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por Rolly Valdivia Chávez

 

La noche se acerca con lentitud, como si ese sol escarlata huyera de Lima, absorbido por las brumas anaranjadas del horizonte del mar Pacífico Sur.  Al fin despiertan los ciudadanos de la noche, quienes, alegres, optimistas, tal vez ansiosos, empiezan su festivo peregrinaje a Barranco, un pequeñísimo distrito limeño con cara al mar y aire de nostalgia.

Tras la muerte diaria del sol, se desentiende de su quietud de barrio antiguo de casonas republicanas, para dejarse seducir por las luces psicodélicas y la música estridente. Barranco se llena de agitación y sufre de insomnio mientras la noche se alarga entre brindis en un barcito polvoriento donde nunca falta un poeta que busca a la inspiración en las botellas de cerveza; y los bailes peruanos exultantes en una peña.

Llegamos al distrito de Barranco tras un azaroso viaje de 30 minutos en una “combi asesina”, nombre con el que los sufridos pasajeros limeños, han bautizado a las unidades de transporte público.  Felizmente arribamos sanitos, con las ganas intactas de juerguear y un hambre galopante que se incrementa al oler los sugestivos aromas provenientes de unas parrillas calurosas.  Guiados por el olfato, llegamos a una feria de comida criolla que todos los fines de semana abre el apetito a los “devotos de la noche”. “Previo a los traguitos, siempre caen bien unos anticuchos”, son las palabras de mi compañero de farra, antes de abocarse -con ímpetu digno de mejor causa- a devorar las exquisitas brochetas de corazón de res, acompañadas de papitas, choclo y ají (chile picante).

Bien fortificados para la noche, abandonamos la feria, para echarle una miradita al mar cubierto de oscuridad. Pasos sin prisa, observando con detenimiento a las chicas emperifolladas, envidiando a los melosos enamorados que se compran flores y caminan por el romántico Puente de los Suspiros.

Claro, por qué Barranco no es sólo fiesta, también hay espacio para el romanticismo. Muchas parejas van y vienen por ese puentecito de madera estratégicamente mal iluminado. Debajo del puente hay restaurantes, bares y pubs--espacios acogedores, donde se puede beber una cerveza heladita, un buen vino o tal vez hasta un pisco sour, esa fabulosa combinación del peruanísimo pisco –aguardiente puro de mosto de uva- con huevo batido, canela, limón y hielo.

“Iremos otro día”, ordena mi acompañante, quien ya elaboró un itinerario: “Primero al Juanito –un bar emblemático, viejo, tal vez hasta vetusto, preciso para calentar motores y tener una buena tertulia, luego al Tayta –un pub ensombrecido en el que siempre hay un “trovador” dispuesto a recordar lo mejor del rock en español, y a la Candelaria- una peña que ofrece la danza y música tradicional.

Cruzamos la pista para conquistar el Juanito con sus volutas de humo, sus mesas de fórmica, su bullicio y su olor a cerveza y a butifarra (emparedado de jamón y salsa de cebolla con limón).

“Las primeras son mías”, propongo; luego, le pido al mozo utilizando la muy bien surtida jeringa (jerga) limeña: “mosaico” (mozo), digo con autoridad, “tráigame un par de chelitas bien heladio reyes” (cervezas bien heladas). La fórmula surte efectos. “¡Salud, seco y volteado!”. Refrescante amargor. La noche se vuelve de espuma.

Tragos van tragos vienen. Salud, salud y salud. La cerveza hermana, compañero... y brindamos con poetas, con filósofos, con artistas populares, con un par de chicas de ojos verdes que apenas si hablan algo de español; pero la estancia no se prolonga demasiado, hay que seguir con el riguroso itinerario. El Tayta nos espera.

Otra vez a la calle. A la locura de gente que busca diversión. La música se escapa de los bares y discotecas, para entremeterse en el trajinado Boulevard que está cerrado al tránsito vehicular.

Llegamos al Tayta (palabra quechua que significa papá).  Un hombrecillo pelucón y de barbita rala, empuña una guitarra y canta “En algún lugar de un gran país, olvidaron construir un lugar donde no queme el sol y que al nacer no haya que morir”.  Y todos corean, todos brindan a los lejos con el músico, mientras que en el bar se destapan botellas y se preparan tragos de mil colores. La Candelaria es la próxima estación.

Aquí escuchamos ritmos del Perú. De la costa, la sierra y la selva. Valsecitos criollos de las jaranas de antaño, en las que el anfitrión escondía la llave, para evitar la fuga de los invitados; marinera norteña, danza galante y enamoradora, huaylas de la sierra central con su zapateo incesante, festejos de arrebatados movimientos de raíces negras y la alegre marcialidad los sikuris y zampoñeros del altiplano.

La música te arrastra. Baila el Perú en la Candelaria, una de las tantas peñas que hay en Barranco. Diversión al máximo. Hombres y mujeres con las manos entrelazadas para formar una ronda, como esas que se crean en las alturas andinas, cuando el pueblo está de fiesta, celebrando la cosecha o agradeciendo los favores de su santo patrón, de su virgencita adorada.  Cuerpos sudorosos. Bebida refrescante. “Vamonos,” trato de convencer a mí ya mareado “compinche”; pero es difícil abandonar tanta alegría. Afuera retorna la luz. Barranco es otra vez un barrio sosegado de casonas monumentales.

 

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