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Creo
que pasaron al menos cinco minutos de encarnizada lucha hasta que Oswaldo
observó que era el momento justo para el despegue. Mi corazón palpitaba
desde hacía rato a unas velocidades descomunales. Dimos varios pasos
cortos y el cielo nos absorbió consigo. Recuerdo que me faltaba el aire,
era la misma sensación que cuando subes a la montaña rusa y el carro
empieza a descender a toda velocidad.
“Ya te puedes sentar y ponerte cómodo” me dijo Oswaldo, “el despegue ha
sido todo un éxito”. El cielo estaba cada vez más borracho de nubes y yo
me afianzaba con fuerza a las cuerdas. Las vistas desde allá arriba eran
todavía más espléndidas que desde donde habíamos iniciado el vuelo. Poco a
poco fui cogiendo confianza a la situación.
La cámara seguía colgada de mi cuello, y no quería perder estos momentos
preciosos. Mi mente no sería capaz de almacenar tantos instantes
maravillosos y el recuerdo de aquel día merecía estar presente para el
resto de mi vida. Solté las cuerdas con decisión y agarré la cámara.
Durante todo el recorrido no paré de tomar fotos, miraras donde miraras
todo era evocador, asombroso y de una poesía incomparable.

Unos días antes, había comenzado esta aventura en Mérida, ciudad ubicada
en la parte occidental de Venezuela con una altitud de 1640 metros sobre
el nivel del mar. Mérida es el puro contraste andino, nieves en las
cumbres y zonas áridas en los llanos, palmeras y arenas blancas en la
playa y selvas nubladas en las cercanías de la sierra. Es tal la belleza
y la poesía, que ha servido de fuente de inspiración a los más importantes
escritores y artistas venezolanos. Dicen que por estar tan cerca del
cielo, su carácter no puede ser sino afable.
Al recorrer la ciudad, con sus calles largas y angostas, desdibujaban las
sombras del ir y venir de la gente. Había comenzado a deambular por la
ciudad sin rumbo fijo, intentando que ésta me sorprendiera. La oferta
aventurera era inmensa: escalada, trekking, rafting, mountain bike... pero
lo que verdaderamente me llamó la atención fue un cartel con fotos de una
puesta de sol con un cielo minado de coloridas telas que surcaban el
espacio. Eran parapentes que desafiaban la ley de la gravedad volando con
la majestuosidad con que lo hacen las águilas imperiales.
El
solo hecho de flotar en el cielo me atraía muchísimo, pero la sensación de
miedo por no poder pisar tierra firme también era palpable. Sin embargo,
tomé mi decisión. El vuelo sería aquella misma tarde y Oswaldo sería mi
piloto, la persona a la que yo tendría que confiar mi cuerpo y alma. Me
tranquilizó mucho el hecho de que la seguridad era su premisa y su forma
de hablar lenta y asertiva era de lo más convincente. Sabía perfectamente
de lo que estaba hablando, del miedo a lo desconocido. Me explicó que era
algo por lo que pasaban todos aquellos que practican este deporte por
primera vez. Un jeep destartalado de aspecto militar, en el que cargaban
los enormes sacos donde estaban los parapentes, sería el encargado de
llevarnos hasta la zona de vuelo.
El motor se puso en marcha. Ya no había vuelta atrás. A mi lado estaba
sentado Patrick, un francés con aspecto solitario que rápidamente se dio
cuenta de que yo era un novato y de que aquella iba a ser la primera vez
que me lanzaría en parapente. Supongo que mi vista perdida en el infinito
y mi aspecto rígido como el tronco de un árbol, le dieron alguna pista.
La ciudad se hacía cada vez más pequeña desde la carretera de montaña por
la cual ascendíamos. Por la sucia ventanilla de plástico del jeep se podía
percibir el cambio constante en el paisaje. Conforme ganábamos altura, la
vegetación era cada vez más escasa y el paisaje en ocasiones se convertía
en algo árido y seco. El motor había dejado de gemir; después de 45
minutos de tortuoso recorrido, por fin habíamos llegado a Las González o
al lugar más comúnmente llamado Tierra Negra.
La montaña estaba ubicada al oeste de Mérida. Su geografía era totalmente
espectacular y la vegetación difería en gran medida del resto de la flora
típica
andina. El romanticismo y tranquilidad del páramo contrastaba fuertemente
con las emociones intensas que se viven en las montañas. Su impresionante
desnivel de 960 metros, las vistas espectaculares y las condiciones de
viento dinámico, hacen de este paraje una zona única para practicar el
parapente.
