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Seamos
honestas, amigas viajeras, cuando andamos en una de nuestras aventuras
por el mundo, podemos quedar totalmente inmersas en nuestra propia
aventura. ¿Pero alguna vez se te ha ocurrido que la gente que te
despierta tanta curiosidad, generalmente siente aún más curiosidad por
ti? Es verdad.
Si tomas sólo algunos minutos para mirar a tu
alrededor mientras vas caminando por el mercado, mientras estás
comprando jugo recién exprimido, o mientras piensas cómo señalar
correctamente un taxi, verás rostros curiosos observándote desde todas
las esquinas. Esta gente quiere conocer a
“La Gringa”. ¿Quién es esta misteriosa mujer, y cómo se le ocurre viajar
sola? Para quienes se han hecho esta pregunta en alguna u otra ocasión,
les tengo la respuesta: las llevaré a un lugar en el extranjero dentro
de la mente de “La Gringa”.
Presento “La Gringa” de Seattle, Washington,
USA. Acabando un viaje de doce horas en bus, son las 8:00 de la mañana,
y ella necesita buscar comida, un lugar donde hospedarse, y cambiar
dinero.
Me duele el trasero. He estado sentada
sobre esa tabla de madera que llaman un asiento de bus durante las
últimas 12 horas. Me duelen las rodillas, ya que han estado apiñadas
contra el espaldar del asiento delantero. ¿Por qué los asientos siempre
son tan pequeños en otros países? Tengo vómito seco acumulado en mis
zapatos del niño que no pudo soportar el sinuoso
camino. Tengo hambre, apesto, y estoy cansada. Pero finalmente logré
llegar.
No puedo esperar para visitar las playas,
ver los monos, y conocer gente nueva. Pero primero necesito encontrar un
lugar barato donde hospedarme, necesito conseguir un poco de alimento, y
necesito cambiar algunos dólares. Veo vendedores abriendo un camino
hacia mí. Detesto ser embestida justo después de bajarme de un bus. Es
cierto que aún no tengo donde quedarme, pero ¿podrían dejarme en paz
para echar un vistazo a mi alrededor, por favor?
Logro escaparme de la estación, sólo para
ser atacada por el tráfico. ¡Qué peligroso! La gente parece siempre
conducir locamente aquí, y hay camiones, motocicletas, bicicletas,
carros, perros, cerdos, pollos, niños y mucha gente, todos compartiendo
las mismas calles angostas. Es una locura, pero también es la razón por
la cual viajo. Por todas estas cosas locas que me hacen sentir llena de
vida, que me hacen pensar por mi misma, y ser responsable por mi misma.
Los andenes son calles y las calles son cruces de peatones. Camina bajo
tu propio riesgo.
El aire es bastante impuro. Llevo la manga
hasta mi nariz al ver otra gente haciéndolo, intentando encajar un
poco. Siempre trato de reflejar que sé lo que estoy haciendo, tal vez
como si hubiera estado aquí antes, para intentar alejarme de todos los
vendedores que andan al acecho de los nuevos turistas.
Mi mochila está cada minuto más pesada, y el
sol cada segundo más caliente, pero me fascina caminar por una ciudad
nueva. Es hora del desayuno, y los carritos ambulantes de comida huelen
muy bien, a pesar de estar cocinando al lado de los buses que botan olor
a diesel. Me siento tentada por las frescas tortillas con huevos, pero
la última vez que comí de un carro ambulante, tuve diarrea por tres
días, y no hay nada peor que viajar con diarrea. ¿Por qué será tan
extraño encontrar un baño público en este país?
Un grupo de niños empantanados me
descubre y se alista para el ataque. Ellos corren gritando y riendo,
sosteniendo sus palmas en el aire por el dinero de la gringa millonaria.
No me acostumbro a ser considerada como adinerada solo por ser
extranjera. Ando con la misma ropa desde hace dos semanas, estoy
infernalmente sucia, y me hubieran echado de la mayoría de lugares en mi
país al verme así, ¡pero aquí me miran como si fuera una reina! Amo a
los niños, pero detesto ser acechada económicamente solo porque soy
turista, así que me alejo del grupo.
Hay un pequeño café en la esquina de una
calle, que parece ser fresco y barato, pero está lleno de personas
locales, lo que significa que tendría que balbucear mi español. Paso.
Hay otro lugar para desayunar al otro lado de la calle, en este hay una
pareja de extranjeros adentro. Les preguntaré por un buen lugar para
hospedarme. No me malinterpreten, no quiero estar con otros turistas
todo el tiempo, pero realmente quiero ubicarme, y luego poder explorar
la ciudad y conocer su gente.
La pareja australiana me habla de una
magnífica casa de huéspedes, y voy caminando por la calle una vez más,
intentando aparentar como si supiera a donde voy. No puedo esperar para
explorar algunas de las tiendas de artesanías y conocer algunas de las
mujeres que veo vendiendo frutas y jugo a un costado de la calle. Todas
me están mirando con ojos amables y sonrientes, señalándome y susurrando
entre ellas.
Miro para arriba y veo la señal del hotel.
Entro y encuentro un pequeño lugar, mantenido por una pareja joven
detrás del mostrador con quienes intento negociar el precio de la
habitación. Planeo quedarme por una semana, así que debería obtener un
buen precio; después de una resistencia bien actuada, ellos ceden. Me
muestran mi habitación, un espacio pequeño que escasamente tiene una
cama, un lavadero y una ducha. Ni muerta tomaría una habitación como
esta en mi país (probablemente tiene hasta cucarachas),
pero aquí, es perfecta.
Me siento en la cama, y entre más observo la
habitación, más comienzo a notar los detalles increíblemente hermosos.
Las coloridas baldosas en las esquinas del piso, las paredes
graciosamente arqueadas, las fundas de almohada hechas a mano. Todos
los colores son tan lindos y llenos de vida, que me hacen sentir
bienvenida y a gusto. Parece que entre más me detengo a observar
mientras viajo, más increíble se vuelve todo. Esa es la belleza de
viajar o de todo lo que se hace para lograrlo.
Miro por la
ventana y veo mucha vida en las calles. Los niños gritando y jugando,
los perros escarbando, los vendedores
cocinando, la gente socializando y vendiendo toda variedad de cosa. Las
mujeres están cargando productos mientras los hombres sólo están por
allí observando, fumando y “supervisando”
las tiendas. Definitivamente parece que las
mujeres hacen la mayor parte del trabajo en estos lugares, incluso el
trabajo pesado, mientras que los hombres sólo andan por allí y actúan
con machismo dándose importancia. Creo que no me gustaría ser mujer
aquí. Uy.
Pero intentaré conocer tantas mujeres
locales como pueda en este viaje. Miro hacia la calle y veo a las
mujeres que vi cuando llegué, las vendedoras de fruta y jugo. Están
simplemente compartiendo, riendo, cuidando a los niños, preparando jugo,
y hablando. Decido entrar a la ducha para despertarme e ir allá. De
repente, tengo mucha sed de un grande, fresco y frío jugo de mango.
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