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 texto y fotos por Ricardo Carrasco Stuparich

Dicen que si viajas a un lugar donde quisieras algún día regresar, lleva contigo una piedra. Tenía que escoger una piedra, una buena piedra que atrapara la esencia del lugar y reflejara su geografía, un amuleto que fuese capaz de almacenar en su interior el olor a vegetales recién llovidos y que a su vez, hiciera sentir el viento y el sabor dulce de las aguas de los helechos. Que al mirarla, además, transmitiera la sensación de pureza y libertad de los elementos que la conformaban. Con los pies desnudos caminé por la playa, pisando el agua y la arena, y finalmente la encontré semi-sumergida. Se arrastraba por su áspera superficie un pequeño caracol de agua dulce. Mientras, mi compañero de viaje, empacaba meticulosamente la carga dentro de su kayak.

En el año 1670, un grupo de misioneros Jesuitas salió desde la lluviosa ciudad de Castro, en el sur de Chile, con la idea de encontrar la mítica Ciudad de Los Césares y un paso directo hacia puntos al este y al norte. La ciudad de Los Césares era un legendario lugar alejado de gran riqueza en minerales, fundado por los seguidores de Francisco de César, miembro de la expedición de Río de la Plata del navegante Sebastián Cabot en 1526. Aparentemente, los Jesuitas supusieron que habría mucho trabajo de Dios entre tal grupo de personas -- descendientes de los conquistadores, refugiados europeos, y gente indígena.  El hecho que había oro en la región hizo su trabajo de salvar las almas perdidas aún más atractivo. Estos intrépidos misioneros recorrieron los bosques densos y navegaron las aguas en piraguas sin encontrar la mítica Ciudad de los Césares.  Lo que sí descubrieron fue un enorme lago, al que bautizaron con el nombre de Todos los Santos.

 Más de tres siglos después, mi compañero de aventuras y yo viajamos por la ruta de los Jesuitas, en kayaks, para explorar las fabulosas aguas de color esmeralda. Resulta curioso, pero al zarpar desde Petrohué, un pequeño caserío ubicado en la orilla poniente del lago, nunca imaginamos la real magnitud y esplendor del lugar que nos tocaría recorrer. Todo indicaba que sería una travesía tranquila por un sitio poco explorado, pero no visualizábamos la sorpresa que nos deparaba el lago Todos los Santos y su entorno. Ubicado en medio del parque nacional Vicente Pérez Rosales (el  primero de Chile, establecido en 1926), Todos los Santos hace parte de una cadena de lagos interconectados por pasos montañosos entre Chile y las pampas de Argentina.  Volcánico y glacial, hay 35 kilómetros por recorrer entre Petrohué y nuestro destino Peulla, en el extremo este.

Lentamente dejamos atrás el puerto y nos vamos orillando, acostumbrándonos poco a poco al peso y la disposición de los equipos sobre las embarcaciones. Paulatina e inexplicablemente, el agua comienza a tener un tinte verdoso que alucina a los navegantes, y nos encontramos remando sin darnos cuenta, en un paisaje pintado por Gauguin, donde el cielo es rojizo, las montañas casi negras de verde y el agua color esmeralda. En sectores la transparencia del agua es tal que permite ver grandes troncos perderse en el fondo rocoso, produciendo vértigo. Aturdidos, decidimos bajar una y otra vez para hacer imágenes con lo que el avance se hace muy lento pero provechoso.

Al crepúsculo, armamos la tienda justo en la entrada de la ensenada de Cayutué (seis cráteres), en una playa de arenas blancas y numerosos troncos de coigüe (Nothofagus dombeyi). Erosionados por el agua y el viento incesante, presentan una delicada textura aterciopelada. Este sitio, al resguardo del viento y con espacio para armar campamentos, probablemente fue uno de los lugares donde desembarcaron para refugiarse los primeros grupos de Jesuitas.  Después de tratar de abrir sin éxito una ruta por las montañas, tuvieron que recurrir al agua con rústicas piraguas que les proporcionaron los huilliches o “gente del sur”, los antiguos habitantes de la zona. Desde el occidente, ellos dominaron el área y tenían un cabal conocimiento de la geografía debido a que realizaban un intenso tráfico comercial con los puelches o “gente del este”.