Salté de la parte posterior del jeep. Mis botas se hundieron en la rojiza
tierra que crujía a mi paso. A lo lejos se podía escuchar el eco del
susurro del viento en el valle. No estábamos solos, otra veintena de
aguerridos aventureros estaban preparados para comenzar el vuelo. Algunos
curiosos también se habían desplazado hasta allí para poder ve r
el desfile de telas multicolores desafiando al espacio.
Las nubes fueron apareciendo como trozos de algodón celestial y los ya
débiles rayos de sol atravesaban parte de ellas, dejando pasar solamente
ráfagas de luz que iluminaban puntualmente algunas zonas de la ladera.
Unos parapentes desaparecían tras ellas para volver a aparecer después de
atravesarlas. La magia se había apoderado del lugar, mientras las siluetas
humanas volaban de un lado a otro del valle. Era la belleza extrema hecha
realidad, en estado puro, dando la sensación de embriagura como si se
tratase de un sueño.
Llegó por fin mi turno. Las instrucciones fueron muy claras, “Cuando yo
corra, tu corres conmigo, cuando yo salte tu saltas, y el resto ya te lo
explicaré una vez estemos volando.” De repente me vi ataviado con un
casco negro en la cabeza, con un arnés y atado mediante varias cuerdas con
mosquetones a Oswaldo. La tensión era extrema. El parapente, qu e
era de un color amarillo limón, ya estaba totalmente desplegado. Sus
extremos se movían con virulencia, como si tuviesen prisa por empezar a
volar.
El viento soplaba con fuerza. Al menos seis personas nos sujetaban a
tierra firme para que no pudiéramos salir volando en un momento
inapropiado. Mientras tanto, el aire intentaba arrancarnos del suelo para
llevarnos junto a él.
En España, mi mejor amigo Pedro es aficionado a este deporte y varias
veces había visto como se lanzaba desde alguna montaña cercana. Yo sabía
que no podíamos sobrevolar la zona posterior de la montaña donde habíamos
iniciado el vuelo, ya que el aire choca contra la montaña y sube
descontroladamente hacia arriba haciendo de rotor. A Oswaldo le sorprendía
que supiera tantas cosas sobre el tema y me alentaba a realizar un curso
de una semana para poder volar sólo. Decía que cuando se vuela solo es muy
diferente, “El silencio es abrumador y las montañas parecen hablarte a
través del viento.”
Entrábamos y salíamos de las nubes como si de un espejismo se tratara.
Mientras planeábamos por el aire, otros parapentes se cruzaban en nuestro
camino. Era como si se tratase de una carretera aérea. Me sentía
embrujado por el entorno, y aquella sensación de pavor que había tenido
momentos antes del despegue, se había convertido en fascinación y
admiración. No tenía ganas de descender. Juro que me hubiese quedado
horas y horas imitando el vuelo de las aves en ese poético cielo
venezolano.
El
final del valle era cada vez más visible. Estábamos descendiendo poco a
poco, y en cada giro perdíamos algo más de altura. Oswaldo me dio las
contraseñas para el aterrizaje, no podía poner los pies en el suelo hasta
que él me avisara, y tenía que tener cuidado con la cámara, ya que el
mismo parapente nos podía tirar al suelo una vez en la tierra.
Las suelas de nuestras botas aterrizaron en tierra firme, levantando una
visible nube de polvo. Mi sueño se había esfumado en pocos instantes.
El camino de vuelta fue muy diferente al que había sido el de ida. La
gente ya no estaba tensa, sino que irradiaba esa felicidad que se siente
después de haber realizado alguna hazaña importante. El brillo en nuestros
ojos delataba que habíamos descubierto el espacio exterior por primera
vez. Prometí a Oswaldo que le mandaría las fotos por correo y le di las
gracias por un día inolvidable. Nunca jamás había estado tan cerca del
cielo como lo estuve en aquel momento. Supe la sensación que tenían las
aves que surcaban el cielo y que planeaban incansablemente controlando
todo lo que pasaba bajo sus frágiles cuerpos. “Libertad, libertad” es lo
que me repetía vez tras vez mientras el jeep se agitaba por la huella de
tierra de regreso a la ciudad.
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