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La
noche se acerca con lentitud, como si ese sol escarlata huyera de Lima,
absorbido por las brumas anaranjadas del horizonte del mar Pacífico
Sur. Al fin despiertan los ciudadanos de la noche, quienes, alegres,
optimistas, tal vez ansiosos, empiezan su festivo peregrinaje a
Barranco, un pequeñísimo distrito limeño con cara al mar y aire de
nostalgia.
Tras la muerte diaria del sol, se desentiende
de su quietud de barrio antiguo de casonas republicanas, para dejarse
seducir por las luces psicodélicas y la música estridente. Barranco se
llena de agitación y sufre de insomnio mientras la noche se alarga entre
brindis en un barcito polvoriento donde nunca falta un poeta que busca a
la inspiración en las botellas de cerveza; y los bailes peruanos
exultantes en una peña.
Llegamos al distrito de Barranco tras un
azaroso viaje de 30 minutos en una “combi asesina”, nombre con el que
los sufridos pasajeros limeños, han bautizado a las unidades de
transporte público. Felizmente arribamos sanitos, con las ganas
intactas de juerguear y un hambre galopante que se incrementa al oler
los sugestivos aromas provenientes de unas parrillas calurosas. Guiados
por el olfato, llegamos a una feria de comida criolla que todos los
fines de semana abre el apetito a los “devotos de la noche”. “Previo a
los traguitos, siempre caen bien unos anticuchos”, son las palabras de
mi compañero de farra, antes de abocarse -con ímpetu digno de mejor
causa- a devorar las exquisitas brochetas de corazón de res, acompañadas
de papitas, choclo y ají (chile picante).
Bien fortificados para la noche, abandonamos
la feria, para echarle una miradita al mar cubierto de oscuridad. Pasos
sin prisa, observando con detenimiento a las chicas emperifolladas,
envidiando a los melosos enamorados que se compran flores y caminan por
el romántico Puente de los Suspiros.
Claro, por qué Barranco no es sólo fiesta,
también hay espacio para el romanticismo. Muchas parejas van y vienen
por ese puentecito de madera estratégicamente mal iluminado. Debajo del
puente hay restaurantes, bares y pubs--espacios acogedores, donde
se puede beber una cerveza heladita, un buen vino o tal vez hasta un
pisco sour, esa fabulosa combinación del peruanísimo pisco
–aguardiente puro de mosto de uva- con huevo batido, canela, limón y
hielo.
“Iremos otro día”, ordena mi acompañante,
quien ya elaboró un itinerario: “Primero al Juanito –un bar emblemático,
viejo, tal vez hasta vetusto, preciso para calentar motores y tener una
buena tertulia, luego al Tayta –un pub ensombrecido en el que
siempre hay un “trovador” dispuesto a recordar lo mejor del rock en
español, y a la Candelaria- una peña que ofrece la danza y música
tradicional.
Cruzamos la pista para conquistar el Juanito
con sus volutas de humo, sus mesas de fórmica, su bullicio y su olor a
cerveza y a butifarra (emparedado de jamón y salsa de cebolla con
limón).
“Las primeras son mías”, propongo; luego, le
pido al mozo utilizando la muy bien surtida jeringa (jerga)
limeña: “mosaico” (mozo), digo con autoridad, “tráigame un par de
chelitas bien heladio reyes” (cervezas bien heladas). La fórmula
surte efectos. “¡Salud, seco y volteado!”. Refrescante amargor. La noche
se vuelve de espuma.
Tragos van tragos vienen. Salud, salud y
salud. La cerveza hermana, compañero... y brindamos con poetas, con
filósofos, con artistas populares, con un par de chicas de ojos verdes
que apenas si hablan algo de español; pero la estancia no se prolonga
demasiado, hay que seguir con el riguroso itinerario. El Tayta nos
espera.
Otra vez a la calle. A la locura de gente que
busca diversión. La música se escapa de los bares y discotecas, para
entremeterse en el trajinado Boulevard que está cerrado al tránsito
vehicular.
Llegamos al Tayta (palabra quechua que
significa papá). Un hombrecillo pelucón y de barbita rala, empuña una
guitarra y canta “En algún lugar de un gran país, olvidaron construir un
lugar donde no queme el sol y que al nacer no haya que morir”. Y todos
corean, todos brindan a los lejos con el músico, mientras que en el bar
se destapan botellas y se preparan tragos de mil colores. La Candelaria
es la próxima estación.
Aquí escuchamos ritmos del Perú. De la costa,
la sierra y la selva. Valsecitos criollos de las jaranas de antaño, en
las que el anfitrión escondía la llave, para evitar la fuga de los
invitados; marinera norteña, danza galante y enamoradora, huaylas de la
sierra central con su zapateo incesante, festejos de arrebatados
movimientos de raíces negras y la alegre marcialidad los sikuris y
zampoñeros del altiplano.
La música te arrastra. Baila el Perú en la Candelaria, una de las tantas
peñas que hay en Barranco. Diversión al máximo. Hombres y mujeres con
las manos entrelazadas para formar una ronda, como esas que se crean en
las alturas andinas, cuando el pueblo está de fiesta, celebrando la
cosecha o agradeciendo los favores de su santo patrón, de su virgencita
adorada. Cuerpos sudorosos. Bebida refrescante. “Vamonos,” trato de
convencer a mí ya mareado “compinche”; pero es difícil abandonar tanta
alegría. Afuera retorna la luz. Barranco es otra vez un barrio sosegado
de casonas monumentales.
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