras”
(embarcaciones
fabricadas
con
palma
de
moriche)
son
el
único
medio
de
locomoción.
Por
eso
mismo
los
waraos
se
definen
a
sí
mismos
como
“gente
de
las
canoas”.
En
su
lenguaje
“wa”
significa
canoa
y
“arao”
gente,
lo
cual
no
tiene
nada
de
extraño,
ya
que
si
no
fuera
por
estos
desplazamientos
por
encima
del
agua,
la
frondosa
y
tupida
vegetación
sería
un
impedimento
para
poder
moverse
de
un
lugar
a
otro.
A
los
tres
años
de
edad
el
warao
ya
es
poseedor
de
una
pequeña
curiara
que
seguro
manejará
hábilmente
por
los
serpenteantes
cauces.
Las
canoas
se
construyen
dependiendo
de
las
necesidades,
y
si
bien
la
mayoría
son
de
unos
seis
metros,
las
hay
que
pueden
llegar
a
sobrepasar
los
diez
metros
para
el
transporte
de
familias
enteras.
El
tórrido
sol
calentaba
la
espalda
cobriza
del
Orinoco.
Mientras
los
niños
jugaban
a
subirse
a
los
árboles
una
mujer
warao
con
un
enorme
cuchillo
preparaba
hábilmente
el
pescado
que
su
marido
había
capturado
esa
misma
mañana.
Aquello
me
impresionó
sobremanera.
Recordaba
las
islas
desiertas
donde
por
mucho
dinero
que
pudieras
tener,
sólo
podías
limitarte
a
subir
a
una
palmera,
coger
un
coco
y
comer
lo
que
la
madre
naturaleza
te
estaba
ofreciendo.
En
cierta
manera
el
delta
se
parece
bastante
a
la
isla
desierta
de
Robinsón
Crusoe.
La
caza,
la
recolección,
la
pesca
o
cualquier
otro
alimento
se
reparte
equitativamente
entre
las
distintas
familias
de
una
comunidad,
de
tal
modo
que
cada
uno
tiene
su
tarea
asignada.
Ese
ayudarse
unos
a
otros,
así
como
el
continuar
las
ancestrales
tradiciones
les
ha
impermeabilizado
de
capitalismo
hasta
el
momento.
Los
palafitos
se
construyen
de
la
misma
forma
que
se
abandonan
cuando
escasea
la
comida
en
el
lugar.
Esta
es
una
sociedad
nómada
de
pescadores,
cazadores
y
recolectores.
Continua
Sig
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