
Esta bella joven se mece llena de anhelos y esperanzas
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Durante el mes de Noviembre,
el colonial pueblo de Totora se transforma en una colorida fiesta, donde
cientos de personas llevan a cabo la celebración de los columpios de San
Andrés, quizás, la tradición más original de Bolivia. Una vez al año,
los habitantes del poblado se reúnen a despedir las almas de sus deudos
que han bajado desde las montañas y a festejar la juventud de las
mujeres que buscan novio. Para ello, disponen gigantescos columpios en
las calles adoquinadas, los adornan y se lanzan a festejar por varios
días.
Dentro del bus en que viajo me
acompañan innumerables campesinas de llamativa vestimenta, hablan entre
ellas en quechua y aunque puedo distinguir algunas palabras, el paisaje
por la ventanilla distrae mi atención. De colorido ocre, con sus
pequeñas casas de barro regadas por lomajes, irremediablemente me evocan
los parajes de Chile central. Abruptamente, mi mente regresa a Bolivia
ya que el camino por donde corre nuestro micro se transforma en una
rústica senda adoquinada, haciendo brincar a los ocupantes de un lado a
otro.
Después de cinco traqueteadas
horas desde Cochabamba, arribamos con la luz del ocaso a Totora, pequeño
poblado conocido por su arquitectura colonial. Al bajarme, camino por
una angosta calle donde encuentro sentada en su pequeño almacén a la
señora Olimpia Alba. Afortunadamente, domina el español y me comenta,
“ahora estamos de fiesta y ha llegado justo para la celebración de los
columpios de nuestro San Andrés.”
Casi sin darme cuenta, me
había internado en las montañas en busca de imágenes y había llegado
increíblemente al lugar indicado. Una gran fiesta me esperaba.
Pero una pregunta más a la
señora Olimpia era vital: ¿qué ha pasado con las casas?. “Fue el
terremoto de 1998,” dijo. A juzgar por la expresión de su rostro, era
evidente que no quería tocar el tema.
Al siguiente día, al despuntar
el sol, ya me encuentro fotografiando en las calles, que rápidamente
albergan a numerosos visitantes llegados desde Cochabamba e incluso de
Santa Cruz de la Sierra. Allí conozco a Ramiro Arispe, un geólogo
dedicado a conservar la historia del pueblo, quien ha venido a apoyar su
reconstrucción. “Totora tiene 485 casas coloniales, las que después del
terremoto grado 6.5 en la escala de Richter, resultaron dañadas casi en
su totalidad,” explica, mirando a su alrededor.
Caminamos entre numerosos
jóvenes con disfraces, y a poco andar, nos encontramos explorando al
interior de un precioso patio colonial. Ramiro comenta, “las casas que
hay alrededor de la plaza pertenecieron a los empresarios de la coca,
próspero negocio hasta el año 50.”
Subo por un angosto camino,
que conduce al cementerio, desde donde obtengo una buena panorámica del
poblado y su asimétrica arquitectura. A distancia veo grandes varas que
sobresalen de los techos. No son los soportes de las casonas, sino los
columpios que durante todo noviembre, mecen las creencias ancestrales de
los totoreños.
Cuenta la tradición que el día
2 de noviembre bajan las almas de los muertos desde lo alto de la
montaña o hanacpacha (cielo o mundo de arriba). Luego, durante
todo el mes, se efectúan los balanceos en los columpios para ayudar a
los espíritus, cansados de vagar en el mundo de los vivos, a regresar a
sus moradas celestiales. Para esto, las varas son adornadas con cintas,
banderas y serpentinas para que las almas se alejen alegres y con buen
recuerdo del poblado y sus descendientes.
Desde las montañas han llegado
numerosas mujeres cargando a sus bebes en sus espaldas para ver a las
“mujeres voladoras”. Como dice Belisario Rioja, un ornitólogo que
regresa año tras año para disfrutar de la fiesta, “las mujeres jóvenes y
algunas que no han tenido suerte en el amor, se columpian con la
creencia, y por qué no decirlo, con la certeza que al alcanzar un
canasto con los pies obtendrán un novio. Al interior (del canasto) los
familiares introducen pequeños obsequios, que simbolizan la llegada de
las lluvias, buenas cosechas y fertilidad.”
Mientras, dos robustos
“empujadores” tiran de dos líneas hechas de cuero, que amarradas al
asiento del columpio impulsan fuertemente a las muchachas por el aire,
casi haciéndolas tocar el firmamento.”¡Flor que flamea, flor que
flamea...!” gritan mientras vuelan por el cielo andino.
El sol cae en Totora y las mujeres ya han ayudado a sus deudos a
regresar a la hanacpacha. Lentamente los canastos van
desapareciendo en las manos de sus felices dueñas, que observan la
suerte de sus compañeras o simplemente se pierden en las callejuelas
sacudiéndose las serpentinas de la espalda, quizás para encontrarse con
sus anhelados pretendientes.
Ricardo Carrasco Stuparich es un fotógrafo que ha
colaborado ampliamente con Americas Magazine, recorriendo Sudamérica.
Además sus trabajos son acogidos en National Geographic, The New York
Times, GeoMundo, entre otras publicaciones internacionales.
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