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por Michelle Kehm, (viajera@aventura-mag.com)

Para los que nunca han experimentado el placer de beber a sorbos un tazón de menudo caliente y picante, no saben lo que se están perdiendo. El menudo es una sopa de tripa, renombrada como sopa mejicana pero disfrutada a través del mundo. La tripa, el ingrediente secreto, es la capa muscular interior de un estómago de vaca, o a veces de cerdo, oveja, buey, u otro. Hervir a fuego lento, echar una pata de ternero o un nudillo de cerdo al gusto, agregar chilis y especias, y ¡sorpresa! Tienes menudo.

¿Por qué la lección de cocina? Porque mientras para algunos la idea de comer sopa de tripa es tan apetitosa como beber un tazón del agua de lavar trastos; para otros, el menudo es una delicadeza culinaria renombrada por su rico caldo rojo y su capacidad garantizada de combatir los efectos de tomar demasiado licor. La lección a mano es sobre las diferencias entre la gente, sus culturas y hasta sus comidas en diversos lugares--y lo que podemos aprender de estas diferencias cuando viajamos. Pero en primer lugar, debemos atrevernos a probar.

Tanta gente viaja a otros países, a países ricos en exóticas tradiciones y sabores, sólo para volver a casa con diez rollos de película de las atracciones más conocidas del lugar. Ellos permanecen en los hoteles con los demás turistas, participan en tours de autobús con otros turistas, comen en los restaurantes que parecen seguros (donde adentro ven a otros turistas comiendo), y prefieren hacerle una pregunta a otro turista en vez de intentar a romper la barrera lingüística con alguien local en la calle. Ay, qué triste! El viajar es una oportunidad de experimentar de cosas nuevas, no sólo de ver cosas nuevas, si no de vivirlas, marcando el momento. A veces estas nuevas experiencias intimidan y asustan, por el aspecto desconocido, pero son precisamente éstas circunstancias que te permiten aprender algo sobre el país donde te encuentras, y sobre ti misma. Claro que comer en los restaurants embalados con los turistas donde ofrecen los menús en inglés con precios fijos puede ser fácil, pero es posible que no sea la mejor manera de profundizarte en las aventuras verdaderas que te esperan.

Tuve una tal aventura en La Habana, Cuba. Una amiga y yo conocimos una joya local llamado Russeo. Cuando Russeo nos acerco para hablar, nuestros primeros instintos eran de desviarnos, pensando que este muchacho desconocido seguro deseaba algo. Resultó que lo único que Russeo deseaba era nuestra amistad. Él quería hablar con nosotros, practicar su inglés, aprender sobre nosotros, hablar de su familia. Él terminó llevándonos en un tour total de la ciudad, los tres encima de su pequeña motocicleta, andando a gran velocidad sobre caminos llenos de huecos, evitando los vendedores de plátano, sin cascos. Él nos dio la historia ineditada de la ciudad y nos demostró sus lugares preferidos, lejos del mapa turístico. Después de pasar todo el día con Russeo e incluso conocer a su familia, le preguntamos si él nos pudiese recomendar algunos buenos restaurantes, ya que nos costaba encontrar lugares dentro del presupuesto nuestro. Él nos contó de un pequeño lugar donde él y sus hermanos comían con frecuencia, bajando por la callecita, al lado izquierdo. No tenía nombre, pero solo faltaba buscarlo.

Y así lo hicimos. Caminamos por arriba y por abajo de esa calle, buscando ese deseado restaurante. El único lugar que encontramos era un lugarcito minúsculo repleto de hombres hambrientos que comían con sus dedos. Mientras nosotras desde la calle mirábamos por dentro, los que estaban adentro nos miraban mirándolos.  La situación nos intimidó un poco.  Este no era el tipo de restaurante que esperábamos, no había ni tenedores, ni menús, ni viajeros, ni (ay, ay, ay) una sola mujer, pero sabíamos que tenía que ser el lugar recomendado. Entramos como sabíamos lo que hacíamos (o pensamos que así fue), sonreíamos a todos, y nos sentamos. De inmediato nos atendieron a la mesa y nos dieron la bienvenida. Nuestro camarero no hablaba nada de inglés, así que pedimos Pepsi (lengua universal), y mirábamos alrededor a ver que comía la gente y señalamos a lo qué nos parecía bueno. Entonces nos quedamos esperando, un poco ansiosas porque éramos todo un espectáculo y la gente nos miraba atentamente. Además, no teníamos ninguna idea lo qué acabábamos de ordenar.

Cuando llegó la comida, a los cinco minutos, era fresco, caliente, y era la mejor que había probado en Cuba. Comimos con nuestros dedos y nos lavamos las manos en el fregadero cuando terminamos, como todos. Los dueños estaban pendientes de nuestras necesidades, cerciorándose constantemente que todo nos iba bien, y creo que les agradó nuestra visita. Cuando era la hora de pagar la cuenta, resultó ser de solo una fracción de lo que habríamos pagado en un restaurante turístico, la comida era diez veces mejor, y la experiencia invalorable.

Así que la lección de esta experiencia no se trata de la comida cubana, ni de la comida en sí. Es sobre la importancia de hacer el esfuerzo, cuando viajas, de sacar el tiempo para oler las rosas locales, saborear las delicias locales y experimentar de la vida a la manera local.

Imagínate la experiencia que podrías tener al tomar un autobús local a través de la ciudad en vez de ir en taxi. En primer lugar, el precio del autobús es fijo, y no tienes que pelear por el precio, aunque sí tienes que preguntar por él. En segundo lugar, cuando lo pides, rompes la barrera, y te pones en contacto con alguien fuera de la industria turística. Y en tercer lugar, cuando te metes en el autobús con el resto de la muchedumbre, lo más seguro es que la gente local te sonreirá, te hablará e incluso te invitará a algún lugar interesante. El hecho es que te sumerjas en la realidad del país, que no sólo vayas a conocer el lado fácil y atractivo que ofrece el plan de turista. Claro que ese bus, tirando humo y sobrecargado de gente, puede intimidarte tanto como la sopa de tripa caliente, pero por lo menos debes probarlo. A lo mejor te gustará.

 

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