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Era un día frío de mediados de junio. Todavía no había
amanecido y la ciudad se veía más gris y triste que nunca. Eran las siete
de la
mañana cuando, como todos los días, comenzaron a llegar las primeras
cholitas, nombre con que se conoce a las
mujeres que proceden del campo, y que llegan de las montañas cargadas con
sus aguayos en la espalda. Muy temprano llegan
a los callejones que rodean la iglesia de San Francisco para ocupar sus
lugares, dando así inicio a un misterioso espectáculo.
Otras, en cambio, pasan la noche allí, en la calle,
dentro de puestos convertidos en improvisados dormitorios.
La variedad de
sus productos, mas los grandiosos vestidos coloridos que estas mujeres
utilizan, hacen de este lugar uno de los más admirados por los viajeros
que se atreven a viajar hasta la capital más alta del mundo.
Antes de la
colonización española, Bolivia era habitada principalmente por los aymaras,
descendientes de la civilización tiahuanaco, anterior a los incas. En la
sociedad aymara, la religión y la brujería están estrechamente unidas. Sus
creencias se basan en la existencia de un dios supremo a quien adoran a
través de diversas deidades relacionadas con la naturaleza, tales como las
montañas, el sol, el agua, el viento, la luna y los ”wa´yas” o lugares
sagrados.
Cuando los
españoles invadieron América, las tradiciones y creencias europeas
vinieron con ellos. Esto fue lo qué sucedió con la imposición del
catolicismo entre los nativos americanos que trajeron la mezcla de
tradiciones y de ritos, fácilmente apreciables incluso hoy en día en la
sociedad boliviana. Aunque Bolivia es oficialmente un país católico, las
creencias de las civilizaciones prehispánicas aún están vivas en la
comunidad.
Mientras
observo como colocan los productos listos para ser vendidos, los niños,
con sus caritas quemadas por el sol y el frío, me miran y sonríen. Madres
e hijos visten con trajes de colores. Rojos, fucsias, amarillos,
morados y naranjas dan vida a esa mañana de domingo. El sol vuelve a
iluminar la ciudad.
Claudia es una cholita de La Paz. Tiene 46 años, siete
hijos y unos ojos negros que hablan por sí solos. Todas las mañanas baja
desde El Alto, para vender en el mercado productos de hechicería, tal como
lo ha hecho desde que era una niña. Ahora sus dos hijos pequeños están
aprendiendo la vocación de su madre. El puesto de Claudia es un verdadero
museo de plantas medicinales, inciensos aromáticos, amuletos y otros
artificios.
Aunque es
común ver a la gente en Bolivia con cruces colgadas en sus cuellos, es
también muy normal ver a esta gente derramando alcohol antes de beberlo.
Es una forma de respetar a la madre tierra, conocida como la
Pachamama.
Esta tradición prehispánica recibe el nombre de
ch’alla.
Pachamama,
según sus creencias, es la madre de todos nosotros, el origen de todo.
Animales, vegetación, gente…todo viene de ella. Por esto se le debe
cuidar, adorar y respetar, y así ella los protegerá. Par a
hacer feliz a la
Pachamama,
algunas personas realizan sacrificios o
wilanchas,
y también ofrecen toda la clase de animales, de alimento o de acciones.
Esto se llama
wax´ta.
Sigo
mi camino sumergiéndome por las calles del mercado. Por lo menos cuento
unos 32 puestos en los que se ofrecen productos de brujería. Me detengo en
uno donde un hombre de aspecto llamativo. Se llama Marcial. Tiene 62 años
y va cubierto con una túnica larga y colorida.
Me cuenta que él es un yatiri,
brujo andino que tiene la particularidad de conocer la sabiduría
ancestral. Es gente muy respetada en su círculo social, y es él que más
vende. A él se acercan mujeres, hombres, parejas e incluso turistas,
pidiéndole que por medio de su sabiduría, interceda por ellos ante los
dioses. Buscan en él
ayuda y protección.
Mirando todos esos productos coloridos, tan
misteriosos para mí, me pregunto que podría yo estar necesitando. Entre
plumas, hierbas y un grupo de esqueletos disecados de cabeza de cabra,
encuentro unos amuletos con forma de hombre y mujer desnudos. Su función
es mejorar el acto sexual. A su lado, en una bolsa de plástico, hay
alrededor de 15 sapos disecados. Los hay de varios tamaños y tienen fama
de atraer el dinero.
También están los armadillos, animales del altiplano.
Muchos los compran para ponerlos dentro de su casa como prevención de
ladrones. Junto a una pila de pieles de animales encuentro un producto un
poco más conocido para mí, las velas. Las hay de todos los colores. Las
azules dan buena suerte en el trabajo, las amarillas en la salud, las
verdes en el dinero, las moradas en la felicidad, y las blancas en la
protección. Al final me decido por una amarilla y una morada, que además,
coinciden con mis dos colores preferidos. Ahora, para que su magia se
ponga en funcionamiento, tengo que encenderlas y dejarlas quemar. Me
prometo que lo haré al llegar a la habitación del hotel.
Pero de todos los productos que se ofrecen en este
mercado tan especial, uno de los más asombrosos e interesantes es el
sullus, el feto de llama disecado.
Los bolivianos
los compran y los entierran bajo una casa nueva, como símbolo de gratitud
a La Pachamama por permitir esa construcción. Se cree que el
sullus
utilizado de esta manera, da protección a los dueños y trae buena fortuna
a sus habitantes.
Si
lo que usted desea “bendecir” es un carro nuevo, la cholita preparará una
mezcla de inciensos, hierbas y pequeñas partes del carro. El paso
siguiente es quemar la mezcla al lado del automóvil recién comprado, y
dejarla consumir sin mirar.
Dejando atrás
esas ocasiones especiales marcadas por las posesiones materiales, cada
primer viernes del mes los bolivianos queman frente a sus casas o negocios
una mezcla de ingredientes para adorar a La Pachamama y ser bendecidos con
su protección y fortuna.
Sigo
caminando por las calles, inmersa en ese aroma a incienso que me recuerda
a la iglesia de mi pueblo. Pero no estoy allí. Abro los ojos y me
encuentro en un lugar de convergencia donde varias tradiciones y ritos
heredados de diferentes culturas se reúnen y se mezclan.
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