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por Sergi Reboredo

 

Creo que pasaron al menos cinco minutos de encarnizada lucha hasta que Oswaldo observó que era el momento justo para el despegue. Mi corazón palpitaba desde hacía rato a unas velocidades descomunales. Dimos varios pasos cortos y el cielo nos absorbió consigo. Recuerdo que me faltaba el aire, era la misma sensación que cuando subes a la montaña rusa y el carro empieza a descender a toda velocidad. 

 “Ya te puedes sentar y ponerte cómodo” me dijo Oswaldo, “el despegue ha sido todo un éxito”. El cielo estaba cada vez más borracho de nubes y yo me afianzaba con fuerza a las cuerdas. Las vistas desde allá arriba eran todavía más espléndidas que desde donde habíamos iniciado el vuelo. Poco a poco fui cogiendo confianza a la situación. 

 La cámara seguía colgada de mi cuello, y no quería perder estos momentos preciosos. Mi mente no sería capaz de almacenar tantos instantes maravillosos y el recuerdo de aquel día merecía estar presente para el resto de mi vida. Solté las cuerdas con decisión y agarré la cámara. Durante todo el recorrido no paré de tomar fotos, miraras donde miraras todo era evocador, asombroso y de una  poesía incomparable.

 Unos días antes, había comenzado esta aventura en Mérida, ciudad ubicada en la parte occidental de Venezuela con una altitud de 1640 metros sobre el nivel del mar. Mérida es el puro contraste andino, nieves en las cumbres  y zonas áridas en los llanos, palmeras y arenas blancas en la playa y selvas nubladas en las cercanías de la sierra.  Es tal la belleza y la poesía, que ha servido de fuente de inspiración a los más importantes escritores y artistas venezolanos.  Dicen que por estar tan cerca del cielo, su carácter no puede ser sino afable.

 Al recorrer la ciudad, con sus calles largas y angostas, desdibujaban las sombras del ir y venir de la gente.  Había comenzado a deambular por la ciudad sin rumbo fijo, intentando que ésta me sorprendiera. La oferta aventurera era inmensa: escalada, trekking, rafting, mountain bike... pero lo que verdaderamente me llamó la atención fue un cartel con fotos de una puesta de sol con un cielo minado de coloridas telas que surcaban el espacio. Eran parapentes que desafiaban la ley de la gravedad volando con la majestuosidad con que lo hacen las águilas imperiales.

 El solo hecho de flotar en el cielo me atraía muchísimo, pero la sensación de miedo por no poder pisar tierra firme también era palpable.  Sin embargo, tomé mi decisión. El vuelo sería aquella misma tarde y Oswaldo sería mi piloto, la persona a la que yo tendría que confiar mi cuerpo y alma. Me tranquilizó mucho el hecho de que la seguridad era su premisa y su forma de hablar lenta y asertiva era de lo más convincente. Sabía perfectamente de lo que estaba hablando, del miedo a lo desconocido.  Me explicó que era algo por lo que pasaban todos aquellos que practican este deporte por primera vez. Un jeep destartalado de aspecto militar, en el que cargaban los enormes sacos donde estaban los parapentes, sería el encargado de llevarnos hasta la zona de vuelo.

 El motor se puso en marcha. Ya no había vuelta atrás. A mi lado estaba sentado Patrick, un francés con aspecto solitario que rápidamente se dio cuenta de que yo era un novato y de que aquella iba a ser la primera vez que me lanzaría en parapente. Supongo que mi vista perdida en el infinito y mi aspecto rígido como el tronco de un árbol, le dieron alguna pista.

 La ciudad se hacía cada vez más pequeña desde la carretera de montaña por la cual ascendíamos. Por la sucia ventanilla de plástico del jeep se podía percibir el cambio constante en el paisaje. Conforme ganábamos altura, la vegetación era cada vez más escasa y el paisaje en ocasiones se convertía en algo árido y seco. El motor había dejado de gemir; después de 45 minutos de tortuoso recorrido, por fin habíamos llegado a Las González o al lugar más comúnmente llamado Tierra Negra.

 La montaña estaba ubicada al oeste de Mérida. Su geografía era totalmente espectacular y la vegetación difería en gran medida del resto de la flora típica andina. El romanticismo y tranquilidad del páramo contrastaba fuertemente con las emociones intensas que se viven en las montañas. Su impresionante desnivel de 960 metros, las vistas espectaculares y las condiciones de viento dinámico, hacen de este paraje una zona única para practicar el parapente.

