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by Sergi Reboredo

 

Tal vez todo pueblo tiene una vida oculta, un lado que conocen muy pocos viajeros y que representa la vida cotidiana que comienza con la ida del último visitante, o con la llegada del primero.  San Bartolo Coyotepec es un lindo pueblo situado a 15 kilómetros al sur de Oaxaca, México.  Se destaca y es conocido principalmente por sus piezas de barro de color negro; pero lo que mucha gente desconoce de sus habitantes es su gran afición al voleibol. Cada día al caer la tarde, y una vez finalizado el duro trabajo de moldear y cocer la cerámica, muchos se reúnen en una de las calles sin asfaltar para jugar un intenso partido de voleibol en una cancha improvisada.

El nombre de este pueblo proviene de los vocablos nahuatl "coyotl", coyote; y  "tepec", cerro.  El poblado San Bartolo de Coyotepec se encuentra en plena zona zapoteca, pero el nombre en nahuatl se debe a que los aztecas dominaron la zona antes de la conquista de los españoles. San Bartolo es el santo patrón de la localidad.  De allí nace la otra parte del nombre.

Era un día soleado y yo me encontraba en el bullicioso mercado de artesanías intentando encontrar algún souvenir para sorprender a mis amigos en España. Las figuras eran realmente bellas, pues el acabado se logra mediante un procedimiento secreto guardado de padres a hijos y aplicado durante la cocción de la cerámica. Estos mismos creadores de arte eran los encargados de enseñarnos y vendernos sus obras, y no les fue muy difícil convencerme para que me llevara varios de sus jarrones.

Una vez acabada la visita del mercado, decidí profundizarme en el pueblo para ver cómo era realmente la gente. Las casas, fabricadas de piedra y de una sola planta en la mayoría de casos, alineaban las calles polvorientas y escondían jardines traseros llenos de las piezas de barro cocidas por la mañana. La leña amontonada al lado del gran horno, los niños correteando detrás de las gallinas, un par de caballos atados a un árbol- todo era armonía y sencillez. A lo lejos de la calle en que me encontraba, podía ver a unos chicos jugando. Al principio presupuse que se trataba de un partido de fútbol callejero, pero poco a poco, conforme me iba acercando, empecé a ver la red, y supe entonces que era un partido de volei-calle.

La red, atada transversalmente de casa a casa dividía a los chicos en dos equipos. El suelo de arena, con uno que otro charco, y las camisetas de más de uno embarradas, hacían suponer que el partido iba en serio. El ambiente de competencia y emoción se respiraba. Si en España el deporte rey es el fútbol, allí lo es el voleibol. Era un partido a tres sets, y los perdedores tendrían que pagar las cervezas. La infraestructura era improvisada, pero el partido no era nada esporádico. “Nos reunimos cada tarde para jugar el partido,” me contó un jugador. Yo ya lo había intuido por la calidad del juego. Durante más de una hora estuve tomando instantáneas, hasta que Claudio recibió un pase cerca de la red y cambió el juego hacia el lado contrario.  Alfonso, quien venía desde atrás, remató. Llegó el final del partido y habían ganado dos sets a uno.  Ahora era el momento de refrescarse con una cerveza helada.

Estaba invitado a la fiesta, ya que era el único reportero que había tomado interés en su juego, y nos dirigimos a lo que ellos llamaban “bar”. Era una planta baja, que pertenecía a Luis, uno de los jugadores del equipo perdedor. Una habitación de no más de 30 m cuadrados, en la que sólo había una nevera y una mesa de plástico con siete u ocho sillas, era suficiente para poder charlar y jugar unas partidas a cartas, cuando el tiempo les impedía jugar al voleibol. De la pared colgaban dos pósters; uno de una actriz americana semi-desnuda y otro de un surfista en la playa de Puerto Escondido. La luz, colocada de forma que alumbraba la mesa, era una simple bombilla sostenida por el cable que la mantenía viva.

Una vez contestado el bombardeo de preguntas sobre España, conocí un poco a cada uno de ellos.  Todos, menos Ernesto, quien ayudaba a su padre en el campo, trabajaban dentro de la industria del barro negro. Casi todas las familias tenían un horno donde cocer el barro, y algunos incluso presumían de haber creado moldes con diseños propios. Otros simplemente trabajaban cada día en las pequeñas tiendas que estaban repartidas en las inmediaciones del ayuntamiento, vendiendo el barro que el día anterior habían elaborado sus hermanos. Es un negocio duro -se trabaja siete días a la semana- y rara vez tenían vacaciones.

El único desahogo del día, me comenta Claudio, “es esperar a que lleguen las seis de la tarde, que no llueva, y poder jugar nuestro partido de voleibol.”

 

 

 

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