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Por
la
mañana
cuando
el
sol
empieza
a
despuntar,
toda
la
naturaleza
amanece
cubierta
por
una
capa
de
rocío.
El
tiempo,
que
parecía
haberse
detenido,
comienza
a
dar
paso
al
canto
de
las
primeras
aves
madrugadoras.
A
las
seis
de
la
mañana
estas
aves,
a
modo
de
despertador,
indican
al
warao
de
que
es
el
momento
de
iniciar
una
nueva
jornada.
Tras
una
comida
copiosa
basándose
en
arepas,
frutos
silvestres
y
café
soluble
nos
ponemos
manos
a
la
obra.
Nosotros
zarpamos
rumbo
a
un
bosque
cercano
para
talar
algunos
árboles
de
palma
de
moriche
mientras
las
mujeres
se
entregan
a
sus
labores
diarias.
La
extracción
del
palmito
es
un
trabajo
arduo
y
pesado,
pero
muy
necesario
en
la
gastronomía
del
warao.
Después
de
conseguir
de
los
cogollos
de
la
palma
el
palmito
tierno
y
darnos
un
merecido
chapuzón
en
el
río,
nos
adentramos
en
un
pequeño
canal
que
parecía
internarse
en
el
espesor
de
la
selva.
La
barca
a
duras
penas
podía
navegar,
y
nuestras
cabezas
se
dedicaban
a
esquivar
las
ramas
que
se
inmiscuían
en
nuestro
camino.
Julián
me
explica
que
es
un
lugar
mágico
donde
crecen
unos
frutos
misteriosos
que
impiden
la
enfermedad.
Era
un
lugar
fascinante
donde
la
frondosa
vegetación
hacía
de
parapeto
impidiendo
que
los
rayos
de
luz
llegaran
al
suelo.
De
un
zarzal
próximo
brotaban
unas
diminutas
bolas
rojas
que
Julián
introducía
en
una
cesta
artesanal.
Tuvo
que
actuar
con
rapidez
ya
que
miles
de
mosquitos
se
encargaban
de
custodiar
el
asombroso
lugar.
En
menos
de
cinco
minutos
consiguió
llenar
toda
la
cesta.
Nunca
llegaré
a
saber
si
aquellos
frutos
eran
la
panacea,
pero
lo
cierto
es
que
sus
estómagos
eran
capaces
de
asimilar
el
agua
cobriza
del
río
sin
que
les
ocurriera
nada.
En
cambio,
yo
tenía
que
racionarme
el
agua
embotellada
y
conseguir
que
esta
perdurara
hasta
mi
partida.
Ya
de
vuelta
al
palafito,
Julián
me
enseño
a
pescar
al
estilo
warao,
con
un
hilo
fino
de
nailon
atado
a
un
extremo
de
la
curiara,
y
un
gran
anzuelo
sin
cebo
en
el
otro
extremo
sumergido
en
el
agua.
Aquel
día
la
suerte
no
estuvo
de
su
lado
en
lo
que
a
pesca
se
refiere,
pero
los
frutos
silvestres
y
el
palmito
justificaban
con
creces
la
jornada
laboral.
Ya
habíamos
comido
y
las
nubes
cada
vez
más
negras
amenazaban
con
dejar
una
tarde
pasada
por
agua,
así
que
decidí
estrenar
la
hamaca
que
la
mujer
de
Julián
había
acabado
justo
esa
misma
mañana.
Las
hamacas
son
fabricadas
siempre
por
manos
femeninas,
en
telares
de
bastidores
verticales
en
punto
de
red.
El
hilo
se
consigue
torciendo
las
finas
tiras
que
se
han
sacado
de
las
hojas
de
moriche
después
de
hervirlas
y
secarlas
al
sol.
Cada
warao
posee
su
propia
hamaca,
y
cuando
le
llega
la
muerte,
es
amortajado
en
la
suya
propia.
El
sol
ya
se
había
puesto
y
la
luna
blanqueaba
todo
aquello
que
sus
rayos
podían
alcanzar.
Habíamos
cenado
y
nos
hallábamos
en
circulo
alrededor
de
la
hoguera.
Todos
estaban
muy
interesados
en
que
les
contara
como
era
la
Europa
de
la
que
tanto
habían
oído
hablar.
Y
así
fue.
Creo
que
durante
más
de
una
hora
no
paré
de
hablar,
pero
de
repente
la
pequeña
warao
dijo,
"Papa,
cuéntame
otra
vez
el
cuento
de
cómo
se
hizo
el
fuego,"
y
su
padre
no
dudó
ni
un
solo
instante
en
concederle
el
deseo.
Comenzó
a
contar
una
leyenda
ancestral,
y
el
romanticismo
se
apoderó
en
pocos
instantes
de
la
oscura
noche.
La
enérgica
voz
de
Julián
rompía
el
silencio
abrumador
de
la
selva,
mientras
todos
allí
presentes
escuchábamos
atentamente
sus
palabras.
Ant
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