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Para los que nunca han experimentado el placer de
beber a sorbos un tazón de menudo caliente y picante, no saben lo que
se están perdiendo. El menudo es una sopa de tripa, renombrada como sopa
mejicana pero disfrutada a través del mundo. La tripa, el ingrediente
secreto, es la capa muscular interior de un estómago de vaca, o a veces
de cerdo, oveja, buey, u otro. Hervir a fuego lento, echar una pata de
ternero o un nudillo de cerdo al gusto, agregar chilis y especias, y
¡sorpresa! Tienes menudo.
¿Por qué la lección de cocina? Porque mientras
para algunos la idea de comer sopa de tripa es tan apetitosa como
beber un tazón del agua de lavar trastos; para otros, el menudo es
una delicadeza culinaria renombrada por su rico caldo rojo y su
capacidad garantizada de combatir los efectos de tomar demasiado
licor. La lección a mano es sobre las diferencias entre la gente,
sus culturas y hasta sus comidas en diversos lugares--y lo que
podemos aprender de estas diferencias cuando viajamos. Pero en primer
lugar, debemos atrevernos a probar.
Tanta gente viaja a otros países, a países ricos en exóticas tradiciones
y sabores, sólo para volver a casa con diez rollos de película de las
atracciones más conocidas del lugar. Ellos permanecen en los hoteles con los
demás turistas, participan en tours de autobús con otros turistas, comen en los
restaurantes que parecen seguros (donde adentro ven a otros turistas comiendo),
y prefieren hacerle una pregunta a otro turista en vez de intentar a romper la
barrera lingüística con alguien local en la calle.
Ay, qué triste!
El viajar es una oportunidad de experimentar de cosas nuevas, no sólo de ver
cosas nuevas, si no de vivirlas, marcando el momento. A veces estas nuevas
experiencias intimidan y asustan, por el aspecto desconocido, pero son
precisamente éstas circunstancias que te permiten aprender algo sobre el país
donde te encuentras, y sobre ti misma. Claro que comer en los restaurants
embalados con los turistas donde ofrecen los menús en inglés con precios fijos
puede ser fácil, pero es posible que no sea la mejor manera de profundizarte en
las aventuras verdaderas que te esperan.
Tuve una tal aventura en La Habana, Cuba. Una amiga y yo conocimos una
joya local llamado Russeo. Cuando Russeo nos acerco para hablar, nuestros
primeros instintos eran de desviarnos, pensando que este muchacho desconocido
seguro deseaba algo. Resultó que lo único que Russeo deseaba era nuestra
amistad. Él quería hablar con nosotros, practicar su inglés, aprender sobre
nosotros, hablar de su familia. Él terminó llevándonos en un tour total de la
ciudad, los tres encima de su pequeña motocicleta, andando a gran velocidad
sobre caminos llenos de huecos, evitando los vendedores de plátano, sin cascos.
Él nos dio la historia ineditada de la ciudad y nos demostró sus lugares
preferidos, lejos del mapa turístico. Después de pasar todo el día con Russeo e
incluso conocer a su familia, le preguntamos si él nos pudiese recomendar
algunos buenos restaurantes, ya que nos costaba encontrar lugares dentro del
presupuesto nuestro. Él nos contó de un pequeño lugar donde él y sus hermanos
comían con frecuencia, bajando por la callecita, al lado izquierdo. No tenía
nombre, pero solo faltaba buscarlo.
Y así lo hicimos. Caminamos por arriba y por abajo de esa calle, buscando
ese deseado restaurante. El único lugar que encontramos era un lugarcito
minúsculo repleto de hombres hambrientos que comían con sus dedos. Mientras
nosotras desde la calle mirábamos por dentro, los que estaban adentro nos
miraban mirándolos. La situación nos intimidó un poco. Este no era
el tipo de restaurante que esperábamos, no había ni tenedores, ni menús, ni
viajeros, ni (ay, ay, ay) una sola mujer, pero sabíamos que tenía que ser el
lugar recomendado. Entramos como sabíamos lo que hacíamos (o pensamos que así
fue), sonreíamos a todos, y nos sentamos. De inmediato nos atendieron a la mesa
y nos dieron la bienvenida. Nuestro camarero no hablaba nada de inglés, así que
pedimos Pepsi (lengua universal), y mirábamos alrededor a ver que comía la
gente y señalamos a lo qué nos parecía bueno. Entonces nos quedamos esperando,
un poco ansiosas porque éramos todo un espectáculo y la gente nos miraba
atentamente. Además, no teníamos ninguna idea lo qué acabábamos de
ordenar.
Cuando llegó la comida, a los cinco minutos, era fresco, caliente, y era
la mejor que había probado en Cuba. Comimos con nuestros dedos y nos lavamos
las manos en el fregadero cuando terminamos, como todos. Los dueños estaban
pendientes de nuestras necesidades, cerciorándose constantemente que todo nos
iba bien, y creo que les agradó nuestra visita. Cuando era la hora de pagar la
cuenta, resultó ser de solo una fracción de lo que habríamos pagado en un
restaurante turístico, la comida era diez veces mejor, y la experiencia
invalorable.
Así que la lección de esta experiencia no se trata de la comida cubana,
ni de la comida en sí. Es sobre la importancia de hacer el esfuerzo, cuando
viajas, de sacar el tiempo para oler las rosas locales, saborear las delicias
locales y experimentar de la vida a la manera local.
Imagínate la experiencia que podrías tener al tomar un
autobús local a través de la ciudad en vez de ir en taxi. En primer lugar, el
precio del autobús es fijo, y no tienes que pelear por el precio, aunque sí
tienes que preguntar por él. En segundo lugar, cuando lo pides, rompes la
barrera, y te pones en contacto con alguien fuera de la industria turística. Y
en tercer lugar, cuando te metes en el autobús con el resto de la muchedumbre,
lo más seguro es que la gente local te sonreirá, te hablará e incluso te
invitará a algún lugar interesante. El hecho es que te sumerjas en la realidad
del país, que no sólo vayas a conocer el lado fácil y atractivo que ofrece el
plan de turista. Claro que ese bus, tirando humo y sobrecargado de gente, puede intimidarte
tanto como la sopa de tripa caliente, pero por lo menos debes probarlo. A lo
mejor te gustará.
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