|
Dicen
que si viajas a un lugar donde quisieras algún día regresar, lleva contigo
una piedra. Tenía que escoger una piedra, una buena piedra que atrapara la
esencia del lugar y reflejara su geografía, un amuleto que fuese capaz de
almacenar en su interior el olor a vegetales recién llovidos y que a su
vez, hiciera sentir el viento y el sabor dulce de las aguas de los
helechos. Que al mirarla, además, transmitiera la sensación de pureza y
libertad de los elementos que la conformaban. Con los pies desnudos caminé
por la playa, pisando el agua y la arena, y finalmente la encontré semi-sumergida.
Se arrastraba por su áspera superficie un pequeño caracol de agua dulce.
Mientras, mi compañero de viaje, empacaba meticulosamente la carga dentro
de su kayak.
En
el año 1670, un grupo de misioneros Jesuitas salió desde la lluviosa
ciudad de Castro, en el sur de Chile, con la idea de encontrar la mítica
Ciudad de Los Césares y un paso directo hacia puntos al este y al norte.
La ciudad de Los Césares era un legendario lugar
alejado de gran riqueza en minerales, fundado por los seguidores de
Francisco de César, miembro de la expedición de Río de la Plata del
navegante Sebastián Cabot en 1526. Aparentemente, los Jesuitas supusieron
que habría mucho trabajo de Dios entre tal grupo de personas --
descendientes de los conquistadores, refugiados europeos, y gente
indígena. El hecho que había oro en la región hizo su trabajo de
salvar las almas perdidas aún más atractivo. Estos intrépidos misioneros
recorrieron los bosques densos y navegaron las aguas en piraguas sin
encontrar la mítica Ciudad de los Césares. Lo que sí descubrieron
fue un enorme lago, al que bautizaron con el nombre de Todos los Santos.
Más de tres siglos después, mi compañero de aventuras y
yo viajamos por la ruta de los Jesuitas, en kayaks,
para explorar las fabulosas aguas de color esmeralda. Resulta
curioso, pero al zarpar desde Petrohué, un pequeño caserío ubicado en la
orilla poniente del lago, nunca imaginamos la real magnitud y esplendor
del lugar que nos tocaría recorrer. Todo indicaba que sería una travesía
tranquila por un sitio poco explorado, pero no visualizábamos la sorpresa
que nos deparaba el lago Todos los Santos y su entorno. Ubicado en medio
del parque nacional Vicente Pérez Rosales (el primero de Chile,
establecido en 1926), Todos los Santos hace parte de una cadena de lagos
interconectados por pasos montañosos entre Chile y las pampas de
Argentina. Volcánico y glacial, hay 35 kilómetros por recorrer entre Petrohué y nuestro destino Peulla, en el extremo este.
Lentamente dejamos atrás el puerto y nos vamos
orillando, acostumbrándonos poco a poco al peso y la disposición de los
equipos sobre las embarcaciones. Paulatina e inexplicablemente, el agua
comienza a tener un tinte verdoso que alucina a los navegantes, y nos
encontramos remando sin darnos cuenta, en un paisaje pintado por Gauguin,
donde el cielo es rojizo, las montañas casi negras de verde y el agua
color esmeralda. En sectores la transparencia del agua es tal que permite
ver grandes troncos perderse en el fondo rocoso, produciendo vértigo.
Aturdidos, decidimos bajar una y otra vez para hacer
imágenes con lo que el avance se hace muy lento pero provechoso.
Al crepúsculo, armamos la tienda justo en la entrada
de la ensenada de Cayutué (seis cráteres), en una playa de arenas blancas y
numerosos troncos de coigüe (Nothofagus dombeyi). Erosionados por
el agua y el viento incesante, presentan una delicada textura
aterciopelada. Este sitio, al resguardo del viento y con espacio para
armar campamentos, probablemente fue uno de los lugares donde
desembarcaron para refugiarse los primeros grupos de Jesuitas. Después de
tratar de abrir sin éxito una ruta por las montañas, tuvieron que recurrir
al agua con rústicas piraguas que les proporcionaron los huilliches
o “gente del sur”, los antiguos habitantes de la zona. Desde el occidente,
ellos dominaron el área y tenían un cabal conocimiento de la geografía
debido a que realizaban un intenso tráfico comercial con los puelches
o “gente del este”.
