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“En
Europa es difícil encontrar lugares prístinos con tal belleza y
simplicidad como los que hay en Sudamérica,” comentaba Max Müller, un
enfático turista alemán. Los demás visitantes asentían, conversando
animadamente entre ellos sobre la impresionante belleza del Parque Pumalín
- tierras vírgenes y lejanas de Sudamérica - hoy favorablemente protegidas
después de más de 5 años de espera y desconfianza política en Chile.
Esta fue una de las tantas conversaciones
entretenidas que disfrutamos durante nuestra estadía en Caleta Gonzalo, un
refugio ecológico de lujo en el Parque Pumalín, tierras que pertenecen al
famoso magnate norteamericano, Douglas Tompkins.
Tompkins es dueño de más de 300 mil hectáreas de
extensión, que actualmente constituyen el parque privado más grande de
Chile. Colmado de especies nativas y de gran valor patrimonial, este
lugar reúne glaciares junto a densa selva, volcanes próximos al mar, ríos
y cascadas en medio de fiordos impenetrables, y extensas planicies de
nieve.
Durante los años de la formación del parque, el
radical ecologista tuvo que enfrentar muchísima oposición. Algunas tesis
que se manejaban a nivel popular en el país, intentaban desacreditar la
iniciativa del propietario. Indicaban que las 300 mil hectáreas serían
utilizadas como bases estratégicas americanas que contarían, entre otras
dotes, con cápsulas subterráneas donde sería posible esconder
tranquilamente un ejército armado.

El problema radica en que estas tierras se extienden
desde el Pacífico hasta casi alcanzar la cordillera de los Andes,
prácticamente dividiendo a Chile en dos. Por otra parte, la industria
salmonera de la zona también se ha manifestado en contra del plan Pumalín,
ya que Tompkins no permite la instalación de empresas del rubro, por no
considerarlas “ecológicamente sustentables”. Como si lo anterior fuera
poco, también ha tenido que enfrentar más de una demanda por parte de
colonizadores en este austral latifundio, quienes aseguran haber sido
intimidados -a través de abogados- para vender y desocupar sus tierras
deseadas para el santuario de la naturaleza “Pumalín”.
Estas graves acusaciones han sido desmentidas por
Tompkins. Independientemente de la gran cantidad de inconvenientes que ha
sobrellevado este amante de la naturaleza y seguidor del radical
conservacionismo “deep ecology” (ecología profunda), el estado
chileno aprobó la creación del santuario y una fundación cuyo directorio
está compuesto por personalidades de diversos ámbitos sociales de Chile.
Con estos antecedentes, recopilados antes de
emprender el viaje, nos invadió la curiosidad por conocer este afamado
parque chileno y, de paso, comprobar o desmentir las habladurías y los
informes de prensa suscitados por el polémico millonario y su parque.
Comprobamos que en Pumalín no había trincheras, y
menos que este austral país estaba dividido en dos. Quizás, la imaginación
de personas que están en contra de proyectos de conservación de espacios
ecosistémicos está sobre dimensionada. Lo cierto es que, dejando los
rumores y comentarios de lado, el viaje fue inolvidable.
Motivados por aprovechar al máximo la estadía en el
parque, comenzamos a caminar por las tierras del Pumalín, una gran
extensión de tierra casi intacta de flora y fauna en estas lejanas tierras
sudamericanas. El lugar apenas comienza a ser explorado y difundido
internacionalmente, lo que lo hace aún más atractivo para los intrépidos
aventureros. Ansiosos por conocer la extensa zona, nos reunimos a
planificar el emocionante itinerario.
Decidimos
comenzar la exploración vía acuática, para lo cual nos dirigimos al norte
y arrendamos un yate en Hornopirén para empezar a descubrir el enclave
natural. Con una confortable embarcación de nombre “Cahuella”
incursionamos en los canales que colindan con el reducto vegetal.
Zarpamos con rumbo al sur, navegando a través del canal Comau con
dirección hacia el maravilloso fiordo Quintupeu. El tramo tardó un par de
horas, y aprovechamos para charlar y tomarnos un buen café. El oleaje
suave nos permitió navegar bordeando las tupidas serranías que se iban
mostrando a medida que íbamos avanzando. Lentamente, nuestras mentes se
despejaron y nuestros pulmones se llenaron de aire puro.
Después de unos minutos de navegación, llegamos a
presenciar el espectáculo del día protagonizado por los lobos de mar que
se encontraban dispersos y retozando al sol. Fue maravilloso ver a estos
mamíferos entre bosques de canelos y arrayanes. Finalmente llegamos a un
peñón rocoso, donde tendidos al sol, retozaban más de cien lobos. Como el
único modo de acercárseles es desde el agua, el capitán del yate ejecutó
algunas maniobras para lograr buenas fotos aproximándose a escasos metros
de la orilla, lo que causó un gran alboroto en los machos protectores.