Sentados en la orilla del lago, observando el crepúsculo, remontamos la mente al pasado y nos imaginamos a estos intrépidos Jesuitas en sus rústicas dalcas, canoas hechas de tablas trenzadas y amarradas con lianas, los huilliches guiándoles en la inmensidad con sus ponchos de lana y atavíos de pesca. Los vemos desaparecer entre las confusas brumas de la noche y la historia.

El amanecer nos trae las primeras lluvias de verano y pronto todo está mojado. Salimos de la tienda y miramos una gran pared de vegetales que se abre frente a nuestros ojos, la humedad que emana del bosque es tal que produce grandes nubes que se entremezclan con las quebradas y paredes rocosas, dándole al paraje un irremediable aspecto onírico. Continuamos remando hacia los dientes de la fuerte lluvia austral.

Ya en plena ensenada de Cayutué, nos internamos derechamente en aguas mágicas. El bosque de coigües, olivillos entremezclados con cientos de ulmos y la imponente presencia de los volcanes Puntiagudo y Osorno nos hacen sentir ínfimos. Decidimos descansar a los pies de la Cascada del Encanto, donde los arco iris, farios y perca truchas se reúnen para nadar en aguas recién oxigenadas a comer las semillas e insectos distraídos. Parado en una rama y complementando la armoniosa cadena alimenticia, aparece el sigiloso martín pescador (Ceryle torcuata), el que en picadas cortas pero certeras retira del agua pequeños peces para devorarlos en su posadero. Luego de una ligera merienda algo húmeda, nos distanciamos varios cientos de metros de la orilla para obtener una visión global de las montañas y buscar una playa apta para nuestra segunda noche de campamento. Ahí, en medio de la ensenada, disfrutamos de cascadas de helechos que se precipitan al lago como si fuesen alfombras descolgándose desde la misma cima de los cerros. Preocupados por la cercanía de la noche, decidimos cruzar finalmente la ensenada donde hay una playa amplia, de piedrecillas volcánicas moldeadas por las olas y regada de coigües secos.  El cielo negro profundo alberga millones de estrellas, y en el centro, la constelación de Orión. El cerro Bonete domina el panorama y nos protege del viento.

El día siguiente, lleno de canto de aves y cascadas nos internamos a pie por un sendero, un camino imaginario rodeado por arrayanes de corteza rojiza y sembrado por flores silvestres amarillas que brotan como pequeños espíritus desde el bosque. Nos imaginamos el asombro de los Jesuitas al adentrarse en estas latitudes y también de las dificultades que encontrarían, como el temible liguay o sanguijuela gigante. Nos encontramos con una enroscada en unas piedras que medía cincuenta respetables centímetros.

Identificamos plantas medicinales y yerbas utilizadas por los huilliches. Recojo algunas ramillas para preparar té e infusiones curativas, las que maceramos para refrescar la travesía. Aquí es posible encontrar pilpil voqui (Boquilla trifoliata), la que seguramente emplearon los nativos en los expedicionarios para curar sus afecciones oculares e hinchazón de las picadas de insectos. Los que al caer la tarde, atacan en enjambres. También aparece el quilo o mollaca (Muehlenbeckia thamnifolia), una trepadora del bosque cuyas raíces y hojas probablemente emplearon como diurético. El voqui colorado (Cissus striata) es otra enredadera que es muy abundante en el sur de Chile y su uso medicinal es el de astringente. Su tallo flexible y resistente es empleado además para amarrar cercos y fabricar herramientas. También hay otros usos para las plantas silvestres de la zona, como el deu o matarratones (Coriaria ruscifolia) que tal como su nombre común lo indica, es utilizada hasta la fecha para espantar a los roedores y teñir de negro las telas. También aparece el copihue (Lapageria rosea), una enredadera endémica de Chile con grandes flores de rojo intenso y cuya baya es comestible. También resulta apetitoso el fruto de un arbusto llamado murta o murtilla (Ugni molinae), muy utilizado por los colonos alemanes para fabricar sus dulces tradicionales.