Sentados
en la orilla del lago, observando el crepúsculo, remontamos la mente al
pasado y nos imaginamos a estos intrépidos Jesuitas en sus rústicas
dalcas, canoas hechas de tablas trenzadas y amarradas con lianas, los
huilliches guiándoles en la inmensidad con sus ponchos de lana y
atavíos de pesca. Los vemos desaparecer entre las confusas brumas de la
noche y la historia.
El
amanecer nos trae las primeras lluvias de verano y pronto todo está
mojado. Salimos de la tienda y miramos una gran pared de vegetales que se
abre frente a nuestros ojos, la humedad que emana del bosque es tal que
produce grandes nubes que se entremezclan con las quebradas y paredes
rocosas, dándole al paraje un irremediable aspecto onírico. Continuamos
remando hacia los dientes de la fuerte lluvia austral.
Ya en plena ensenada de Cayutué, nos internamos
derechamente en aguas mágicas. El bosque de coigües, olivillos
entremezclados con cientos de ulmos y la imponente presencia de los
volcanes Puntiagudo y Osorno nos hacen sentir ínfimos. Decidimos
descansar a los pies de la Cascada del Encanto, donde los arco
iris, farios y perca truchas se reúnen para nadar en
aguas recién
oxigenadas a comer las semillas e insectos distraídos. Parado
en una rama y complementando la armoniosa
cadena alimenticia, aparece el sigiloso martín pescador (Ceryle
torcuata), el que en picadas cortas pero certeras retira del agua pequeños
peces para devorarlos en su posadero. Luego de una ligera merienda algo
húmeda, nos distanciamos varios cientos de metros de la orilla para
obtener una visión global de las montañas y buscar una playa apta para
nuestra segunda noche de campamento. Ahí, en medio de la ensenada,
disfrutamos de cascadas de helechos que se precipitan al lago como si
fuesen alfombras descolgándose desde la misma cima de los cerros.
Preocupados por la cercanía de la noche, decidimos cruzar finalmente la
ensenada donde hay una playa amplia, de piedrecillas volcánicas moldeadas
por las olas y regada de coigües secos. El cielo negro profundo alberga
millones de estrellas, y en el centro, la constelación de Orión. El cerro
Bonete domina el panorama y nos protege del viento.
El día siguiente, lleno de canto de aves y cascadas
nos internamos a pie por un sendero, un camino imaginario rodeado por
arrayanes de corteza rojiza y sembrado por flores silvestres amarillas que
brotan como pequeños espíritus desde el bosque.
Nos imaginamos el asombro de los Jesuitas al adentrarse en estas latitudes
y también de las dificultades que encontrarían, como el temible liguay
o sanguijuela gigante. Nos encontramos con una enroscada en unas piedras
que medía cincuenta respetables centímetros.
Identificamos
plantas medicinales y yerbas utilizadas por los huilliches. Recojo
algunas ramillas para preparar té e infusiones curativas, las que
maceramos para refrescar la travesía. Aquí es posible encontrar pilpil
voqui (Boquilla trifoliata), la que seguramente emplearon los nativos
en los expedicionarios para curar sus afecciones oculares e hinchazón de
las picadas de insectos. Los que al caer la tarde, atacan en enjambres.
También aparece el quilo o mollaca (Muehlenbeckia
thamnifolia), una trepadora del bosque cuyas raíces y hojas probablemente
emplearon como diurético. El voqui colorado (Cissus striata) es
otra enredadera que es muy abundante en el sur de Chile y su uso medicinal
es el de astringente. Su tallo flexible y resistente es empleado además
para amarrar cercos y fabricar herramientas. También hay otros usos para
las plantas silvestres de la zona, como el deu o matarratones
(Coriaria ruscifolia) que tal como su nombre común lo indica, es utilizada
hasta la fecha para espantar a los roedores y teñir de negro las telas.
También aparece el copihue (Lapageria rosea), una enredadera
endémica de Chile con grandes flores de rojo intenso y cuya baya es
comestible. También resulta apetitoso el fruto de un arbusto llamado
murta o murtilla (Ugni molinae), muy utilizado por los colonos
alemanes para fabricar sus dulces tradicionales.
Regresamos a la playa
donde debemos rápidamente desarmar el
campamento
por un vendaval que forma crestas blancas en las olas en medio del
lago. Dificultosamente logramos alejarnos de la playa para seguir remando.