Continuamos nuestro viaje hasta surcar el fiordo
Cahuelmó, también circunscrito dentro de los límites del Pumalín. Llegamos
a las aguas termales que surgían de las rocas al final del canal. A pocos
metros del lugar dejamos la embarcación y abordamos un ¨zodiac¨, lancha
rápida y apta para navegar en aguas poco profundas. Arribamos a las tibias
piletas minerales donde nos relajamos por largo rato, disfrutando de los
olores y sonidos de las aves de la selva y de la maravillosa soledad del
lugar. Fue toda una terapia previa que nos preparó para los próximos días
en que nuestros pies quedarían algo maltratados por el trekking entre los
extensos senderos del Pumalín.
Una vez sumergidos en los pozones de agua caliente,
distendidos por el follaje y la maravillosa apacibilidad del lugar,
conversamos con Britt, el propietario del yate. Con su acento un poco
agringado, nos narró la historia de por qué nombró “Cahuella” a su
embarcación. “El Caleuche, barco mitológico que según los habitantes de la
zona surca las aguas chilotas, tenía dos delfines guías: el Cahuel y la
Cahuella, y nos pareció muy bonito llamarle de esa forma ya que fue
totalmente construida a mano por artesanos chilotes,” señaló.
Luego de intercambiar opiniones sobre la
controvertida iniciativa ecológica del parque con nuestros compañeros de
viaje, decidimos empezar el deseado trekking a través de los senderos. El
elegido fue la huella Cahuelmó, la que recorrimos cerca de cinco
kilómetros hasta llegar a la impresionante Laguna Abascal, rodeada de
densa vegetación como laureles, lumas, coihues, cedros y quilas. Llegamos
a la laguna, nuevamente nos maravillamos de las bondades del lugar, y
decidimos finalmente regresar al refugio en Caleta Gonzalo.
Después
de una reconfortable noche en las cabañas construidas al estilo rústico,
el canto matinal del Chucao -ave típica de los bosques sureños y de
hermoso trino- nos despertó recordándonos que estábamos exactamente en el
paraíso.
Comenzamos a preparar nuestro equipo. Nos pusimos
zapatos apropiados para escalar y caminar por senderos fangosos durante
varias horas. Llevábamos una cantimplora vacía al principio, ya que
abundaba el agua limpia y fresca. Comenzamos por el sendero “Tronador”,
el cual cruza los rápidos de éste río hacia la cima de los cerros para
llegar a una laguna. Al igual que las otras huellas, tiene acceso desde
la misma carretera y una excelente demarcación con flechas que indican el
sendero. Los puentes colgantes están construidos con la propia madera que
el bosque arroja.
A poco andar, nos encontramos con unos trabajadores
del vergel con quienes conversamos sobre las bondades de un ecosistema
pródigo en gran variedad de especies de árboles como tepas, coigües,
arrayanes y olivillos, entre otros. Ellos nos informaron que el bosque de
alerces, una especie declarada monumento nacional, y los bosques de ñirre
y lenga en las alturas, son de gran importancia. Otro punto destacable,
según nuestros desconocidos amigos, es la gran cantidad de animales que
deambulan libremente en la zona y donde la intervención del hombre es
mínima. Entre ellos se destacan el coipo, el huillín, el
pudú (el ciervo más pequeño del mundo) y una amplia variedad de aves
que trinan tan fuerte como para hacer retumbar el eco entre los inmensos
árboles.

Dejamos atrás la instructiva charla y nos dirigimos
hacia el sendero “Cascadas Escondidas”, un poco más al sur de la huella
“Tronador”. Después de cruzar un puente de troncos, comenzamos a descender
por una abrupta escalinata que zigzagueaba adherida a las rocas. Los
helechos y plantas trepadoras lo habían conquistado todo. Nada es
desperdiciado, y hasta el más recóndito rincón está colonizado por musgos,
líquenes, enredaderas y hongos.
A medida que descendíamos, el sonido cada vez más
cercano del agua nos recordaba que estábamos bajando hacia un cañón, pero
la vegetación era tan compacta que sólo teníamos una visión de veinte
metros. Terminamos en un gran pozo de aguas translúcidas, alimentado de
numerosos arroyos. De pronto, una fina neblina nos hizo levantar la cabeza
y ver dos cascadas cayendo hacia una gran cuenca. La rociada humedeció
todo alrededor, permitiéndonos apreciar las grandes y resistentes telas
que tejen las arañas del bosque entre las ramas y los troncos de los
centenarios árboles nativos. El espectáculo fue sobrecogedor.
Agotados por la extensa y emocionante caminata del
día, decidimos regresar temprano para que la noche no nos atrapara en
medio de la selva. Allí, donde la ausencia de sendas demostraba la escasa
exploración y explotación de la región, y donde la vegetación era tan
tupida y sombría, era difícil distinguir el camino indicado para ir al
refugio. Pero logramos regresar, y un plato de exquisitos mariscos
extraídos de las bondadosas aguas del mar que bordeaba el parque, nos
esperaba.

En el último día de viaje, optamos por seguir nuestra
jornada en el sendero “Los Alerces”, el más impresionante de todos por sus
especies arbóreas milenarias. ¡Algunas de ellas tenían 3 mil años de
vida! Sin duda, era un lujo poder apreciar estos gigantescos árboles,
declarados especies en peligro de extinción y protegidos por ley en
Chile. Son estos paisajes, precisamente, los que perfilan a Pumalín como
uno de los atractivos de aventura más destacados.
Ahora podemos corroborar la declaración de aquel
turista alemán. Definitivamente, es difícil encontrar en otras partes la
belleza y simplicidad que hay en los paisajes de Sudamérica. El Parque
Pumalín lo confirma.
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P arque Pumalín
www.parquepumalin.cl
Es excelente. Incluye datos y horarios para transporte, contactos para
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