
Joven
participando
en
las
labores
de
la
comunidad
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Cuenta
la
leyenda
que
los
primeros
waraos
procedían
de
la
parte
oriental
de
Los
Andes
peruanos.
Después,
el
delta
se
fue
convirtiendo
en
refugio
de
las
tribus
que
huían
de
otras
con
costumbres
más
guerreras.
Sus
habitantes
navegaban
en
troncos
de
madera
huecos
y
utilizaban
puentes
construidos
con
lianas
al
estilo
Indiana
Jones
para
cruzar
los
ríos.
Su
descubrimiento
data
de
1500.
La
primera
persona
que
consiguió
remontar
el
serpenteante
río
fue
un
capitán
de
Hernán
Cortés,
Diego
de
Ordaz.
Sin
embargo,
casi
500
años
después,
en
pleno
siglo
XXI
pocas
cosas
han
cambiado.
La
revolución
industrial
pasó
de
largo
en
este
desierto
acuático
igual
que
la
era
de
la
informática
lo
hace
hoy
en
día.
La
única
fibra
que
conocen
no
es
precisamente
la
óptica,
sino
la
de
palma
de
moriche
con
la
que
tejen
las
hamacas,
que
colgados
entre
dos
árboles
hacen
la
función
de
lecho
durante
las
horas
en
las
que
no
hay
luz.
La
palma
de
moriche,
también
llamada
“árbol
de
la
vida”,
es
el
sustento
de
toda
una
tribu.
De
este
árbol
se
obtiene
desde
la
casa
hasta
la
comida.
Del
interior
del
tronco
se
aprovecha
una
parte
muy
tierna
de
la
que
se
extrae
el
palmito.
Con
la
fibra
se
tejen
los
chinchorros,
las
alpargatas
y
las
cestas.
Del
tronco
se
consigue
una
harina
a
la
cual
llaman
“yuruma”
y
con
la
que
una
vez
frita
preparan
las
deliciosas
arepas.
De
la
corteza
mana
una
savia
dulzona
que
una
vez
fermentada
se
convierte
en
el
vino
de
palma.
Incluso
las
larvas
que
se
recolectan
en
el
árbol
se
comen
fritas,
hervidas
o
crudas.
Y,
por
supuesto,
del
robusto
tronco
fabrican
los
palafitos,
las
curiaras,
los
arcos
y
las
flechas.
Ya
eran
las
dos
de
la
tarde
y
el
aire
estaba
impregnado
del
aroma
dulzón
que
desprendían
unas
bananas
fritas.
Al
principio
creí
que
las
bananas
estaban
destinadas
a
los
niños
que
se
apiñaban
a
nuestro
alrededor,
pero
no
fue
así.
Era
una
forma
para
los
waraos
de
darnos
la
bienvenida,
a
lo
que
nosotros
respondimos
regalándoles
unas
botellas
de
refrescos.
Después
de
satisfacer
plenamente
el
hambre
proseguimos
el
curso
del
caño
Pedernales
rumbo
hacia
el
palafito
de
Julián,
lugar
que
pasaría
a
convertirse
en
mi
residencia
por
unos
cuantos
días.
Llegamos
al
atardecer,
y
en
pocos
minutos
la
violeta
del
cielo
pasó
a
ser
de
un
azul
marino
intenso
donde
las
estrellas
brillaban
por
doquier.
La
primera
noche
fue
interminable.
Se
escuchaban
aullidos
de
animales
en
la
lejanía
y
mi
mente
no
paraba
de
imaginar
los
grandes
felinos
que
en
manadas
venían
a
devorarnos...
Finalmente,
salió
el
sol.
Nicolás
ya
había
partido,
y
junto
a
él
también
se
habían
esfumado
las
pocas
comodidades
que
teníamos
a
nuestro
alcance,
como
por
ejemplo
el
generador
de
luz.
Julián
estaba
encendiendo
el
fuego
para
preparar
el
desayuno
y
yo
fui
a
conversar
con
él
buscando
las
respuestas
que
podían
tranquilizar
mi
mente
para
las
noches
que
me
quedaban.
Creo
que
él
anticipaba
mis
preguntas,
ya
que
antes
de
responderme
se
pasó
un
buen
rato
riendo.
