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Había llovido en La Paz y la humedad parecía
haberse refugiado en la habitación 715 del Hotel “Continental”. Desde mi
llegada a Bolivia este pequeño cuarto me había servido de refugio para
dejar grabadas en mi cuaderno de viajes todas las experiencias vividas
antes de acostarme.
Era viernes por la tarde. Acababa de llegar de
pasear por la ciudad y estaba muy cansada. Mientras observaba las gotas
de lluvia serpentear por mi ventana, sonó el teléfono. Era Luis. Le
había conocido esa misma mañana, mientras observaba la Plaza Murillo.
Surgió una agradable conversación entre ambos y ahora me estaba
invitando a salir por la noche.
Había leído que los viernes en La Paz son sagrados
y todos salen hasta el amanecer. Así que acepté la invitación.
Luis, era alto, delgado y tenia unos preciosos ojos
negros. Iba de gala para la ocasión. Yo, en cambio, había olvidado
incluir en mi equipaje ropa adecuada para estas situaciones, así que
hice uso de lo que tenía: pantalón de algodón, camiseta y chamarra
impermeable. ¡Qué elegante!
Luis había quedado de encontrarse con sus amigos en
la puerta del Forum, la discoteca más grande de La Paz, situada en la
Calle Sanjinés. Dentro pudimos conseguir una mesa donde acomodarnos los
once que ahora éramos. Luis y otros dos chicos se fueron a barra y
trajeron unas jarras inmensas de chufaly,
el aguardiente local con Sprite. La verdad es que estaba delicioso, así
que no protesté por la autarquía. Poco a poco, la pista se empezó a
llenar de gente. Yo tenía pensado permanecer en el cómodo sofá donde
estaba sentada, pero estaba claro que ese no era mi destino. Uno de los
amigos de Luis me preguntó si quería bailar con él, y sin darme casi
tiempo para responder, me tomó la mano y, a tirones, me llevó hasta
donde estaban los demás. Allí bailamos sin cesar hasta estar casi
exhaustos.
Era casi la una de la madrugada cuando salimos de
esa discoteca y nos fuimos a “El Ojo de Agua”, un local que si bien al
principio no resulta muy atractivo, en cuanto te sumerges en el
ambiente, ya no quieres salir de ahí.
Cuando estábamos atravesando la pista central para
llegar a nuestro objetivo, alguien por detrás me tomó del brazo y me
“adoptó” como pareja de baile. ¡Otra vez estaba en movimiento!. Aunque
no había mucha luz, pude observar que mi “secuestrador” llevaba un
pantalón y un chaleco típicos del campo. A nuestra derecha, un grupo de
siete hombres, ataviados como él, tocaban casi en éxtasis tambores,
charangos, quenas, zampoñas y otros instrumentos andinos. ¡La música era
prodigiosa!. Por primera vez, y quizás ayudada por el
chufaly ingerido
anteriormente, no sentí vergüenza al bailar.
Cuando se acabó la canción, mi compañero me dio las
gracias y yo me fui a reunir con los demás. Luis me alcanzó un vaso de
chicha morada (un licor de maíz morado macerado), que yo agradecí
bastante después de los brincos pegados en la pista. De repente observé
que había varios cuencos con unas hojas verdes de coca. Luis, al ver mi
cara de sorpresa, me invitó a probar. Inicialmente me sentía un poco
extraña, pero al poco rato comencé a saborear el jugo que de ellas
fluye. Estas hojas son una parte de la vida diaria en Bolivia. La
gente cree que ayuda en minimizar los efectos de la altura y además,
ayuda a mantenerse despierto y a no sentir hambre.
Permanecimos en este lugar por unas dos o tres
horas más. Bailé mucho, como nunca había hecho, y me impregné del bello
sonido que salía de los instrumentos.
De nuevo estaba en la habitación 715. Mi inquilino
ya se había marchado, así como las serpientes habían desaparecido de la
ventana. Tomé mi boli y mi cuaderno y me puse a escribir.
De pronto, eran las doce del medio día. Yo estaba
tumbada sobre las sabanas blancas de la cama. En mi mente aun repicaba
la música de la noche anterior. Mi cuaderno de viajes estaba sobre la
mesa y junto a él, mi boli. La página de ayer estaba en blanco. ¿Habría
sido todo un sueño?
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