Sin embargo, el viento sopla incesante y debemos orillar constantemente
para descansar y acomodar las cargas. Imposibilitados de avanzar
rápidamente, nos dedicamos a hurgar cada recodo del sector, y pasamos una
noche más en una playa pequeña y muy protegida. Enfrente tenemos una
cascada de 300 metros que se descuelga como un fino hilo de metal desde
una gran piedra.
Al amanecer, nos toca remar bajo el agua,
literalmente, ya que una intensa lluvia no cesa de caer. A ratos nos
bajamos de las embarcaciones para descansar pero eso empeora las cosas
llenando los kayaks de agua. El paisaje a perdido los colores y navegamos
en un mundo de sombras y brumas obscuras. Agotados decidimos atracar en
puerto ciruelillo, abrigando la esperanza de ser invitados a pasar y secar
nuestra empapada carga en una casa de campo colindante al lago.
Sin darnos cuenta, tenemos enfrente un plato de
espaguetis con ají y pan recién amasado, una auténtica delicia. Don
Rolando Muñoz vive con su familia en estos solitarios parajes, y nos habla
a la luz de una vela del ataque
sorpresivo
de los pumas al ganado y de sus salidas a cazar jabalíes, corroborando sus
aventuras con fotos y restos de colmillos afilados como cuchillos. Es la
primera persona en días, con la que podemos charlar y resulta tan amistoso
y fraternal que no tardamos en sentirnos como en casa.
A la mañana siguiente, el mal tiempo había cedido y
remamos repuestos por la boca norte del río Blanco, el que debe su nombre
a los sedimentos que arrastra desde el volcán Tronador. Al fondo, perdido
entre los recodos, aparece este gigante que alcanza los 3.460 metros de
altitud, convirtiéndolo con ello en la mayor cima de los Andes
Patagónicos. Su arisca cumbre nos muestra descomunales crestas, la
argentina, la chilena y una internacional que parte al macizo en dos. Con
una gruesa capa de hielo que sobrepasa fácilmente los treinta metros de
espesor, acoge a numerosos glaciares, entre los que se cuentan Alerce,
Frías, Casa Pangue, Negro, Castaño y Overo. El desprendimiento constante
de trozos le dan su bien merecido nombre al Tronador.
Repentinamente, un fenómeno curioso nos sorprende,
las aguas color esmeralda del lago al entrar en contacto con las
enturbiadas del Blanco no se mezclan, formando un río de dos colores,
similar al empalme del lejano Amazonas con el Río Negro. También nos
llaman la atención los ulmos
(Eucryphia cordifolia), sobrepasando los cuarenta metros de altura.
Desbordantes de flores blancas tan grandes como copihues se ven
majestuosos entre la bruma matinal, aparecen como los fantasmas de la
selva fría, el bosque siempre verde. De pronto nos encontramos remontando
un rápido y tocamos fondo, el que por la turbiedad del agua ni siquiera
podemos ver, es hora de retomar la ruta.
Es común en estos lagos de altura, que los vientos
provenientes de los cañon es cordilleranos se encajonen y generen oleaje
fuerte por las tardes. Sin embargo, este fenómeno nos sorprende en
magnitud al cruzar el Río Blanco con destino a Peulla, nuestra última
parada. Las olas son tan grandes que cubren por completo las cubiertas de
los kayaks y puedo sentir el corazón latiendo fuerte en la garganta.
Afortunadamente los elementos están de nuestro lado y llegamos
fatigosamente a nuestro destino final. El lago se termina y pierde entre
totorales que se embancan.
Los exploradores Jesuitas siguieron buscando la
mítica Ciudad de los Césares por esta ruta por décadas, pero la
abandonaron en la primera parte del siglo dieciocho debido a la muerte de
numerosos misioneros en Nahuel Huapi, al noroeste. Desde entonces el
trayecto inspirante por Todos los Santos quedó en su estado de abandono
por casi dos centenarios, hasta que los alemanes retomaron el camino a
finales de los años 1800. Tal vez, los españoles no se llevaron una
piedra a casa.
Ricardo Carrasco Stuparich es un
fotógrafo que ha colaborado ampliamente con Americas Magazine, recorriendo
Sudamérica. Además sus trabajos son acogidos en National Geographic, The
New York Times, GeoMundo, entre otras destacadas publicaciones
internacionales.
|