Me
aseguró
que
los
tenebrosos
aullidos
que
yo
escuchaba
no
procedían
de
ningún
animal
peligroso,
sino
de
los
monos,
los
cuales
aprovechan
la
quietud
de
la
noche
para
tomar
del
agua
que
se
colecta
en
los
árboles
cercanos.
Todo
un
alivio.
Mi
intención
era
evitar
al
máximo
ser
una
molestia.
Tan
sólo
quería
ser
un
mero
espectador
de
sus
rutinas
diarias,
así
que
aprovecho
la
mañana
para
interesarme
por
la
construcción
de
un
nuevo
palafito
no
muy
lejano
al
de
Julián.
La
vivienda
estará
lista
en
menos
de
tres
o
cuatro
semanas.
Después
de
elegir
el
lugar
idóneo
proceden
a
la
tala
de
los
árboles.
Siempre
se
cortan
a
un
metro
de
distancia
sobre
el
nivel
del
río
para
evitar
posibles
inundaciones
cuando
en
verano
aumenta
el
caudal
de
agua.
Además,
estos
serán
los
pilares
que
sostendrán
el
peso
de
toda
la
construcción.
Una
vez
cortados
se
clasifican
por
tamaño.
Los
más
gruesos
pasarán
a
ser
los
pilares
sobre
los
que
se
colocarán
las
enormes
ramas
secas
de
palma
de
moriche
a
modo
de
techo.
Los
demás
formarán
parte
de
una
plataforma
central
que
será
testigo
mudo
de
la
vida
cuotidiana
de
una
familia
warao.
Al
regresar
del
sitio
de
construcción,
me
encontré
con
un
escenario
que
me
dejo
boquiabierto.
Era
un
cazador
que
volvía
con
su
presa,
un
par
de
guacamayos
azueles
y
amarillos
de
asombrosa
belleza.
Estaban
heridos,
y
aunque
podían
moverse
por
encima
de
la
embarcación
les
era
imposible
volar
con
las
alas
rotas.
Yo
siempre
he
estado
en
contra
de
la
caza,
y
más
aún
cuando
se
trata
de
especies
de
tal
hermosura,
pero
en
esta
ocasión
estaba
justificado.
Esas
dos
aves
pasarán
a
ser
el
sustento
de
toda
una
familia
en
los
próximos
dos
días.
Para
los
waraos
la
caza
no
es
algo
que
dependa
excesivamente
de
la
suerte.
Tienen
la
firme
creencia
de
que
los
dioses
pueden
premiar
o
castigar
a
cada
uno
dependiendo
de
sus
actos.
Kuai-mare
es
uno
de
esos
dioses,
su
nombre
significa
algo
así
como
“el
feliz
que
habita
arriba”
y
es
quien
origina
los
buenos
y
los
malos
espíritus.
Cuenta
la
leyenda
que
es
un
dios
blanco,
con
el
pelo
largo,
ojos
grandes
y
orejas
tan
descomunales
que
cuando
una
está
en
oriente
la
otra
aún
está
en
occidente.
Otro
dios,
Mareiwa,
era
hijo
del
trueno
y
tenía
en
su
poder
el
fuego,
celosamente
guardado
en
una
cueva.
Cuentan
que
un
día
Junuunay,
un
joven
guajiro,
le
robó
dos
brasas
y
así
fue
como
los
waraos
comenzaron
a
tener
constancia
del
fuego
y
empezaron
a
utilizarlo.
Aunque
para
el
warao
cada
nuevo
día
forma
parte
de
una
rutina
muy
consabida,
el
viajero
que
nunca
ha
estado
en
estos
parajes
queda
impresionado
simplemente
por
el
silencio
selvático,
que
de
vez
en
cuando
es
roto
por
el
cantar
de
los
exóticos
guacamayos.
No
hay
nada
en
el
mundo
que
se
pueda
parecer
al
Delta.
El
intenso
azul
del
cielo
puede
verse
despintado
en
unos
instantes
por
nubes
amenazadoras
que
rápidamente
descargan
todo
el
agua
que
llevan
consigo.
Es
entonces
cuando
todo
parece
tener
vida
propia.
Los
animales
están
más
alborotados
de
lo
normal,
el
verde
de
la
vegetación
se
intensifica,
y
el
arco
iris
forma
una
especie
de
túnel
por
el
que
parece
engullirse
al
río.
Continua
Ant
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2
3
Sig
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