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por Michelle Kehm, (viajera@aventura-mag.com)

Seamos honestas, amigas viajeras, cuando andamos en una de nuestras aventuras por el mundo, podemos quedar totalmente inmersas en nuestra propia aventura. ¿Pero alguna vez se te ha ocurrido que la gente que te despierta tanta curiosidad, generalmente siente aún más curiosidad por ti?  Es verdad.  

Si tomas sólo algunos minutos para mirar a tu alrededor mientras vas caminando por el mercado, mientras estás comprando jugo recién exprimido, o mientras piensas cómo señalar correctamente un taxi, verás rostros curiosos observándote desde todas las esquinas.  Esta gente quiere conocer a “La Gringa”. ¿Quién es esta misteriosa mujer, y cómo se le ocurre viajar sola? Para quienes se han hecho esta pregunta en alguna u otra ocasión, les tengo la respuesta: las llevaré a un lugar en el extranjero dentro de la mente de “La Gringa”.

 Presento “La Gringa” de Seattle, Washington, USA.  Acabando un viaje de doce horas en bus, son las 8:00 de la mañana, y ella necesita buscar comida, un lugar donde hospedarse, y cambiar dinero. 

 Me duele el trasero.  He estado sentada sobre esa tabla de madera que llaman un asiento de bus durante las últimas 12 horas. Me duelen las rodillas, ya que han estado apiñadas contra el espaldar del asiento delantero. ¿Por qué los asientos siempre son tan pequeños en otros países? Tengo vómito seco acumulado en mis zapatos del niño que no pudo soportar el sinuoso camino. Tengo hambre, apesto, y estoy cansada. Pero finalmente logré llegar.

 No puedo esperar para visitar las playas, ver los monos, y conocer gente nueva. Pero primero necesito encontrar un lugar barato donde hospedarme, necesito conseguir un poco de alimento, y necesito cambiar algunos dólares. Veo vendedores abriendo un camino hacia mí.  Detesto ser embestida justo después de bajarme de un bus.  Es cierto que aún no tengo donde quedarme, pero ¿podrían dejarme en paz para echar un vistazo a mi alrededor, por favor?

 Logro escaparme de la estación, sólo para ser atacada por el tráfico. ¡Qué peligroso! La gente parece siempre conducir locamente aquí, y hay camiones, motocicletas, bicicletas, carros, perros, cerdos, pollos, niños y mucha gente, todos compartiendo las mismas calles angostas.  Es una locura, pero también es la razón por la cual viajo. Por todas estas cosas locas que me hacen sentir llena de vida, que me hacen pensar por mi misma, y ser responsable por mi misma.  Los andenes son calles y las calles son cruces de peatones.  Camina bajo tu propio riesgo.

 El aire es bastante impuro. Llevo la manga hasta mi nariz al ver otra gente haciéndolo, intentando encajar un poco.  Siempre trato de reflejar que sé lo que estoy haciendo, tal vez como si hubiera estado aquí antes, para intentar alejarme de todos los vendedores que andan al acecho de los nuevos turistas.

 Mi mochila está cada minuto más pesada, y el sol cada segundo más caliente, pero me fascina caminar por una ciudad nueva. Es hora del desayuno, y los carritos ambulantes de comida huelen muy bien, a pesar de estar cocinando al lado de los buses que botan olor a diesel.  Me siento tentada por las frescas tortillas con huevos, pero la última vez que comí de un carro ambulante, tuve diarrea por tres días, y no hay nada peor que viajar con diarrea.  ¿Por qué será tan extraño encontrar un baño público en este país?

 Un grupo de niños empantanados me descubre y se alista para el ataque.  Ellos corren gritando y riendo, sosteniendo sus palmas en el aire por el dinero de la gringa millonaria. No me acostumbro a ser considerada como adinerada solo por ser extranjera. Ando con la misma ropa desde hace dos semanas, estoy infernalmente sucia, y me hubieran echado de la mayoría de lugares en mi país al verme así, ¡pero aquí me miran como si fuera una reina! Amo a los niños, pero detesto ser acechada económicamente solo porque soy turista, así que me alejo del grupo.

 Hay un pequeño café en la esquina de una calle, que parece ser fresco y barato, pero está lleno de personas locales, lo que significa que tendría que balbucear mi español.  Paso. Hay otro lugar para desayunar al otro lado de la calle, en este hay una pareja de extranjeros adentro.  Les preguntaré por un buen lugar para hospedarme.  No me malinterpreten, no quiero estar con otros turistas todo el tiempo, pero realmente quiero ubicarme, y luego poder explorar la ciudad y conocer su gente.

 La pareja australiana me habla de una magnífica casa de huéspedes, y voy caminando por la calle una vez más, intentando aparentar como si supiera a donde voy.  No puedo esperar para explorar algunas de las tiendas de artesanías y conocer algunas de las mujeres que veo vendiendo frutas y jugo a un costado de la calle. Todas me están mirando con ojos amables y sonrientes, señalándome y susurrando entre ellas.

 Miro para arriba y veo la señal del hotel. Entro y encuentro un pequeño lugar, mantenido por una pareja joven detrás del mostrador con quienes intento negociar el precio de la habitación.  Planeo quedarme por una semana, así que debería obtener un buen precio; después de una resistencia bien actuada, ellos ceden. Me muestran mi habitación, un espacio pequeño que escasamente tiene una cama, un lavadero y una ducha. Ni muerta tomaría una habitación como esta en mi país (probablemente tiene hasta cucarachas), pero aquí, es perfecta.

 Me siento en la cama, y entre más observo la habitación, más comienzo a notar los detalles increíblemente hermosos. Las coloridas baldosas en las esquinas del piso, las paredes  graciosamente arqueadas, las fundas de almohada hechas a mano.  Todos los colores son tan lindos y llenos de vida, que me hacen sentir bienvenida y a gusto.  Parece que entre más me detengo a observar mientras viajo, más increíble se vuelve todo.  Esa es la belleza de viajar o de todo lo que se hace para lograrlo.

 Miro por la ventana y veo mucha vida en las calles.  Los niños gritando y jugando, los perros escarbando, los vendedores cocinando, la gente socializando y vendiendo toda variedad de cosa.  Las mujeres están cargando productos mientras los hombres sólo están por allí observando, fumando y “supervisando” las tiendas.  Definitivamente parece que las mujeres hacen la mayor parte del trabajo en estos lugares, incluso el trabajo pesado, mientras que los hombres sólo andan por allí y actúan con machismo dándose importancia.  Creo que no me gustaría ser mujer aquí. Uy.

 Pero intentaré conocer tantas mujeres locales como pueda en este viaje.  Miro hacia la calle y veo a las mujeres que vi cuando llegué, las vendedoras de fruta y jugo.  Están simplemente compartiendo, riendo, cuidando a los niños, preparando jugo, y hablando.  Decido entrar a la ducha para despertarme e ir allá.  De repente, tengo mucha sed de un grande, fresco y frío jugo de mango.

 

 

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