 Salté de la parte posterior del jeep. Mis botas se hundieron en la rojiza tierra que crujía a mi paso.  A lo lejos se podía escuchar el eco del susurro del viento en el valle.  No estábamos solos, otra veintena de aguerridos aventureros estaban preparados para comenzar el vuelo. Algunos curiosos también se habían desplazado hasta allí para poder ver el desfile de telas multicolores desafiando al espacio.

 Las nubes fueron apareciendo como trozos de algodón celestial y los ya débiles rayos de sol atravesaban parte de ellas, dejando pasar solamente ráfagas de luz que iluminaban puntualmente algunas zonas de la ladera. Unos parapentes desaparecían tras ellas para volver a aparecer después de atravesarlas. La magia se había apoderado del lugar, mientras las siluetas humanas volaban de un lado a otro del valle. Era la belleza extrema hecha realidad, en estado puro, dando la sensación de embriagura como si se tratase de un sueño.

 Llegó por fin mi turno. Las instrucciones fueron muy claras, “Cuando yo corra, tu corres conmigo, cuando yo salte tu saltas, y el resto ya te lo explicaré una vez estemos volando.”  De repente me vi ataviado con un casco negro en la cabeza, con un arnés y atado mediante varias cuerdas con mosquetones a Oswaldo. La tensión era extrema. El parapente, que era de un color amarillo limón, ya estaba totalmente desplegado.  Sus extremos se movían con virulencia, como si tuviesen prisa por empezar a volar.

El viento soplaba con fuerza. Al menos seis personas nos sujetaban a tierra firme para que no pudiéramos salir volando en un momento inapropiado. Mientras tanto, el aire intentaba arrancarnos del suelo para llevarnos junto a él.   

 En España, mi mejor amigo Pedro es aficionado a este deporte y varias veces había visto como se lanzaba desde alguna montaña cercana. Yo sabía que no podíamos sobrevolar la zona posterior de la montaña donde habíamos iniciado el vuelo, ya que el aire choca contra la montaña y sube descontroladamente hacia arriba haciendo de rotor. A Oswaldo le sorprendía que supiera tantas cosas sobre el tema y me alentaba a realizar un curso de una semana para poder volar sólo. Decía que cuando se vuela solo es muy diferente, “El silencio es abrumador y las montañas parecen hablarte a través del viento.”

Entrábamos y salíamos de las nubes como si de un espejismo se tratara.  Mientras planeábamos por el aire, otros parapentes se cruzaban en nuestro camino.  Era como si se tratase de una carretera aérea. Me sentía embrujado por el entorno, y aquella sensación de pavor que había tenido momentos antes del despegue, se había convertido en fascinación y admiración. No tenía ganas de descender.  Juro que me hubiese quedado horas y horas imitando el vuelo de las aves en ese poético cielo venezolano.

 El final del valle era cada vez más visible. Estábamos descendiendo poco a poco, y en cada giro perdíamos algo más de altura. Oswaldo me dio las contraseñas para el aterrizaje, no podía poner los pies en el suelo hasta que él me avisara, y tenía que tener cuidado con la cámara, ya que el mismo parapente nos podía tirar al suelo una vez en la tierra.

Las suelas de nuestras botas aterrizaron en tierra firme, levantando una visible nube de polvo. Mi sueño se había esfumado en pocos instantes. 

 El camino de vuelta fue muy diferente al que había sido el de ida. La gente ya no estaba tensa, sino que irradiaba esa felicidad que se siente después de haber realizado alguna hazaña importante. El brillo en nuestros ojos delataba que habíamos descubierto el espacio exterior por primera vez. Prometí a Oswaldo que le mandaría las fotos por correo y le di las gracias por un día inolvidable. Nunca jamás había estado tan cerca del cielo como lo estuve en aquel momento.  Supe la sensación que tenían las aves que surcaban el cielo y que planeaban incansablemente controlando todo lo que pasaba bajo sus frágiles cuerpos.   “Libertad, libertad” es lo que me repetía vez tras vez mientras el jeep se agitaba por la huella de tierra de regreso a la ciudad.

 

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