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Texto: Evelyn Arriagada

Fotos: Ricardo Carrasco Stuparich

 

“En Europa es difícil encontrar lugares prístinos con tal belleza y simplicidad como los que hay en Sudamérica,” comentaba Max Müller, un enfático turista alemán.  Los demás visitantes asentían, conversando animadamente entre ellos sobre la impresionante belleza del Parque Pumalín - tierras vírgenes y lejanas de Sudamérica - hoy favorablemente protegidas después de más de 5 años de espera y desconfianza política en Chile.

Esta fue una de las tantas conversaciones entretenidas que disfrutamos durante nuestra estadía en Caleta Gonzalo, un refugio ecológico de lujo en el Parque Pumalín, tierras que pertenecen al famoso magnate norteamericano, Douglas Tompkins.

Tompkins es dueño de más de 300 mil hectáreas de extensión, que actualmente constituyen el parque privado más grande de Chile.  Colmado de especies nativas y de gran valor patrimonial, este lugar reúne glaciares junto a densa selva, volcanes próximos al mar, ríos y cascadas en medio de fiordos impenetrables, y extensas planicies de nieve. 

Durante los años de la formación del parque, el radical ecologista tuvo que enfrentar muchísima oposición. Algunas tesis que se manejaban a nivel popular en el país, intentaban desacreditar la iniciativa del propietario.  Indicaban que las 300 mil hectáreas serían utilizadas como bases estratégicas americanas que contarían, entre otras dotes, con cápsulas subterráneas donde sería posible esconder tranquilamente un ejército armado.

El problema radica en que estas tierras se extienden desde el Pacífico hasta casi alcanzar la cordillera de los Andes, prácticamente dividiendo a Chile en dos. Por otra parte, la industria salmonera de la zona también se ha manifestado en contra del plan Pumalín, ya que Tompkins no permite la instalación de empresas del rubro, por no considerarlas “ecológicamente sustentables”. Como si lo anterior fuera poco, también ha tenido que enfrentar más de una demanda por parte de colonizadores en este austral latifundio, quienes aseguran haber sido intimidados -a través de abogados- para vender y desocupar sus tierras deseadas para el santuario de la naturaleza “Pumalín”.

Estas graves acusaciones han sido desmentidas por Tompkins. Independientemente de la gran cantidad de inconvenientes que ha sobrellevado este amante de la naturaleza y seguidor del radical conservacionismo “deep ecology” (ecología profunda), el estado chileno aprobó la creación del santuario y una fundación cuyo directorio está compuesto por personalidades de diversos ámbitos sociales de Chile.

Con estos antecedentes, recopilados antes de emprender el viaje, nos invadió la curiosidad por conocer este afamado parque chileno y, de paso, comprobar o desmentir las habladurías y los informes de prensa suscitados por el polémico millonario y su parque. 

Comprobamos que en Pumalín no había trincheras, y menos que este austral país estaba dividido en dos. Quizás, la imaginación de personas que están en contra de proyectos de conservación de espacios ecosistémicos está sobre dimensionada. Lo cierto es que, dejando los rumores y  comentarios de lado, el viaje fue inolvidable.

Motivados por aprovechar al máximo la estadía en el parque, comenzamos a caminar por las tierras del Pumalín, una gran extensión de tierra casi intacta de flora y fauna en estas lejanas tierras sudamericanas. El lugar apenas comienza a ser explorado y difundido internacionalmente, lo que lo hace aún más atractivo para los intrépidos aventureros.  Ansiosos por conocer la extensa zona, nos reunimos a planificar el emocionante itinerario.

Decidimos comenzar la exploración vía acuática, para lo cual nos dirigimos al norte y arrendamos un yate en Hornopirén para empezar a descubrir el enclave natural. Con una confortable embarcación de nombre “Cahuella” incursionamos en los canales que colindan con el reducto vegetal.  Zarpamos con rumbo al sur, navegando a través del canal Comau con dirección hacia el maravilloso fiordo Quintupeu. El tramo tardó un par de horas, y aprovechamos para charlar y tomarnos un buen café. El oleaje suave nos permitió navegar bordeando las tupidas serranías que se iban mostrando a medida que íbamos avanzando. Lentamente, nuestras mentes se despejaron y nuestros pulmones se llenaron de aire puro.

Después de unos minutos de navegación, llegamos a presenciar el espectáculo del día protagonizado por los lobos de mar que se encontraban dispersos y retozando al sol.  Fue maravilloso ver a estos mamíferos entre bosques de canelos y arrayanes. Finalmente llegamos a un peñón rocoso, donde tendidos al sol, retozaban más de cien lobos. Como el único modo de acercárseles es desde el agua, el capitán del yate ejecutó algunas maniobras para lograr buenas fotos aproximándose a escasos metros de la orilla, lo que causó un gran alboroto en los machos protectores.

Continuamos nuestro viaje hasta surcar el fiordo Cahuelmó, también circunscrito dentro de los límites del Pumalín. Llegamos a las aguas termales que surgían de las rocas al final del canal. A pocos metros del lugar dejamos la embarcación y abordamos un ¨zodiac¨, lancha rápida y apta para navegar en aguas poco profundas. Arribamos a las tibias piletas minerales donde nos relajamos por largo rato, disfrutando de los olores y sonidos de las aves de la selva y de la maravillosa soledad del lugar. Fue toda una terapia previa que nos preparó para los próximos días en que nuestros pies quedarían algo maltratados por el trekking entre los extensos senderos del Pumalín.