Regresamos a la playa donde debemos rápidamente desarmar el campamento por un vendaval que  forma crestas blancas en las olas en medio del lago. Dificultosamente logramos alejarnos de la playa para seguir remando. Sin embargo, el viento sopla incesante y debemos orillar constantemente para descansar y acomodar las cargas.  Imposibilitados de avanzar rápidamente, nos dedicamos a hurgar cada recodo del sector, y pasamos una noche más en una playa pequeña y muy protegida. Enfrente tenemos una cascada de 300 metros que se descuelga como un fino hilo de metal desde una gran piedra.

Al amanecer, nos toca remar bajo el agua, literalmente, ya que una intensa lluvia no cesa de caer. A ratos nos bajamos de las embarcaciones para descansar pero eso empeora las cosas llenando los kayaks de agua. El paisaje a perdido los colores y navegamos en un mundo de sombras y brumas obscuras. Agotados decidimos atracar en puerto ciruelillo, abrigando la esperanza de ser invitados a pasar y secar nuestra empapada carga en una casa de campo colindante al lago.

Sin darnos cuenta, tenemos enfrente un plato de espaguetis con ají y pan recién amasado, una auténtica delicia. Don Rolando Muñoz vive con su familia en estos solitarios parajes, y nos habla a la luz de una vela del ataque sorpresivo de los pumas al ganado y de sus salidas a cazar jabalíes, corroborando sus aventuras con fotos y restos de colmillos afilados como cuchillos. Es la primera persona en días, con la que podemos charlar y resulta tan amistoso y fraternal que no tardamos en sentirnos como en casa.

A la mañana siguiente, el mal tiempo había cedido y remamos repuestos por la boca norte del río Blanco, el que debe su nombre a los sedimentos que arrastra desde el volcán Tronador. Al fondo, perdido entre los recodos, aparece este gigante que alcanza los 3.460 metros de altitud, convirtiéndolo con ello en la mayor cima de los Andes Patagónicos. Su arisca cumbre nos muestra descomunales crestas, la argentina, la chilena y una internacional que parte al macizo en dos. Con una gruesa capa de hielo que sobrepasa fácilmente los treinta metros de espesor, acoge a numerosos glaciares, entre los que se cuentan Alerce, Frías, Casa Pangue, Negro, Castaño y Overo. El desprendimiento constante de trozos le dan su bien merecido nombre al Tronador.

Repentinamente, un fenómeno curioso nos sorprende, las aguas color esmeralda del lago al entrar en contacto con las enturbiadas del Blanco no se mezclan, formando un río de dos colores, similar al empalme del lejano Amazonas con el Río Negro. También nos llaman la atención los ulmos (Eucryphia cordifolia), sobrepasando los cuarenta metros de altura. Desbordantes de flores blancas tan grandes como copihues se ven majestuosos entre la bruma matinal, aparecen como los fantasmas de la selva fría, el bosque siempre verde. De pronto nos encontramos remontando un rápido y tocamos fondo, el que por la turbiedad del agua ni siquiera podemos ver, es hora de retomar la ruta.

Es común en estos lagos de altura, que los vientos provenientes de los cañones cordilleranos se encajonen y generen oleaje fuerte por las tardes. Sin embargo, este fenómeno nos sorprende en magnitud al cruzar el Río Blanco con destino a Peulla, nuestra última parada. Las olas son tan grandes que cubren por completo las cubiertas de los kayaks y puedo sentir el corazón latiendo fuerte en la garganta. Afortunadamente los elementos están de nuestro lado y llegamos fatigosamente a nuestro destino final. El lago se termina y pierde entre totorales que se embancan.

Los exploradores Jesuitas siguieron buscando la mítica Ciudad de los Césares por esta ruta por décadas, pero la abandonaron en la primera parte del siglo dieciocho debido a la muerte de numerosos misioneros en Nahuel Huapi, al noroeste. Desde entonces el trayecto inspirante por Todos los Santos quedó en su estado de abandono por casi dos centenarios, hasta que los alemanes retomaron el camino a finales de los años 1800. Tal vez, los españoles  no se llevaron una piedra a casa.

 

 

Ricardo Carrasco Stuparich es un fotógrafo que ha colaborado ampliamente con Americas Magazine, recorriendo Sudamérica. Además sus trabajos son acogidos en National Geographic, The New York Times, GeoMundo, entre otras destacadas publicaciones internacionales.

 

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