Una vez sumergidos en los pozones de agua caliente, distendidos por el follaje y la maravillosa apacibilidad del lugar, conversamos con Britt, el propietario del yate. Con su acento un poco agringado, nos narró la historia de por qué nombró “Cahuella” a su embarcación. “El Caleuche, barco mitológico que según los habitantes de la zona surca las aguas chilotas, tenía dos delfines guías: el Cahuel y la Cahuella, y nos pareció muy bonito llamarle de esa forma ya que fue totalmente construida a mano  por artesanos chilotes,” señaló.

Luego de intercambiar opiniones sobre la controvertida iniciativa ecológica del parque con nuestros compañeros de viaje, decidimos empezar el deseado trekking a través de los senderos. El elegido fue la huella Cahuelmó, la que recorrimos cerca de cinco kilómetros hasta llegar a la impresionante Laguna Abascal, rodeada de densa vegetación como laureles, lumas, coihues, cedros y quilas.  Llegamos a la laguna, nuevamente nos maravillamos de las bondades del lugar, y decidimos finalmente regresar al refugio en Caleta Gonzalo.

Después de una reconfortable noche en las cabañas construidas al estilo rústico, el canto matinal del Chucao -ave típica de los bosques sureños y de hermoso trino- nos despertó recordándonos que estábamos exactamente en el paraíso.

Comenzamos a preparar nuestro equipo.  Nos pusimos zapatos apropiados para escalar y caminar por senderos fangosos durante varias horas.  Llevábamos una cantimplora vacía al principio, ya que abundaba el agua limpia y fresca.  Comenzamos por el sendero “Tronador”, el cual cruza los rápidos de éste río hacia la cima de los cerros para llegar a una laguna.  Al igual que las otras huellas, tiene acceso desde la misma carretera y una excelente demarcación con flechas que indican el sendero.  Los puentes colgantes están construidos con la propia madera que el bosque arroja.

A poco andar, nos encontramos con unos trabajadores del vergel con quienes conversamos sobre las bondades de un ecosistema pródigo en gran variedad de especies de árboles como tepas, coigües, arrayanes y olivillos, entre otros.  Ellos nos informaron que el bosque de alerces, una especie declarada monumento nacional, y los bosques de ñirre y lenga en las alturas, son de gran importancia. Otro punto destacable, según nuestros desconocidos amigos, es la gran cantidad de animales que deambulan libremente en la zona y donde la intervención del hombre es mínima. Entre ellos se destacan el coipo, el huillín, el pudú (el ciervo más pequeño del mundo) y una amplia variedad de aves que trinan tan fuerte como para hacer retumbar el eco entre los inmensos árboles.

Dejamos atrás la instructiva charla y nos dirigimos hacia el sendero “Cascadas Escondidas”,  un poco más al sur de la huella “Tronador”. Después de cruzar un puente de troncos, comenzamos a descender por una abrupta escalinata que zigzagueaba adherida a las rocas.  Los helechos y plantas trepadoras lo habían conquistado todo.  Nada es desperdiciado, y hasta el más recóndito rincón está colonizado por musgos, líquenes, enredaderas y hongos.

A medida que descendíamos, el sonido cada vez más cercano del agua nos recordaba que estábamos bajando hacia un cañón, pero la vegetación era tan compacta que sólo teníamos una visión de veinte metros. Terminamos en un gran pozo de aguas translúcidas, alimentado de numerosos arroyos. De pronto, una fina neblina nos hizo levantar la cabeza y ver dos cascadas cayendo hacia una gran cuenca.  La rociada humedeció todo alrededor, permitiéndonos apreciar las grandes y resistentes telas que tejen las arañas del bosque entre las ramas y los troncos de los centenarios árboles nativos. El espectáculo fue sobrecogedor.

Agotados por la extensa y emocionante caminata del día, decidimos regresar temprano para que la noche no nos atrapara en medio de la selva. Allí, donde la ausencia de sendas demostraba la escasa exploración y explotación de la región, y donde la vegetación era tan tupida y sombría, era difícil distinguir el camino indicado para ir al refugio. Pero logramos regresar, y un  plato de exquisitos mariscos extraídos de las bondadosas aguas del mar que bordeaba el parque, nos esperaba.

En el último día de viaje, optamos por seguir nuestra jornada en el sendero “Los Alerces”, el más impresionante de todos por sus especies arbóreas milenarias.  ¡Algunas de ellas tenían 3 mil años de vida!  Sin duda, era un lujo poder apreciar estos gigantescos árboles, declarados especies en peligro de extinción y protegidos por ley en Chile.  Son estos paisajes, precisamente, los que perfilan a Pumalín como uno de los atractivos de aventura más destacados.

Ahora podemos corroborar la declaración de aquel turista alemán.  Definitivamente, es difícil encontrar en otras partes la belleza y simplicidad que hay en los paisajes de Sudamérica.  El Parque Pumalín lo confirma.

 

 

Parque Pumalín www.parquepumalin.cl         

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